Cuidado con lo que lees

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Citas 2020

En estos últimos años soy más cuidadoso con lo que leo. Todas las lecturas producen una serie de consecuencias positivas o negativas y todas alteran los sentidos. Por ejemplo, el otro día estaba leyendo un libro de un autor conocido y mi sentido del olfato se vio colapsado por una mala sensación. Tuve que dejar aquella lectura porque, literalmente, apestaba. Otro día sucedió todo lo contrario: una lectura me supuso el más delicioso de los aromas posibles; era como un campo de flores y volví a releer aquel escrito. También hay lecturas que no te saben a nada, pasan totalmente desapercibidas y te dan ganas de donar ese libro o tirarlo al contenedor azul. Asimismo, hay narraciones o poesías que provocan imágenes absurdas y repulsivas que hacen que dejes de inmediato de leer. Bueno, ni qué decir de aquellos textos que te enfrían o calientan la mente con sus payasadas y razonamientos plagiados de filósofos y escritores clásicos.

Últimamente, como dije al principio, mis sentidos reaccionan ante una lectura. Pero el peor de todos, creo yo, es el que te deja esquizofrénico: escuchas, de repente, bramar a sus personajes; no es que hablen, parecen humanoides en celo, aunque castrados de ideas, argumentos y un hilo conductor que les dé sentido dentro de la supuesta historia.

Ahora la pregunta sería: ¿Cómo reconocer o cómo hacer una criba entre un buen libro o texto y uno malo? En mi caso, me basta leer los primeros párrafos para darme cuenta qué tengo enfrente. Si me gusta continúo leyendo, si no, lo dejo, así de sencillo.

Esto no podría darse en el caso de los estudiantes porque ellos por obligación tienen que leer textos irremediablemente densos, aunque no mal escritos sino complicados, en los que su concentración tiene que estar al cien por ciento. Pero no es el caso, porque una cosa es leer para no suspender el curso y otro por entretenimiento o como búsqueda de placer en la lectura.

Precisamente, quería referirme a esto último, a la concentración que cualquier persona tiene para leer un libro. Es por eso que apunto aquello de que los sentidos se ven alterados, para bien o para mal, cuando estamos leyendo. La concentración es importantísima en todos los aspectos de la vida; desde nuestra relación con familiares y amigos, hasta en el trabajo o en momentos de sosiego, como leer. La concentración es una herramienta imprescindible, aunque en los tiempos que corren, donde la información se nos ofrece a gran escala, es difícil mantenerse concentrado en una o pocas cosas. Quizá, quién sabe, las futuras generaciones puedan tener la multiconcentración como una facultad normal, es decir, concentrarse en varias cosas a la vez sin que les suponga un esfuerzo desmedido. Esto me recuerda cuando escuchamos música y hacemos algo; a algunos les resultará adecuado y factible; pero a otros les es imposible, necesitan el silencio para concentrarse.

Si he de concentrarnos nuestros sentidos reaccionarán de una u otra manera. El párrafo inicial es una alegoría de lo que le sucedería a una persona ante un determinado libro. Y ni aún así la multiconcentración aseguraría terminar de leer un libro. Cuando un texto está mal escrito no hay vuelta que darle; cuando los personajes, los monólogos y la historia está mal planteada, tampoco. No quiero, ni puedo, imaginarme la literatura cuando los seres humanos posean la capacidad de la multiconcentración.

En cualquier caso, leer es una fuente de energía. Concentrado o multiconcentrado, el ejercicio de la lectura es un placer, no cabe duda, pero también se puede convertir en un suplicio. Pero articular palabras para contarnos una historia debiera ser algo más que, en última instancia, un placer. El agua no es un placer, es una necesidad vital y, salvando las diferencias, la literatura debería aspirar a ser como el agua: mucho más que un placer.

*Imagen de dominio público obtenida de google.‎

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