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Cultura

La invención de la soledad, de Paul Auster

Última actualización: 10/04/2012 18:56
Francisco Velez Nieto
Francisco Velez Nieto
Francisco Velez Nieto
PorFrancisco Velez Nieto
Crítico literario y poeta. veleznieto@telefonica.net
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Paul Auster
La invención de la soledad
Traducción de M. Eugenia Ciocchini
Editorial Anagrama

«En este tiempo de crisis global, creo que sobretodo la gente joven ha demostrado que el modelo de la sociedad actual ha fracasado. Es un momento muy loco, algo se ha roto y tengo esperanzas de que algo nuevo ocurra. Da miedo, pero creo que deberíamos sentarnos y plantearnos cómo queremos que sea nuestro futuro».

Paul Auster

La primera edición de La invención de la soledad, se publicó en español por Anagrama en 1994. Dieciocho años han transcurrido, así, veloces hasta esta nueva edición. Y que para quienes la leímos durante el transcurso de estos años sobrecargado por tantos desengaños acumulados, esta novela de Auster sobre su vivir e inquietante soledad nos ha hecho compañía emparejada a memoria y reflexión sobre la vida misma, adioses y desencantos, en permanente monólogo con el que sobrelleva la existencia interrogadora y reflexiva. Repasando la andadura del tiempo, releyendo parte de aquello ya seleccionado que fielmente comparte la estancia de uno, para que de de vez en cuando, dada la cercanía, premiarlo con nuevas lecturas y renglones subrayados a modo de reconocimiento y diálogo. Es lo que ha sucedido por estas fechas con la nueva edición La invención de la soledad, volver a disfrutar de su biográfica compañía y compararla con la mía, guardando las distancias, en ese refugio significativo alimento ante tanta vaguedad que la lectura tranquila reposada calma.

Y así, nos cuenta Auster como una mañana de enero de 1979, se enteró que su padre había muerto, suceso serio que lo lleva a volver atrás la mirada de la memoria, recuento memorístico que le impulsa a escribir este libro que ahora de nuevo se ofrece a una nueva generación de lectores. Y es que una muerte cercana “sin previo aviso”, vida rota que por no se qué ha dicho el adiós para siempre “puede detenerse en cualquier momento”, es algo dolorosamente cierto que provoca el monólogo desde la soledad hacia aquella existencia familiar y participativa, comunitaria, de la que ir extrayendo el tiempo compartido con sus pros y sus contras, el monólogo de Hamlet sobre compartimientos de lo bueno y lo malo de aquel espacio de convivencia. Una planta más en el edificio de Paul Auster siempre escudriñando por dentro de su propia andadura y de lo más íntimo de la familia.

El libro se compone de dos partes donde el padre es el centro de todo, la obsesión permanente en la memoria y conciencia del hijo y los comportamientos de ambos. La primera parte se titula Retrato de un hombre invisible en el que se descubre el misterio de un asesinato ocurrido en la familia sesenta años antes, un episodio que levanta sospechas sobre las claves del frío y distante carácter del padre muerto, al que ahora el hijo desde la distancia existente en el tiempo, acude a su memoria para reconstruir un severo juicio de ese padre, persona muy suya con escasos deseos de cariño hacia los demás, embutido en su trabajo y tacañería que lo hace un personaje poco deseado. “Su curiosa relación con el dinero (sus deseos de riqueza, su incapacidad para gastar).

La segunda parte de la obra se titula El libro de la memoria y transcurre en una habitación, donde un hombre, que es el propio autor, sentado ante una hoja del papel en blanco irá rescribiendo aquello que le dicta su memoria: Los juicios de un escritor, el juego con el lenguaje y las historia familiar, desfilan como una constelación de recuerdos en un juego literario entre presente y pasado. El hombre escribe intensamente durante unas horas, para comprobar después tras releer lo escrito, que solo encuentra un párrafo interesante, “donde el hijo se convierte en su propio padre y en su propio hijo. Mira a su hijo y se ve así mismo reflejado en su rostro. Imagina lo que el niño ve cuando lo mira y se siente como si interpretara el papel de su propio padre”, donde la madeja se haca ovillo, tejido con el que cubrir la memoria en soledad narrando su existencia.

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