Delincuencia de alto nivel

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Delincuencia de alto nivel

 

Quizás podríamos hablar de delincuencia de dos velocidades, en función del poder adquisitivo del delincuente. Y el asunto es que los niveles son proporcionarles a sus cuentas corrientes. Y mientras  los pobres se limitan a atracar bancos pequeños y a realizar pequeños hurtos para sobrevivir y hasta – los más envidiosos- para imitar el modo de vida de los ricos, estos delinquen por todo lo alto: se llevan el dinero de todos, matan pobres de hambre y a bombazos, y sus largas fustas de magos negros hacen lo que parece imposible: convertir ya en desheredados  a niños recién nacidos, como en los cuentos clásicos. Pero esto no es un cuento, así que nos ocuparemos de describir cómo actúan los magos negros del mundo: los delincuentes de alto nivel.

Hoy en día el fenómeno transgresor alcanza cotas nunca vistas anteriormente y afecta a capas de población muy diversas. Por arriba, los ricos y poderosos, en la medida de su poder y de su capacidad de corromper o violentar, actúan a menudo contra las leyes que con su propio consentimiento, en ocasiones con su asesoramiento y muchas veces por su intervención directa, han sido aprobadas por sus propios amigos, conocidos o “subvencionados” instalados en el  poder legislativo. Así, montan fácilmente negocios sucios, eluden impuestos, blanquean dinero producto de delitos mafiosos, venden y compran armas, organizan guerras y otros conflictos que supongan beneficios, expolian recursos naturales destrozando el medio ambiente, desinforman, trafican ilegalmente con materias primas procedentes de países infradesarrollados, u obligan a estos por diversos medios (presiones políticas, industriales, comerciales, financieras, bélicas, etc),a proporcionarles los recursos que necesitan. Con todos estos fines manipulan la información a través de medios propios o “comprados” y mienten a la opinión pública para hacer aparecer como virtudes un sin número de actuaciones financieras y gubernamentales que cualquier niño con uso de razón identificaría inmediatamente como canalladas.

Así actúan los adictos  al sistema. Y quien se atreve a desenmascararles venciendo miles de obstáculos personales, familiares, sociales y laborales, queda expuesto a riesgos que pocas veces trascienden a la opinión pública por lo que se ha mencionado de que los medios de expresión pertenecen en la mayoría de casos a los mismos a quienes se pretende desenmascarar o a algunos miembros de su círculo de relaciones.

Entre los mecanismos defensivos de estos “impecables”= impresentables ciudadanos se halla en primer plano la fachada social, representada por la pulcra representación teatral con el attrezzo correspondiente para el ceremonial social, religioso, político, o cualquier donde puedan mostrarse como defensores de la ley, la moral y los buenos propósitos sociales. Pero tras esta fachada para consumo de ingenuos, somnolientos televidentes y creyentes de este mundo flamea y quema el “alcapónico”, y mefistofélico propósito que ocultan los mafiosos e imitadores que viven del prójimo, que no es otro que chupar de su energía en forma de dinero, de sumisión, o de otros modos.

Quien  se interpone en su camino, y según la gravedad de lo que está en juego, puede esperar diversos grados de “castigo”: el descrédito personal y social, el ninguneo, el ostracismo, el secuestro, la tortura, y otros crímenes hábilmente combinados y dosificados hasta el más extremo: el tiro en la nuca en manos de algún supuesto loco con una coartada que nunca convence. Periodistas honrados, pacifistas, místicos, poetas, ecologistas, conocen todos estos grados de agresión. Los amigos de Dios o de la verdad en general no encajan en el mundo que pretenden sus contrarios. Así ciertos escritores y numerosos periodistas son eliminados cada año y denunciadas sus desapariciones por sus familiares, sus amigos, sus abogados y organizaciones de derechos humanos, sin que tales cosas produzcan más efecto que la pequeña ola que se produce en un tranquilo lago al caer sobre el agua la hoja de un árbol. Las noticias pasan tan fugaces como las imágenes de las cámaras que los presentan ante el mundo como la última víctima de algún atentado, o el último desaparecido misteriosamente.

Tan poco resultado en hallar luego a los responsables cuando tan a menudo se sabe cuánto tienen que ver con altos representantes de los poderes políticos, militares, financieros y mediáticos siempre en la sombra, nunca nos sorprende: estamos acostumbrados a saber que nunca existirán suficientes pruebas para inculpar a nadie demasiado importante.  Ellos, siempre se hallan muy bien coordinados entre sí  para que sobre el tranquilo lago de la mente colectiva caiga, a lo más, una ligera hoja otoñal y nunca un pesado meteorito productor de tsunamis que salpican. Especialmente si salpican de sangre.

Podríamos dejar de leer un segundo estas líneas y hacer un rápido ejercicio de memoria con nombres de silenciados que conozcamos. Es bueno para la salud personal y social ejercitar la memoria, sin odio, pero con exactitud; sin revanchismo, pero con justicia. El olvido del crimen lo convierte en perfecto, el perdonarlo nos libera,  pero la conciencia de quien actúa contra su prójimo  no le dejará en paz antes o después, porque es el testigo de cargo principal.

 

 

 

 

 

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