El estado, nuestro amo.

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Por el hecho de nacer en un país, el Estado asume que somos de su propiedad. Si hay una desgracia que para el individuo supone pertenecer a una nación, haber nacido en ella, es precisamente ésta. Porque dado que la estructura de una nación es el estado, esta mera anécdota biográfica le encadena a uno de por vida al estado.

Este encadenamiento al estado es la primera violación de la libertad del hombre, que se produce el mismo día en el que nuestros padres nos inscriben en el registro civil al nacer.

Así quedamos condenados para siempre a la expropiación forzosa de nuestras rentas, siendo el estado el primer beneficiario y usufructuario de nuestro trabajo… hasta que morimos. Y a esto le llamamos impuestos.

Las rentas de nuestro trabajo pertenecen al estado por defecto, implícitamente, y carecemos de albedrío para zafarnos de ello y eludirlo. E inversamente, son los políticos los que deciden qué parte de las rentas de nuestro trabajo, de nuestros ahorros, de nuestras inversiones, quedan a nuestra libre disposición.

Antes de encontrar nuestro primer empleo, antes incluso de decidir qué queremos hacer en la vida, el estado y los políticos ya cuentan con que la mayor parte del dinero que produciremos a lo largo de nuestra vida les pertenece.

Esta es la ideología básica que hermana a la izquierda y la derecha europea y española, al PP, al PSOE, a nacionalistas españoles, catalanes, vascos, que nos gobiernan. Creen ellos que es su potestad y su derecho, decidir qué parte de nuestro  esfuerzo se nos concede para vivir y realizar nuestros proyectos vitales. Y firmes en esta creencia, nos suben los impuestos: nos expropian.

Sin rubor, sin remordimiento, sin conciencia ética. Es la conciencia pervertida. ¿Cómo se atreven a pensar que ello es legítimo? Este es su dogma y fe: que sus decisiones son ajenas a la responsabilidad civil o penal. Y han sabido levantar una arquitectura jurídica, blindada por la Constitución, que ampara, protege y fomenta sus comportamientos: atropellar y abusar de los ciudadanos.

La esclavitud y la servidumbre consistían en esto. Los estados en la actualidad, la socialdemocracia, han venido replicando este modelo degradando el estatus de los ciudadanos al de siervo.

Los políticos, nuestros líderes a los que muchos glosan, comprenden y justifican, han adjudicado a los ciudadanos el indigno rol de ser meros generadores de recursos para el estado. Les financiamos, somos sus auténticos prestamistas de último recurso.

Y todo ello para sostener y dar vida a la inmensa maquinaria estatal burocrática y funcionarial, y a la maraña ilimitada de empresas públicas.

Y a las redes de clientelismo político articuladas en empresas, asociaciones, sindicatos y grupos de poder,  todos ellos subvencionados, que actúan en nombre de los partidos políticos para crear estados de opinión favorables a sus decisiones y captar voto cautivo.

Y al estado del bienestar, y a sus tres ominosos pilares, educación, sanidad y pensiones, destinado a  controlar las voluntades de los ciudadanos mediante el miedo. Porque el estado del bienestar se sustenta en hacerles creer que no son capaces de decidir lo mejor para sí mismos, y que si no fuera por el mismo estado, no sería posible su prosperidad.

Miedo sustentado en una mentira. Una mentira que se vende bien si la gente tiene miedo.

Los partidos han inoculado este dogma de fe, han indoctrinado a la sociedad en el miedo y la desconfianza. PP y PSOE, llevan años y años inculcando a los ciudadanos consignas subliminales: que sin el estado que nos proteja, no podríamos sobrevivir. Que no esperemos que una persona o institución privada venga a ayudarnos cuando tengamos dificultades, y que sólo el estado lo hará. Que desconfiemos de las empresas de seguros, de planes de pensiones, de los colegios privados, y que sólo confiemos en el estado. En definitiva, que las personas queremos aprovecharnos unos de otros, y que gracias al estado, esto no sucede.

El espantoso resultado es que los políticos y los partidos han pervertido a la sociedad civil para hacerla adicta al gasto público. La sociedad es adicta  al estado del bienestar, a las subvenciones, y ahora, al endeudamiento ilimitado. Ya la sociedad civil sólo ve en el estado su razón de ser, y sólo se imagina a si misma asistida y tutelada por el estado.

El PSOE y el PP, y sobre todo Zapatero, han venido proveyendo a la sociedad de más y más droga en vez de rehabilitarla. En vez de promover que los ciudadanos tengamos iniciativa propia y actuemos por nosotros mismos, eliminando privilegios, regulaciones, impuestos y obstáculos, prefieren chutarnos más estado del bienestar.

El PP y el PSOE no quieren, y nunca querrán que la sociedad civil se valga por sí misma. Porque de lo contrario, si las pensiones, la educación y la sanidad fueran privadas: ¿con qué podrían hacer demagogia y controlar a los ciudadanos? ¿Cómo podrían meterles el miedo en el cuerpo a los ciudadanos para presentarse ellos como imprescindibles? ¿De qué vivirían tantos y tantos políticos? ¿Cuánto menos poder tendrían?

Si la administración y la burocracia estatal no fuera omnipresente, si cada aspecto de nuestra vida no estuviera regulado, reglamentado, tasado… si no hubiera tantos y tantos cargos políticos y públicos que repartir… si no hubiera tantos y tantos miles de millones en subvenciones asignadas de manera arbitraria… ¿cuánto menos poder tendrían el PP y el PSOE?

De la misma manera que el traficante no quiere que el drogadicto se rehabilite y aprenda a valerse por sí mismo,  para que no le deje de comprar droga, el PP y el PSOE no quieren que la sociedad civil pueda prescindir de ellos. Quieren una sociedad civil  sometida al estado. Sometida a ellos.

El traficante es el amo del drogadicto. El estado, nuestro amo. 

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