Biografías de leyenda, de Blas Parra

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Biografías de leyenda. Blas Parra. El Nadir Ediciones.

 

“[…] la urgencia con que el artista impone la prioridad de sus intereses y motivos frente al resto de la humanidad”.
Página 20.
“Impropios son desde luego los funerales celebados en su honor, pues no sólo los costea íntegramente el archiduque sino que traslada el cadáver embalsamado y en solemne procesión a su propio barco, el Nixe, pintado en negro con banda azúl para conducirlo hasta sus parientes en una travesía que dura muchos días, como hizo una reina de Castilla para enterrar a su augusto esposo”.
Página 62.
“Lo mismo parece Francisco José un soberano en extremo prudente, que cerril hasta lo imposible, condicionado por su educación y principios”.
Página 89.
Rebeldía; huida; diferencia; aristocracia espiritual; Literatura; soledad y fama; el paisaje agreste, Mediterráneo agreste; el rincón, el castillo de cristal, la torre de marfil. Todo esto y mucho más sugiere y constituye el tema (los temas) de esta pequeña joya del relato que es Biografías de leyenda. La terraza del infinito.
Hay que tener mucho valor, literario y editorial, para lanzarse al vacío de escribir sobre personajes en cuyo nombre se han creado lagos, lagunas y mares interiores de tintas donde se han ahogado hasta no quedar rastro de las personas originales, restando unos mitos algo sucios y muy simplistas para intercambio de tertulianos abúlicos y poco informados. George Sand, Sissi y su hijo, Garbo, el archiduque Luis Salvador (aunque en menor medida), Chopin… son nombres desgastados por el uso de escritores malos y buenos, biógrafos, ensayistas, periodistas sensacionalistas, arribistas, y turistas banales que leen cuatro páginas de una guía y se consideran en poder del conocimiento suficiente para impartir lecciones.
El autor tiene ese valor de enfrentarse al tópico. Y no porque sea un temerario -bueno, quizá un poco- sino porque es un soñador -la temeridad va implícita-, dicho como el mayor de los elogios. Y con estos personajes no se puede dejar de soñar, como tampoco con los lugares donde se realizaron, donde se escaparon para ser ellos mismos. Fueron, si no privilegiados, sí extraordinarios, personalidades y almas (para quien crea en ellas) fuera de lo común, capaces de explayarse sólo en entornos idílicos, edénicos, vírgenes, salvajes, ajenos al daño del mundo y su vulgaridad o su fiereza sin sentido artístico. Por eso quizá compartieron las terrazas que se asomaban al Mediterráneo, mar de la cultura en esencia, de las formas de vivir más puras y cercanas al mito: la Atlántida, el Edén, la Perfección del Mundo evadido. Aparte del arrojo, hay que decirlo, también tiene el escritor el arte para vencer a ese conjunto de tópicos rasgando a veces la máscara compuesta por capas de historias viciadas que se han ido fosilizando sobre ellos. Arte en el que tiene no poca presencia el lirismo.
Es también curiosa la forma que tiene Blas Parra de presentarnos los cuentos con una pequeña nota biográfica, muy sui generis; y también los personajes que elige para contarnos la historia: el hijo de Sand; una de las hijas de Sissi (María Valeria, la única a la que dejaron que criara, su “hija húngara”); o una tercera persona, intercalada de reflexiones de la propia actriz, en el último caso. La ambición formal del autor es magnífica y se agradece.
Es curioso que tanto Luis Salvador (que en ocasiones en sus arranques generosos y su admiración por la fuerte belleza masculina me recuerda a Luis II de Baviera) como Greta fueran personas sobre cuya sexualidad se ha hablado y se hablará mucho por su aparente ausencia de ortodoxia, por llamarlo de algún modo. Si ello les predisponía a la búsqueda de otras beldades y otras “islas”, al aislamiento y a la vivencia “marginada” frente a un mundo que no los comprendía, ni siquiera en su íntima esencia sexual y, por lo tanto, personal, es algo imposible de comprobar pero hasta cierto punto probable.
Entre las páginas de este libro casi se puede aspirar el aire de los árboles resinosos y perderse entre los parterres de estos jardines que Luis Salvador pobló de esculturas. Esculturas destinadas a inmortalizar una belleza que consiguió rendirlo… aunque fuera temporalmente. De las palabras de Parra se puede uno colgar para perderse mirando el infinito, el pasado y el futuro fundidos en la atemporalidad de quienes todo lo tuvieron salvo paz de espíritu, vislumbrada quizá tan solo en estos parajes hoy pasto de hordas de visitantes que hacen el agosto de empresas varias pero vacían de su esencia a los lugares.
Valgan como ejemplo de los paisajes que protagonizan en gran medida la obra, los siguientes fragmentos de El hijo de George Sand, el primero de los cuentos que nos aguarda tras el velo de la portada:
“Sin duda Dios creó tan exuberante vegetación para acogotar a quienes contemplan la variedad y extensión de esas formas fantásticas que corren a nuestro lado y nos llenan de asombro”.
Página 26.
“Rocas de oro donde habitaron los dioses antiguos se elevan sobre campos de mirtos y laureles, naranjos y algarrobos, partidos por senderos que, como cicatrices en el verde extendido en todas direcciones, permiten adivinar la materia original de la isla. Estoy convencido de que si mi maestro, monsieur Delacroix, contemplara tal esplendor en las cosas, compondría cuadros aún más magníficos de los que habitualmente crea y muchos nos sentiríamos incapaces de volver a coger los pinceles”.
Página 26.
“El paisaje que nos rodea ha de impresionar a cualquier persona medianamente sensible; la luz que revela las formas cambia a veces por segundos acompañándonos su presencia quebradiza […] mientras el viento silba contra las tejas cimbreando cipreses, empeñado en desnudar los árboles y arrojar a tierra los frutos de las ramas más altas, con luna o sin ella […]“.
Página 30.
Hay, con todo, un poso de tristeza muy grave, que enlaza con lo lírico del texto, poemas en prosa, de cierto ritmo narrativo, que no deja escapar al lector, y que en algunos momentos me recuerdan al irrepetible Ocnos de Cernuda. La belleza se llena de una melancolía que a veces huele a saudade y al mismo tiempo a mediterráneo otoñal, incluso invernal. Algo se escapa, como el humo del cigarrillo, entre los ojos del lector. Algo muy hermoso y muy único: el alma de los protagonistas intentando encontrar los límites de la infinitud, que son los del propio espíritu.“Chupa el cigarrillo. Medita. Debió haber algún periodo de armonía entre su crítica voz interior y lo que la rodeaba. Entre sus aspiraciones y la realidad, la juventud y esta especie de armonía retardada que es la vejez”.Página 139.
Como regalo a nuestros lectores, el final de mi reseña serán las propias palabras del autor, sirviéndonos de guía espectral por el panteón vienés de la iglesia de los Capuchinos de una belleza poética terrible y desconsolada:
“Había concebido el infierno en su niñez como un espacio de permanente nostalgia; y el limbo, destino inmaterial de aquellos humanos que no alcanzasen la santidad; mas al lanzar un vistazo al tenebroso paisaje, intuye aterrorizada que en esta eternidad gélida que pisa, la resurrección prometida de la carne será imposible: aquel espeso bosque de ataúdes y sarcófgos opondrán siempre la pesadez del bronce para que los esqueletos recobren su carne. Allí no podrán escucharse las trompetas del Juicio Final, tampoco una violenta explisión lograría liberarles aunque todo estallase. Ese teatro del desconsuelo, cierra cualquier salida, cualquier escapatoria”.
Página 97.

 

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