Dominguero del siglo XXI

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En un anacronismo falaz mojo mi churro en el chocolate humeante que tengo frente a mí. Corre una brisa agradable y el cantar de los pájaros que sobreviven en los canalones de mi edificio se confunde con la música universal, pero minoritaria, de Björk que emite mi iPod de última generación debidamente conectado a unos potentes altavoces.

En mi tablet repaso las principales cabeceras europeas en un instante, sin tan siquiera haberme molestado en bajar al quiosco a comprarlas. El País, El Mundo, Le Monde, The Times, Frankfurter Allgemeine, USA Today,… Paso de uno a otro, cazando los principales titulares sin profundizar en los artículos porque ya me ocuparé más tarde del análisis riguroso, ahora es momento para el solaz absoluto.

Recibo un whatsapp en mi Blackberry, es mi cuñada desde Estados Unidos, ¡qué demonios hace despierta a estas horas!, me dice que está en Skype, que nos conectemos para una videoconferencia. Mando un BBM a mi mujer que sigue dormida y recibo un emoticon de enfado como respuesta por lo que supongo que quiere seguir en su estado de hibernación. Conecto mi portátil, para poder seguir hojeando la prensa mientras hablo con ella, y me echo una charla por videoconferencia en la que resolvemos en un instante los problemas de la economía mundial.

Entro en casa y me tumbo en el sofá con mi Kindle. Rebusco en mi librería virtual y decido apostar por un clásico, Delibes, que nunca falla, “Mujer de rojo sobre fondo gris”. Me zambullo en las letras del maestro hasta la hora en la que comienza la Fórmula 1, enciendo mi televisión de plasma de tantas pulgadas que ya no recuerdo y disfruto de la carrera en HD. Termina, como y me echo la siesta.

Un domingo cualquiera, pero un domingo del siglo XXI.

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