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Un buda borracho

Última actualización: 01/06/2012 17:38
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Sergei venía arrastrando del ramal al asno que les había regalado el Abad y del que ya pensaba incautarse «para hacer recados» en el pueblo. Durante uno de los descansos de la comitiva, Sergei preguntó al Maestro:

– ¿Cómo era la historia del Buda borracho? ¿Bebía tanto el Buda?
– No, Sergei, con el nombre de Buda se designa a las personas que han alcanzado la iluminación, pues ese es el significado del la palabra «buda». Así, ha habido muchos «Budas» entre las personas que han seguido el Camino. Uno de esos Maestros se llamaba Suiwo y fue un personaje casi mítico al que se le achacan más historias que las vividas por él.
– Maestro, – intervino Ting Chang -, a mí siempre me ha parecido un personaje inmensamente libre y divertido, aunque preocupante para no pocos abades ortodoxos.
– ¿Por qué?, – preguntó Sergei que intuía una historia apasionante.
– ¡Pues imagínate lo que sería un monasterio en el que todos imitasen al Maestro Suiwo! Y eso que él fue el Maestro sucesor del gran Hakuin al frente de su monasterio por el que pasaron y se formaron otros famosos Maestros, como Torei, Daikyu y Reigen.
– ¡Cuenta, Maestro, cuenta!, – dijo Sergei acercándoles unas tazas de té caliente alegradas con un poco del vino de arroz que les habían regalado en el monasterio.
– Suiwo conoció a Hakuin cuando ya tenía treinta años y el Maestro percibió en él un espíritu excepcional y le animó a desarrollar sus potencialidades. Suiwo siguió sus enseñanzas durante más de veinte años pero era un tipo excéntrico y extravagante. Vivía a diez leguas del monasterio que recorría a diario para escuchar las enseñanzas del Maestro. Muy aficionado al vino de arroz, comía cuanto le ponían delante. Se echaba a dormir donde le apretaba el sueño y tenía una fortaleza nada común. Era hermoso y fue amado, pero Suiwo era incapaz de atarse a nada ni a nadie. Hasta que enfermó el Maestro Hakuin, y Suiwo se fue al monasterio para cuidarlo hasta su muerte. Entonces, todos se pasmaron de que el Maestro le hubiera entregado a él el manto, el bastón y el cuento símbolos de la transmisión.
– ¿Y se quedó a vivir en el monasterio?
– Bueno, como había otro monje llamado Torei que también había alcanzado la iluminación, Suiwo le enviaba a todos cuantos llegaban para estudiar Zen. El problema es que nadie como Suiwo era capaz de comentar a los clásicos y, cuando él hablaba, tenía audiencias de hasta trescientas personas. El caso es que los demás Maestros le suplicaron insistentemente para que se ocupase de la formación de los monjes en el monasterio. Suiwo ya tenía cincuenta y ocho años cuando pronunció el increíble discurso de las Cinco casas del Zen que, desde entonces, se ha convertido en un clásico. Al final de sus días llego a congregar a más de setecientas personas para escucharle. Á‰l les decía: «En contra de lo que dijo un clásico, de que es mejor estar demasiado relajado que demasiado apasionado, yo creo que es preferible estar demasiado apasionado que demasiado relajado. ¿De qué vale vivir de la fraseología recitando textos sagrados? Hay que vivir a tope».
– Claro, con una personalidad tan extraordinaria como la suya – comentó reflexivo Ting Chang-, hiciera lo que hiciese habitaba en la perfección.
– El caso es que, cuando estaba en su lecho de muerte, no admitiendo más medicamentos que vino caliente bien especiado, los monjes le pidieron un poema de despedida, de acuerdo con la tradición. Suiwo tomó un pincel y escribió muerto de risa:
o «He estado burlándome
o de Budas y Maestros Zen
o durante sesenta y tres años.
o En cuanto a mi epitafio,
o ¿Qué? ¿Qué?
o ¡Kaa!»
Y después de una sonora carcajada, cerró los ojos y expiró.

 

J. C. Gª Fajardo

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