La Virgen Cabeza. Gabriela Cabezón Cámara.

0
222

La Virgen Cabeza. Gabriela Cabezón Cámara. Eterna Cadencia.

“Está en la parte más baja de la zona: todo va declinando hacia ella suavemente menos el nivel de vida que no declina, se despeña en los diez centímetros de la muralla, cuyo potencial publicitario la municipalidad no descuidó”.

Página 37.

“Quería ser como del ejército de Cristo pero no podía porque no creía del todo. A mí me decía a veces: “para cruzado me falta la fe”. Y sí, vos tenés rázón cuando decís que con fe o sin fe un cruzado es un carnicero, pero sin fe peor que peor, Qüity”.

Página 77.

“Cuando me acuerdo parece todo reloco, teníamos barricadas con flores, mi amor, como si en vez de un montón de negros furiosos fuéramos un montón de hippies dementes. En las barricadas me sentí más acompañada pero había una soledad tremenda en todo […]”.
Página 127.

“No sé cuánto luchamos y dado que perdimos no puedo dejar de concluit que no fue suficiente. Suficiente solo hubiera sido transformarnos en un ejército, pero trocados en fuerza armanda hubiéramos dejado de ser lo que éramos: una pequeña multitud alegre”.

Página 132.

Estamos frente a una novela insólita, osada, inesperada, sorprendente y engañosa. Sobre todo engañosa. El tono de la obra, en la boca, por momentos, de una transexual que lidera espiritualmente una barriada marginal, puede equivocar al lector frívolo. No es una obra meramente divertida. Ni siquiera divertida en esencia, aunque a veces la carcajada sea casi inevitable. Valga como muestra un botón:

“Agregamos una comisión más a todas la que ya teníamos, travestis, paraguayos, pibes chorros, peruanos, evangelistas, bolivianos, ucranianos, porteños, católicos, putas, correntinos, umbandas, cartoneros, santiagueños y todas sus combinaciones posibles; la nueva comisión histórica se encargó de trabajar con los arqueólogos, que se sintieron felices de poder enseñar su ciencia a la comunidad y la comunidad, encantada de aprender algo que no fuera un curso con salida laboral, salida tan difícil que ni Teseo se la hubiera encontrado nunca al corte y a la confección, a la operación de PC, […], al tejido, a la nutrición consciente y al resto de las pelotudeces que a nuestros gobernantes les parecía que necesitaban saber los villeros”.

Página 72.

Puede que parezca una aproximación alegre a una crítica social, pero de alegre tiene poco. La realidad de ese “vecindario” suburbial en el que se desarrolla la acción y en el que mal-viven los marginados es drogadicción, mafia, prostitución, soledad, asesinatos, ley del más fuerte, exclusión social y todo tipo de lindezas por el estilo. “Veremos” a un niño morir, a una muchacha prostituida a la que quemarán viva por querer huir, una gran paliza policial seguida de una violación grupal… A eso y a más asistiremos en La Virgen Cabeza, una obra valiente, audaz, descarnada y descarada. Pero, como bien decía aquel estribillo que aprendí de niño: “Con un poco de azúcar… la píldora que os dan… se pasará mejor”. Y eso hace Gabriela Cabezón: edulcorar con un tono transexual, directo, alocado, mezcla de erudición y bocajarro lingüístico, para que nos traguemos su denuncia. Dejando aparte los giros del lenguaje del español argentino, las barriadas de los más desfavorecidos, de los “colgados” y los desahuciados pueden estar en cualquier parte del mundo, están en cualquier parte del mundo, y de ahí la universalidad de la denuncia de los hechos que transcurren en la novela.

La protagonista, Cleo, es una transexual que habla con la Virgen, una imagen de cemento que hace un milagro cuando, tras ser Cleo golpeada y violada por un grupo de policías, despierta a la mañana siguiente en la celda impoluta, sin un rasguño, lo que hace que caigan arrepentidos aquellos que la habían maltratado y se empiece a difundir su fama. Es Cleo quien organiza la barriada apartando a los muchachos de las drogas y erigiendo un acuario con carpas que se convierten en el principal alimento de los habitantes del suburbio (como en el milagro de los panes y los peces, pero con carpas concretamente).

La contraparte la pone Qüity, una periodista que ve inicialmente en todo aquello la oportunidad de escribir un artículo que le reporte ganancias y fama, pero que acaba enamorada de Cleo y apegada a la sociedad en la que vive, implicándose en su “salvación” diaria. Hasta que…

 

Entre los elementos a destacar de esta obra (que no son pocos, algunos ya mencionados) está sin duda el homenaje a la Literatura que la autora se permite en todo momento, en algunos rincones enriquecidos, como los siguientes.

“Y no es que yo esperara, como Dante, que “una eterna margarita me recibiera dentro de sí como el agua unida recibiendo un rayo de luz”. Beatrice, rara Beatrice me salió Cleo. Es verdad, más rara Dante le salí yo”.

Página 80.

“”Escuchenmén”, vociferaba parte en rioplatense orillero, parte en español cervantino: “y sabed lo que fizo Santa María con un bardo que armaron los diablos para afanarse el alma de un peregrino, que eran de los que caminaban hasta la iglesia que les quedaba más lejos, como los que ahora van caminando a Luján: para que valga, la iglesia tiene que quedar en la loma del orto”. Y se alargaba a contar una cantiga de las que recopiló Alfonso el Sabio hace ocho siglos […]”.

Página 88.

 

Y en concreto de la Literatura del mundo clásico, como si a Ilíada y la Odisea entrasen en vena por ciencia infusa, decálogo natural del ser humano imposible de ignorar:

“Miles de años después, cuando del mundo de Homero no quedan más que una piedras y unas columnitas de mierda amontonadas para placer de turistas y arqueólogos, soñaba y veía a Kevin con la misma desesperación que Odiseo a su madre: sigue sin ser posible abrazar a los muertos, hechos solo de una memoria que también se muere”.

Página 11.

“[…] eran todos hermosos en su furia, como Aquiles cuando en la muerte de su amigo ya no resiste y se entrega a la ira, cede al destino. Ah, la furia chorra de los pibes chorros”.

Página 98.

Estas citas, estas alusiones, convierten el discurso de la protagonista en algo único, “iluminado” digno de escuchar/leer, que a veces parece una mezcla entre los sonetos de amor de Quevedo y la metralla verbal más sucia del mundo contemporáneo.

De su mano, aunque la historia está contada fundamentalmente por Qüity, nos asomaremos a ciertas profundidades que dan vértigo, a cierta maldad del ser humano que resulta difícil de asumir; a la fe capaz de mover toneladas de fango del alma. Todo eso y mucho más en una obra condensada que aprovecha sus ciento sesenta páginas para impresionar al lector atento. Un puro acto de coraje y amor.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here