La cadena del miedo

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Todos los seres humanos tenemos dos sentimientos básicos. El amor y el miedo.

Cuando no sentimos temor hacia nada, ofrecemos la cara más amable, nos sentimos en sintonía con todos los demás. Nada afecta a nuestro ego, por lo tanto no sentimos la necesidad de ponernos a la defensiva, no necesitamos atacar o morder para defendernos.

Pero si algo afecta a nuestros planes o hiere nuestro orgullo entonces sacamos los dientes, mordemos en la yugular para mostrar que tenemos poder.

Pues bien, me parece completamente absurdo.

Nosotros mismos generamos unas determinadas necesidades y creamos nuestro mundo sin tener en cuenta que, en ese mundo, existen millones de personas más. Inevitablemente tenemos que convivir con esos millones de personas en el día a día, nos tenemos que cruzar con ellos al ir a comprar el pan o en el súper, y sólo esa mera colisión de partículas producirá variaciones en nuestro maravilloso mundo de ensueño.

Los seres humanos tenemos la grandiosa capacidad de construir o destruir a nuestro antojo, conscientes de esa capacidad nos creemos con el derecho de influir en la vida de los demás para nuestro propio beneficio. Es más, es el sistema social en el que vivimos, el que nos enseña desde niños a pisotear al que tenemos al lado para conseguir nuestros objetivos. Poco a poco nos vamos alejando de unos determinados valores morales, que independientemente de cómo fueran inculcados, nos aportaban una opción de cómo manejar esas dos facetas con las que irremediablemente tendremos que lidiar a lo largo de la vida.

Hoy en día se ha puesto de moda ser “malo”.

Caminando por la calle me he encontrado varias veces con individuos vistiendo camisetas con el “noble” nombre de Pablo Escobar, se sienten muy orgullosos por mostrar esa apariencia dura; como los raperos de moda haciendo apología de las armas, el dinero o el poder en la caja tonta. Incluso yo recuerdo un tiempo en el que me fascinaban ciertos tipos de personajes como “scarface”.

Un día me paré a reflexionar por qué experimentaba ese tipo de admiración ante tales personajes, llegué a dos conclusiones: La primera es que el cine es un elemento perfecto para lavar el cerebro de las masas. La segunda es que nos gusta mostrar esa apariencia, simplemente, porque tenemos miedo al mundo, a lo que los demás nos pueden hacer, a la vida en general. Ese miedo es el principal elemento conductor del odio y canalizador de la destrucción y la violencia.

He crecido en un barrio en el que hay que ser un tipo duro para que no te tomen por tonto, si muestras tu lado amoroso, los lobos vienen y te muerden. Un día en el que tuve un desagradable encuentro con un tipo corpulento que me quería robar, me vino a la mente por qué ese individuo pagaba su frustración conmigo. Me di cuenta de algo muy interesante, lo que yo llamo “la cadena del miedo”.

Partamos de que cualquier ser humano, antes o después, va a sufrir algún tipo de situación dolorosa en su vida, ese sentimiento se quedará grabado en su psique desde ese primer momento y cada vez que ese individuo intuya que va a sentir ese dolor de nuevo, intentará usar todos los recursos de los que disponga para intentar no sentir ese dolor.  Como, básicamente, somos animales; el principal recurso que tenemos para defendernos es protegernos, ya sea atacando o bien adoptando una posición de defensa.

Hoy en día, al dolor físico con el que nos obsequiamos los unos a los otros, tenemos que sumarle el dolor psicológico. En algún caso,  más efectivo que el físico por el tiempo de duración del mismo; éste, nos ha llevado a desarrollar unos mecanismos de defensa psicológicos similares a los del dolor físico, tales como encerrarnos en nosotros mismos, ocultando nuestra sensibilidad, para que no sea herida o atacar a esa sensibilidad en otros para intentar que ese otro no nos ataque.

Por otra parte, todos, sin excepción sentimos cierto placer al ver cómo otro experimenta el mismo dolor que nosotros sufrimos. ¡Qué le vamos a hacer! Somos animales sociales, y necesitamos ver como los demás experimentan las mismas emociones que nosotros para no sentirnos solos. En cambio, entre nosotros existen grandes diferencias. Algunos de nosotros podemos experimentar esa sensación de placer, pero la sensación de empatía con el otro individuo supera ese placer y decidimos no herir más a la persona en cuestión. Otros, en cambio, aunque experimenten la sensación de empatía, les puede más ese placer que experimentan al propinar al otro con un poquito de dolor.

 

LA CADENA DEL MIEDO

Llevo observando durante varios años las reacciones y sensaciones de las personas, y me he dado cuenta que unos nos influenciamos a otros irremediablemente.

Antes he reflexionado sobre como actuamos ante una situación que nos pueda producir dolor, y cualquier reacción que tengamos ante esa situación, vendrá producida por el temor a experimentar ese dolor de nuevo. Es interesante, todos los individuos estudiados presentan prácticamente los mismos temores ante situaciones parecidas, una de los temores que me resultan más interesantes es cuando alguien intenta dañar nuestra autoestima. Todos los individuos analizados sienten frustración en mayor o menor grado ante esta situación, la reacción más común es intentar que la otra persona sienta esa misma frustración utilizando la misma técnica, aunque algunos individuos adopten una postura más pasiva o más agresiva, dependiendo del individuo en cuestión.

Es interesante observar que los individuos que adoptan la postura más pasiva producen un efecto diferente en los “agresores”,  esa indiferencia les exaspera por no poder encontrar en el gesto de esa persona ese dolor que tanto buscaban. Obviamente, aquellos que adoptan la postura más agresiva, producirán que esa tensión vaya en aumento hasta que uno de los dos lo detenga, en el caso contrario, degenerará en violencia física.

Ahora me gustaría centrarme en ese sentimiento tan humano de querer que los otros sientan lo mismo que nosotros para no sentirnos solos. Si sentimos dolor, queremos que alguien más lo sienta con nosotros. Somos animales sociales.

Una de las situaciones que más he estudiado es la del estado de frustración de los individuos. El 80% de los individuos estudiados intentan de alguna manera u otra pagar esa frustración con los demás individuos de su grupo social o su entorno. El medio más utilizado, sin duda, es el sarcasmo; ya que permite “sutilmente” conseguir el propósito deseado sin que se note demasiado el estado de frustración del que lo usa.

Me gustaría saber en qué momento de la historia se dio el primer caso en el que un individuo quiso hacer sentir que otro sintiera el mismo temor que él estaba sintiendo, porque, bajo mi punto de vista, ese fue el detonante de que esa reacción se fuera extendiendo entre todos los demás individuos hasta convertirse en algo tan común como es ahora. Quizá venía ya escrito en nuestro ADN y no haya forma de cambiarlo, pero como soy un gran soñador, y orgulloso de ello; me gustaría pensar qué pasaría si cuando estamos frustrados, en vez de utilizar el sarcasmo o la agresividad, recordáramos que aparte del miedo y de la capacidad para generar dolor, poseemos la hermosa cualidad de regalar amor, de hace sentir a gusto a las demás personas.

No sé, quizá ese sería el comienzo para crear ese mundo que tanto deseamos de paz y harmonía. Pero, obviamente, para ello, tendríamos que echarnos un vistazo a nosotros mismos con toda la basura (odio y resentimiento) que generamos; y claro, eso haría que nuestra valiosa autoestima se mermara. ¡Vaya! quizá ese sea el comienzo de todo, por qué no intentarlo, enfrentemos nuestros miedos. Nos sentiremos solos, frustrados, desamparados. Pero, en vez de intentar que los otros se sientan así también, intentemos ayudarlos con nuestra experiencia.

Sin duda sería un experimento muy interesante.

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