Sociopolítica

Independencia y revolución

Vivimos tiempos de clamor independentista. En la euforia de este estado de ánimo, que yo creo que arranca de las gigantescas manifestaciones contra la guerra de Irak, aún no hemos percibido que no es lo mismo el nacionalismo institucional basado en valores culturales tradicionalistas y dirigido por una clase política institucional y gubernativa  formada por la nueva clase media de profesionales y funcionarios, y el patriotismo popular que emana de la emancipación individual y de la soberanía no nacional sino popular.

En las revoluciones suele ocurrir que  el proceso se inicie cuando un sector de la misma clase política o social se rebela contra el resto de la misma clase política poniendo en marcha un movimiento que luego se le descontrola pasando su dirección a otras fuerzas sociales que vivían en la periferia del poder. Por eso nadie puede pretender poner riendas a un proceso independentista cuando se transforma en un proceso revolucionario. Tal vez si la clase política institucional, dominante en Catalunya, consiguiera mantener el movimiento dentro de los cauces de la reivindicación independentista, la oleada no los arrasaría, pero si más allá de la independencia emocional las clases populares impulsaran la marea hacia una revolución social o una contrarrevolución contra-nacionalista el impulso se les habría ido de las manos.

La revolución social en un proceso de masas es, sencillamente, imprevisible. Nunca se puede saber hacia dónde se va a orientar la marea. Los jóvenes, los desheredados, los parados y desahuciados, los sin futuro…etc. pueden imprimir un contenido revolucionario a lo que sólo empezó como una reivindicación legítima y emocional de la independencia. Porque la independencia no les satisface, sencillamente porque no se plantea una revolución social como podría ser: la abolición de la propiedad privada de los medios de producción; tomar el poder en las empresas, acabar con el paro, fortalecer en lugar de  desmantelar el Estado de bienestar…, tal como viene haciendo esa derecha institucional independentista. Porque si la independencia nacional se presenta como interclasista en beneficio de la clase política gobernante, la revolución, al contrario, se produce invocando la lucha de clases. Pero podría ocurrir, también, que la contrarrevolución popular encuentre en el nacionalismo español, residual en Catalunya, una vía para manifestarse contra la independencia.

Precisamente, ahora mismo, nos encontramos en ese impasse del proceso desencadenado y que se está radicalizando en la calle y en las instituciones, proceso que ha provocado un tsunami que ya no se puede detener y amenaza con arrasar a sus propios progenitores. Como Saturno devorando a sus hijos para luego acabar como las pinturas negras  de Goya a garrotazos.

Las elecciones son necesarias para anticipar la dinámica y la dirección del tsunami, pero son temibles, para los más optimistas incluso, porque podrían derrapar en otra dirección. O confirman a la clase política institucional en la dirección independentista del movimiento y entonces ya no podrán parar hasta haber conseguido la independencia, ya de que de ello depende su propia existencia como clase política, o transfieren el timón a las clases populares aunque, ante la ausencia de la izquierda, indecisa, o el seguidismo de ésta, sea bajo el estandarte del nacionalismo español representado por el P.P. Entonces se produciría una gran derrota de las fuerzas políticas independentistas y la sociedad catalana habría quebrado teniéndose que habituar a vivir al borde del precipicio.

La independencia, sin embargo, debe ser un orgasmo Cósmico, apoteósico pero con resaca. Porque  la independencia no es la conquista del paraíso perdido. Abre la puerta al camino que conduce hasta paraíso y nos sitúa ante una travesía por el desierto durante la cual se pasarán momentos difíciles. Sobre todo si, despojados de fantasías y del hedor de la borrachera festiva, se es consciente de las dificultades que habrá que superar para construir la utopía. La conquista de la emancipación nacional no se puede negociar poniendo condiciones al adversario. Este, como es natural, no pondrá ningún tipo de facilidades ni para cruzar la puerta al otro lado ni para facilitar el camino en la construcción de la nación.

Y se me ocurren tres obstáculos de enormes dimensiones, colocados por el nacionalismo español, que se pueden encontrar en la travesía del desierto: el primero es de orden estratégico y podría dar lugar a que el sistema internacional de comunicaciones entre África y Europa pasando por España se desplazara desde Catalunya y Euskadi hacia el Pirineo central aragonés. Este desplazamiento enriquecería inmensamente a los aragoneses ya que atraería hacia ese pasillo entre España y Francia a cientos de empresas y millares de inmigrantes,  pero, para Catalunya y los vascos, significaría quedar en la periferia del sistema internacional de comunicaciones. En una palabra, aislados. Y esto puede ser muy romántico pero, precisamente por ello, la ruina de la Catalunya próspera. Y no digamos nada de Euskadi que probablemente se convertiría en un desierto demográfico con la sola presencia de curas, nacionalistas de Sabino Arana  y pastores. Un paraíso clerical del nacionalcatolicismo vasco.

El segundo obstáculo consistiría en que, una vez independientes, automáticamente hay que solicitar el ingreso en la Unión Europea. Conseguirlo dependerá de que ningún país miembro lo vete. España, como es probable, ejercerá su derecho de veto, aunque sólo sea porque ella pensará en reconstruirse como nación en su propio beneficio y hasta que no lo consiga podría mantener el veto. Francia para avisar a sus propias fuerzas independentistas podría colaborar perfectamente con España en el bloqueo de la maduración de cualquier nueva nación.

El tercer obstáculo, aparte de quedarse sin moneda propia, sería la recepción que entre los ciudadanos españoles tendría el gesto legítimo de emancipación de un pueblo. Pero las emociones no las podemos controlar. Y probablemente no quisieran colaborar en nada, ni en permitir que el Barça jugara en la liga española, no sólo porque sería una incoherencia con el principio de la nacionalidad sino porque dejaría a ésta ridiculizada en una caricatura de sí misma al tener que recurrir a su colonizador para mantener su potencia futbolística. Pero más allá de estas dificultades, la mayor podría ser la pérdida progresiva del mercado español para gran parte del producto y de la presencia de los bancos catalanes en España.

Tal vez en el camino hacia la independencia no se han tenido en cuenta estos obstáculos. Sobre todo porque en lugar de tender puentes de entendimiento con los ciudadanos españoles, y no hablo de la clase política, sino de los ciudadanos, se les ha tratado con arrogancia como si fueran trogloditas que habitan en cuevas y se devoran como caníbales.  Si en lugar de insultar sus símbolos y de tratarlos paternalistamente como si vivieran de la caridad ajena, los catalanes, ignorando a sus propias clases políticas institucionales, hubieran mantenido gestos de convivencia, de respeto, hasta en sus símbolos futbolísticos, de explicación y de comprensión, se podrían haber evitado los enfrentamientos inevitables. E inevitables serán, si ya no se empiezan a establecer lazos de amistad y buen rollo con los españoles. El odio, cuando por razones geográficas somos, inevitablemente, vecinos, no facilitará el camino.

Sobre el autor

Jordi Sierra Marquez

Comunicador y periodista 2.0 - Experto en #MarketingDigital y #MarcaPersonal / Licenciado en periodismo por la UCM y con un master en comunicación multimedia.

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