Hitchcock versus Welles

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No hago caso a los sondeos y más cuando se tratan de obras de arte pero reconozco que éste me ha llamado poderosamente la atención, aparecido el pasado mes de agosto en la revista londinense Sight and Sound se ha realizado con más de 800 profesionales, todos del 7º arte, en el que han votado (como hacen cada 10 años) para saber cual es la mejor película de la historia del cine.

En está década la prestigiosa encuesta ha sido noticia porque el nº1 ha cambiado, en los últimos cincuenta años la obra maestra de Orson Welles Ciudadano Kane (1941) era la mejor película de todos los tiempos ¡algo que ya nadie dudaba! Pero este año esa película ha pasado a la segunda posición a favor de Vértigo (1958) del maestro del suspense Alfred Hitchcock.

¿Qué ha pasado, en está última década, para cambiar el resultado de la encuesta? Para responder a está pregunta he decidido intentar analizar esos dos filmes y buscar las diferencias entre ellos y también las comparaciones.

Primero empecemos por Ciudadano Kane, uno de los trabajos cinematográficos más innovadores de la historia, tanto por los planos que se utilizaron como por el hilo argumental, que fue una manera distinta de contar en el cine… y también precursora de cambios de estética que después se han utilizado a lo largo del tiempo. Ciudadano Kane avanza más allá del espacio-tiempo, Orson Welles pintó con este trabajo un artículo periodístico, que aún está en la retina de gran parte de los cinéfilos, para investigar sobre la última palabra que dijo Charles Foster Kane (interpretado por Orson Welles) en vida – Rosebud– al final acaba siendo un misterio eterno para sus personajes pero no para el público que la sigue viendo como una novedad visual y argumental.

Una vez terminada la película, nos damos cuenta de que hemos visto algo distinto, con muchas lecturas, tal vez la más visible está en la obsesión de su protagonista por adquirir cosas, muchas inservibles, que sólo le sirven para evadirse del mundo y jugar como un niño; en una de las últimas secuencias la cámara nos enseña esas cosas como si fuese los tejados de una gran ciudad pero sólo es para mostrarnos de qué material se ha construido su vida.

El motivo más recordado por el que Orson Welles la hizo fue para caricaturizar al magnate Randolph Hearst que intentó, por todos los medios, parar primero el rodaje y después que nunca viese la luz; ¡menos mal que no lo consiguió! Y hoy podemos gozar todavía de esta obra maestra que abrió, de par en par, las puertas a ese espacio cinematográfico inexplorado.

Cuando Alfred Hitchcock rodó Vértigo, basada en la novela de Pierre Boileau y Thomas Narcejac, titulada: De entre los muertos,  ya era el director de cine más famoso del mundo, con una gran trayectoria, pero al genio del suspense le faltaba dar otra vuelta de tuerca a su carrera y lo consiguió con este filme lleno de un lenguaje moderno y psicológico donde los personajes y la historia sólo son una excusa para reflejar un cambio, tal vez uno de los mayores cambios del cine, porque inventó un nuevo género: el suspense psicológico. También fue, según palabras del propio Hitchcock, la obra que le dio la madurez cinematográfica, pero no es, por extraño que parezca, la película más conocida de este director por el gran público.

En Vértigo se juntan la realidad con la muerte, dando un tono misterioso a muchas secuencias; aún hoy, cuando han pasado casi 60 años de su estreno, es muy actual porque los cineastas posteriores a ese film se han adueñado de los ritmos cinematográficos de esta obra maestra.

Las luces de colores salen de la pantalla como si fuese algo prohibido, para estremecernos y a la vez preocuparnos por los problemas sentimentales de su protagonista masculino, el detective Scottie (James Stewart), que vive su particular obsesión pasional por Madeleine Elster (Kim Novak), reflejado soberbiamente por una acrofobia que le impide tomar sus propias decisiones.

Todo ello es un cóctel para responder a una pregunta extrañamente filosófica: ¿Qué es el amor? Por esta pregunta, Hitchcock se atrevió a adaptar esa historia literaria, haciendo equilibrio con la realidad para no perder su cordura creativa, y extrañamente el publico de los años cincuenta no terminó de apreciar este monumento impresionante y revelador donde se pintan las obsesiones más primitivas para terminar creyendo que lo que le sucede al protagonista son nuestros propios miedos a una altura metafórica.

Es difícil opinar sobre cuál de las dos películas es la mejor de todos los tiempos. Pero como todo en la vida hay diferencias y comparaciones; esas diferencias y comparaciones se ponen en una balanza para saber su verdadero peso en la retina del cinéfilo; claro que las dos tienen su mundo interior que nos tratan de enseñar para comprender al creador.

El cine es más que un sondeo de los profesionales del sector, su misión es llegar al público que llena las salas esperando evadirse de todo por una y media o dos horas; claro que las películas se pueden comparar con el vino: cuanto más viejo, más sabroso al paladar; por eso los 71 años de Ciudadano Kane y los 54 años de Vértigo nos pueden guiar hacia el buen gusto de un trabajo que nunca muere.

Deberíamos expandirnos más mentalmente, degustando obras maestras, para tener un poco de más visión sobre las imágenes que sobreviven y las historias que pueden caer en el olvido.

Un sondeo puede ayudar, pero un sondeo tampoco es inmortal, porque el cine sigue experimentando con nuevas historias que tienen otros ritmos narrativos y otras poéticas, que llegan al universo del espectador bordeando su propia vida y puede que, dentro de medio siglo el resultado de este sondeo ya haya caído en el más absoluto de los olvidos o puede que no ¿quién sabe?

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