Cultura

Cultura de la mediocridad

  Una  Cultura de la mediocridad

La cultura mediterránea, o sea, ese conjunto de pueblos singulares con tantísima historia a sus espaldas y no menos tradición de clasicismo, conforma lo que podríamos llamar coloquialmente el arco del Mediterráneo. Y en ese arco, tenso por la coyuntura, hallamos cada vez más debilitada la portentosa y otrora admirada herencia cultural de Grecia y Roma, basamento originario de todas las culturas occidentales que en el mundo han sido. Conste que, hoy día, a esta amplia zona geográfica bien se podrían sumar algunos países de Europa central que, por su proximidad real o por similitudes en las formas de vida y desarrollo, ofrecen características parecidas o semejantes.

   Siempre nos ha parecido que la crisis –la dichosa y cansina crisis que Dios nos dio y que el periodismo nos recuerda sin piedad machaconamente– no se queda, ni mucho menos, en los parámetros de la estricta economía, sino que va más allá de los números, de las cifras, de la prima de riesgo e incluso de los partidos, sindicatos y políticos de turno.

   Es posible que haya llegado el momento de que todos, uno a uno, reconozcamos sinceramente que la auténtica crisis la llevamos en el interior; en el alma de nuestra propia esencia como ciudadanos de una zona –el arco mediterráneo– que se desvanece y resquebraja por los pies envuelta en sus viejos oropeles de antaño porque le falta lo esencial: la valoración del esfuerzo.

   Nos ubicamos, pues, en un ámbito cultural que, si bien ha perdido sus principios y valores más tradicionales, ha venido a ganar a cambio bienestar y lujo tecnológico a tutiplén. Y nos quedamos tan a gusto admitiendo que la vieja y digna Europa del sur ha hecho bien las cosas. Pues no, mire usted, no las ha hecho bien en absoluto. Nos hemos equivocado de camino. Y el caso es que parece tarde para girar en redondo y volver por donde hemos venido; por eso habrá que apechugar con las consecuencias, que son devastadoras, y seguir como sea la senda emprendida. Pero rectificando conductas y retomando principios a la vez.

   Hace poco leíamos un breve y atinado artículo de Antonio Fraguas de Pablo –más reconocible como Forges- en el que el sensato madrileño de barba cana venía también a decir algo parecido a lo que ahora escribimos aquí. Forges apuntaba: «Hemos creado una cultura en la que los mediocres son los alumnos más populares en el colegio, los primeros en ser ascendidos en la oficina, los que más se hacen escuchar en los medios de comunicación y a los únicos que votamos en las elecciones, sin importar lo que hagan». Vaya si es verdad eso, pues claro que sí. Ningún hijo de vecino podrá negarlo. Los mediocres lo invaden todo, y la mediocridad es el caldo de cultivo donde éstos se forman y preparan sobradamente.

   Cuando un servidor era quinceañero, los estudiantes de bachillerato (había entonces un bachillerato solemne de seis bárbaros años con una seria reválida en cuarto que quitaba el hipo), respetábamos a nuestros profesores por el mero hecho de serlo; y admirábamos no poco a los científicos, escritores e intelectuales que salían de Pascuas a Ramos en el Nodoo en los noticiarios de aquella incipiente televisión en blanco y negro que teníamos como única ventana al mundo. Y nos extasiábamos ante sus declaraciones e imágenes porque intuíamos que detrás de sus efigies poco mediáticas había mucha inteligencia y, sobre todo, mucho esfuerzo invertido a lo largo de décadas de estudio y labor sacrificada. Y hasta los más cortitos sabían que un gran científico, que un notable profesor, que un excelente químico no se convierten en lo que son por arte de birlibirloque, no señor, sino a base de muchas horas diarias de trabajo y tenacidad. Eso, óigame, lo sabíamos todos, desde el más listo al menos espabilado, y nadie osaba menospreciar la cultura ni decir –como se dice sacrílegamente ahora con frecuencia– que el esfuerzo personal es cosa del pasado. No hemos oído mayor majadería.

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   La recompensa del esfuerzo y del trabajo bien hecho es justamente esa: el resultado excelente, la satisfacción que produce saber que tal o cual labor la ha firmado uno a base de voluntad y tesón. Habrá excepciones muy loables, por supuesto que sí, pero socialmente da la impresión de que ahora todos intentan cumplir con la ley del mínimo esfuerzo. Vivimos en un ámbito cultural donde no se premia sino la caradura, la simpatía y el éxito rápido, cosas que suelen caminar juntas para mayor desgracia.

   Un reciente estudio señala que el españolito de a pie pasa una media de ciento treinta y cuatro minutos diarios viendo la televisión. Para pasmarse. Y si al menos se viesen programas constructivos, en vez de tragar basura…

   ¿Alguien con la cabeza bien amueblada podría entender que un país reforme cuatro veces en menos de tres décadas su sistema educativo? Es algo que raya en la demencia. De ahí se derivan, cómo no, ciertas consecuencias indeseadas y nada ejemplares, como que nuestros estudiantes se hallen a la cola del mundo en comprensión lectora, o que ni una sola de nuestras universidades figure entre las ciento cincuenta mejores del mundo; ni una sola, que se dice pronto. A España llegan muchas celebridades –no vamos a negarlo–, pero exclusivamente del mundillo del fútbol. A cambio, se nos van a chorros físicos, médicos y jóvenes doctores en mil y una materias. Vamos, que cambiamos tranquilamente el fútbol por la ciencia y el conocimiento y aún tenemos el cinismo inconsciente de hacernos socios –pagando– del club de nuestras entretelas, como se dice. Se enseña al niño y al adolescente, con el ejemplo más insolente, que lo importante en la vida social es el fútbol y la diversión, y eso es mentir descaradamente a los jóvenes, que terminan creciendo sin valores de verdad con los que orientar su futuro.

   Nada, esto tiene mal remedio. Y encima, si a mano viene, recelamos del sabio que no emigra aunque cobre en su tierra cuatro chavos; o escarnecemos impunemente por envidia al que despunta un poco sobre el pelotón infinito de los mediocres llamándolo empollón e hijo de su madre.

   Esta mediocridad que nos hemos dado los españoles no solo es claramente reconocida, sino incluso –y esto ya no tiene nombre ni parangón– hasta deseada por miles de jóvenes que pasan noches enteras a la intemperie para entrar al casting de Gran Primo Hermano o al de cualquier otro programita por el estilo. Tela. O que pernoctan junto a las taquillas cerradas de tal o cual concierto de rock porque los chicos no pueden pasar sin oír de cerca a sus ídolos maravillosos. Eso sí, sus mamás acuden de madrugada, la mar de solícitas, para llevar comida y bebida a sus guapísimos retoños, no se vayan a quedar anémicos. Son madres fruto de la Logse, imaginamos, o vaya usted a saber de qué ley de educación por el estilo. Patético.

   En un país así, con estos presupuestos, el que se esfuerza parece gilipollas. En realidad es un tipo inteligente y valioso, por supuesto, pero a los ojos masivos y miopes del ejército innúmero de mediocres irredentos, da la impresión de estar lelo perdido.

   La crisis que sufrimos termina por desbarajustarlo todo, y no está solo en los números, ni en la Europa del euro o en los bancos. Está en la carcoma que va comiéndonos con voracidad la madera del ático. Pensemos un poquito, para variar, y hagamos algo en serio con las miras puestas en paliar esta plaga. En nuestro entorno, cuando menos.

   No hace muchos días, el abogado Julio Cristellys escribía en su artículo “Contra la fama y por las élites” lo siguiente: «Hemos de recuperar voces como prestigio, distinción y clase, en el bien entendido de que no son términos excluyentes, sino vocablos expresivos de un refinamiento personal e intelectual fruto de la inteligencia, de la disciplina y del ahínco, tan ajenos al éxito fácil que acompaña a la fama». Y concluye diciendo que no hay esfuerzo vano por salir de la mediocridad. Hacemos propias sus palabras y nos reafirmamos en la peligrosidad de la medianía como forma y hábito de vida.

   En los países del arco mediterráneo hay que cambiar la mentalidad a golpe de talento y con un firme compromiso de futuro por parte de los responsables políticos. Si no vemos más allá de nuestras narices, gentes vendrán que hagan bueno lo que ahora tenemos. Y eso, de verdad, no querría verlo el que suscribe.

 .·.

Sobre el autor

Ricardo Serna

Ricardo Serna

- Doctor en Patrimonio
- Licenciado en Filosofía y Letras [Historia]
- Máster en Historia de la Masonería en España
- Diplomado en Estudios Avanzados de Literatura Española

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