Tablero de ajedrez

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tablero de ajedrez Francisco Vélez Nieto

Tablero de ajedrez

En el pasear diario por las calles de la ciudad se observa el aumento paulatino de personas de piel  negra y morena, son inmigrantes, que por fortuna para los que no somos racistas en esta ciudad del Sur llegan por goteo y no en muchedumbres, no obstante va creciendo su número. En las calles de los barrios de los “menos favorecidos» se nota mucho más su presencia y no resultan tan exóticos. Llevan en la mirada la soledad y el desarraigo, lo observan todo como temiendo de algo. Pero lentamente en el tablero de juego las piezas van tomando tímidamente posiciones con  ligero descenso de la mayoría blanca y aumento de la minoría negra, digo negra por la incorrección racista que considera de “de color”, como sí el blanco no fuera también un color. De todas maneras todavía no tienen  por que alarmarse aquellos que llevan sobre sus espaldas la responsabilidad del orden establecido y la administración de la ciudad: ¿Pero a dónde van los estos inmigrantes cuando terminan su faena  diaria?

Porque los blancos podemos sentarnos delante del televisor para que sus estúpidos programas nos adiestre en el quehacer diario de las mentiras y vaguedades de los que  mal gobiernan. Tenemos  para elegir donde reunirnos: iglesias, hermandades, equipos de fútbol, teatros, cines, las tabernas y los bares del barrio, las comunidades, los partidos políticos; votamos si nos parece aunque no sabemos para qué. Los políticos cuando nos necesitan nos requieren y aconsejan. También podemos llamar al médico de urgencia y decirle que nos duele el costado. Es decir el trajín temporal de la vida que debe de continuar para que esto no se convierta en un verdadero infierno.

Pero  los negros y las negras igual que los moros: ¿Qué tienen?, A dónde pueden ir, qué hacer cuando concluye la labor diaria o su vagar. Parece como si no tuvieran cumpleaños, ni comuniones con las que imitar a la burguesía de medio pelo con esas horribles pamelas de ricos nuevos, ni cruces de mayo según su cultura y sus costumbres. Carecen de periódicos o televisión que les hablen en el idioma materno, no pueden tomar partido, no votan,  no entran en los restaurantes y si un día se atreven, las miradas se vuelven hacia ellos como si el pescado oliera mal por culpa del intruso. Y el camarero se siente molesto, de igual manera que sí le robara la cartera. Sólo los ángeles, tal vez porque tienen alas, les dan un poco de calor y algo de comida en esos centros ubicados en calles apartadas donde les entretienen el hambre y la marginación con los cantos y los rezos.

Pero los negros y las negras, incluso con barrigas que transportan a otros futuros esclavitos, que ya irán a la escuela aunque sean pobres, continúan aumentando, y no sé, pero casi estoy por asegurar que a medida que suman más y más, sus miradas se vuelven menos asustadizas y pican en el  autobús con menos complejo a medida que van conociendo el terreno que tarde o temprano pueden conquistar. Pero  mientras, dentro de ellos se va cociendo algo que no puede ser para todos los blancos agradecimiento. Y eso va marcando una cicatriz honda y triste dentro del alma oscura  de todos los inmigrantes que sueñan ir ocupando con lentitud más espacio en el tablero de ajedrez, donde cada día días nos jugamos el mendrugo y sacamos el perro a que haga sus cosas en la puerta del vecino o de la iglesia.

Este es el problema compadre, que si nos ponemos a mirar el dichoso tablero de  juego tan inteligente, no cabe duda que todavía nos podemos comer infinidad de peones, pero lo que me temo es que llegará la fecha en que serán tantos que se les tendrá que dar una parte de los cuadros para que coloquen también ellos sus reinas, reyes, torres y caballos de defensa. Y entonces,  yo me pregunto ¿Por qué no se les va dando algo más, como hicieron blancos de otras geografías? Blancos de ojos azules, rubios, más altos, es decir, “superiores” a nosotros que somos medio agitanaos y bajitos aunque tan blancos como sus Majestades. Blancos del norte cuya inteligencia les permitió comprender que aunque éramos de raza “inferior” deberíamos disfrutar de algunos derechos para que en vez de aumentar ira y odio despuntara el agradecimiento.Digo esto no para calmar la conciencia, sino porque temo que lo de sacar al perro de noche a que haga la caca en  puerta ajena, si la situación continua empeorando, se pondrá difícil y habrá que pagar un guardia que vigile al mejor amigo del hombre  y alguna que otra cosa de la vida. Todo por considerarnos una raza superior.

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