El día de mañana, de Ignacio Martínez de Pisón

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“De los diversos instrumentos del hombre. El más asombroso es, sin duda el libro. Pero el libro es otra cosa: el libro es una extensión de la memoria y de la imaginación”
                                                                                     José Luis Borges

El día de mañana, de Ignacio Martínez de PisónDesde mi refugio voluntario dedico parte de mi tiempo vivo a releer no solamente los clásicos a los que tanto les debo y nuca terminaré de pagarles, no siendo pedantería, sino que también acudo a los contemporáneos. Y uno de ellos en estos días donde cada vez es más intenso el fuerte olor a  pasado reciente  que apesta, he abierto una novela de  Ignacio Martínez de Pisón 1960. Un autor comprometido que tiene en su haber más de quince  obras, entre las que destacan la colección de cuentos «El fin de los buenos tiempos» (1994), las novelas «Carreteras secundarias» (1996), «María bonita» (2001) y «El tiempo de las mujeres» (2003), y el ensayo magnífico «Enterrar a los muertos» (Seix Barral 2005), donde resucita y reivindica la memoria y personalidad de José Robles traductor ejemplar John Dos Passos. Contando merecidamente  con los premios Rodolfo Walsh y Dulce Chacón, siendo acogedoramente elogiado por la crítica por la vieja y deteriorada Europa. Y no puedo dejar en el olvido su otra novela  Dientes de leche, que transcurre por ese mundo de política y sociedad que tanto nos preocupa.

 Ahora, tiempos de desmemoria histórica con reminiscencias medievales que apestan a franquismo, los que todavía duden no deberían tardar en consultar  los “descuidos”  de la Academia de la Historia. De manera que, me viene como anillo al dedo y nadie de la guarida de la Reserva Espiritual de Occidente debe tildarme de rojo y  masón, comentar esta novela de El día de mañana, que para algunos doctos de la Academia de la Historia podría parecer propia de un arrebatado clamor provocador de Ignacio Martínez Pisón, al que los dioses laicos deben darle larga vida para bien de la creatividad literaria en lengua de Cervantes, que dicho sea de paso, tampoco fue manco en eso de la crítica por acercarse a la verdad sin monaguillos y sotanas nostálgicas.

 El día de mañana narra secuencias reales dentro de la ficción literaria que toda novela conforma. Los personajes, para quienes fuimos niños de la guerra y posguerra, resultan tan vivos que haciendo un alto en la lectura e influido por ella, se puede distinguirlos, considerarlos propios de uno, aunque con asco y sin perdón, que menos, puesto que muchos se lo merecen. Pero representa una afinidad solidaria este desfile de personajes sacando a la luz a una clase media que generalmente viene apareciendo en escasas ocasiones como protagonista en la historia literaria de la posguerra. Esto, cuando por encima de toda ficción creativa, sus realidades humanas jugaron un importante papel de conjunto. No fueron héroes con derecho a historias altivas, vivieron destronados en la larga posguerra manteniendo una actitud distante de la dictadura, en sus maneras y reducido espacio en tan vigilada sociedad.

 Con tal planteamiento Martínez Pisón se sale del “cliché, ese lugar común, lo que ya está contado”. Siendo por ello un testimonio entrañable que ofrece un verídico testimonio de las personas que pasaron por las comisarías sufriendo en sus propios cuerpos física y sicológicamente los métodos persuasivos de aquella  Brigada de lo Social. Narración desde una base aparentemente simple, la vida cotidiana de unas personas en apariencias sencillas pero con sus vicisitudes, deseos y pasiones interiores hasta esos extremos exteriorizados por una docena de “memorables personajes” de la vida real explicando como conocieron al magistral Justo Gil protagonista de toda la historia, un inmigrante más de los miles y miles que arribaron  a Barcelona con lo puesto por aquellos años de inclementes penurias, de éxodos y sucesivas inmigraciones  generacionales  en la lucha por la vida; apetitos y necesidad de cambios  muestra magistral de la España dura y  real, que pese a todo fue capaz de reír y amar hasta en las largas colas a por la conquista de un pan negro de cada día.

 Pero Justo es algo más que un simple inmigrante que arriba a la metrópoli con una madre enferma incurable, deficiencia mental, por la que todo lo que puede lograr para ella le resulta válido y normal. Tan normal que el papel estafador y confidente de la policía del Régimen, que no fueron sino muchos y cercanos los que existieron, sufrimos y conocimos, involuntariamente, algo que con el contacto vecinal llegó a considerarse  normal, aunque con reparo y cautela. Y la historia es totalmente invadida por ellos y ellas, aunque no (“miembros y miembras” de la estupidez socialista de hoy día), que para placer del lector alcanza la altura de excelente literatura que cuenta una realidad protagonizada por una clase media baja.

 “Gente normal de ingresos normales y problemas normales” sin embargo Justo es un desclasado, pertenece al “escalón más bajo, sube, y pese a mantenerse económicamente con el dinerillo que la pasa la policía, pegará la gran caída desde un escalón moral” Un personaje tan allegado, que al final de la batalla y muerto el combatiente, podíamos llegar a sentirle aprecio y lastima. Pues en el fondo, es algo que a muchos lectores se nos ha quedado dentro, grabado, porque sirven para trasladarnos a unas circunstancias vividas no más ayer, desde un hoy dominado por esta partitocracia vulgar y hortera, Y esa izquierda moribunda y tartamuda que nos asfixia con su repetitiva verborrea patriotera que emana vulgaridad y pregón de Semana Santa hispalense.

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