Reyes sodomitas, de Miguel Cabañas Agrela

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Reyes sodomitas, de Miguel Cabañas AgrelaReyes sodomitas. Monarcas y favoritos en las cortes del Renacimiento y Barroco. Miguel Cabañas Agrela. Egales.

“[…] desde inicios de la Edad Moderna, la sodomía, como acabamos de ver, pasa a formar parte de los encausamientos civiles llegando a ser considerado como alta traición, al igual que la herejía”.

Página 21.

“Agnolo Firenzuolo, un conocido satírico florentino del siglo XV escribió que los higos (vaginas) pertenecían a los comunes, mientras que las manzanas y melocotones (nalgas) a los grandes personajes”.

Página 26.

“Luisa de Vaudémont no fue una de tantas reinas infelices por haber sido casada por obligación. Enrique eligió él mismo a la mujer que quería por esposa, y ésta le rindió una verdadera idolatría durante toda su vida. Debería estar fascinada por la personalidad de su marido, el cual la sorprendería y hasta la haría reír constantemente”.

Página 66.

Estamos ante un ensayo histórico de gran interés porque la inteligencia del autor hace que el rigor no le impida resultar cercano, y por lo tanto escribir un libro al que puede acceder el gran público. Quizá un historiador o investigador no encuentre un lenguaje académico o una apabullante documentación que, estando al final de la obra, ocupe la mitad del volumen, y latinajos sin pausa, pero precisamente el libro no trata de ello. Es decir, estamos ante un magnífico aperitivo: que abre el hambre. Porque leer este libro de Miguel Cabañas Agrela es tener ganas de saber más sobre los personajes. Él nos los presenta de forma tal que los cogemos cariño, nos asombramos de su audacia, o nos preguntamos sobre sus decisiones. No le falta, digo, visión al autor, incluso para relatarnos anécdotas que harán las delicias de cualquier curioso:

“Luis (XIV) reinaba de facto sobre sus súbditos, Felipe (de Orleans) reinaba en los salones sociales de París y de la corte”.

Página 139.

“Sobre todo, Federico pudo leer aquí todo lo que quiso, dialogando con los muertos, mucho más fascinante que con los vivos”.

Página 224.

La variedad de los personajes abordados, monarcas en Inglaterra (cuando aún no era Reino Unido), Francia, Suecia… un Papa, un hermano de monarca, hace que los intereses susceptibles de ser estimulados en los lectores, sean aún mayores. No ha habido muchas reinas en la Edad Moderna, y sin embargo, sabe darnos el contrapunto con un amplio capítulo dedicado a Cristina de Suecia.

Por otra parte, el autor no intenta convencernos de nada. No jura y perjura que los monarcas tuvieron relaciones sexuales con sus favoritos. Donde tiene certezas, habla. Donde no, calla, sugiere, reflexiona, pero deja al lector la total libertad de juzgar por sí mismo ante la inexistencia de pruebas fehacientes. Y ahí resulta de una gran honestidad que, unida a su cercanía en el lenguaje, hace que el libro vaya abriendo puertas y ventanas por donde podamos y deseemos entrar todos: cotillas, amantes de la Historia, hambrientos del chismorreo y homosexuales todos en busca de referentes históricos que prueban que siempre y en todas las categorías sociales y estamentos hubo y habrá hombres y mujeres atraídos por seres humanos de su mismo sexo.

He aquí que también aprenderemos que no todos los favoritos eran meros aprovechados. Que no todos subieron como la espuma gracias a los favores de los reyes, siendo esto lo único que buscaron, pues al hablarnos de Guillermo III, rey de Inglaterra, se nos cuenta:

“Nadie como él conocía los entresijos del alma del rey […] Cuando Guillermo contrajo la viruela, Bentinck le cuidó con esmero sin separarse del lecho del enfermo durante dos semanas, día y noche, arriesgando incluso su vida, y llegando a contraer él la enfermedad”.

Página 185.

Es más, el médico aconsejó que alguien durmiera en la misma cama que el rey pues al pegarle la enfermedad tendría más opciones de sobrevivir (como si se la pasara) y Bentinck lo hizo de buen grado. Arriesgó su vida por su monarca y, ¿su amado?

Curioso es de destacar que si bien Luis II de Baviera (sobre quien no se nos habla en estas páginas) escribió a Wagner recién convertido en monarca, en busca de ese “amor platónico” que el rey tuvo por las artes y por Wagner; Federico II de Prusia, por su parte, escribió la misma noche la muerte de su padre, el rey, a Algarotti, el veneciano seductor que había pasado unos días en su palacio de Rheinsberg hacía un par de años. Lo cual nos habla de la urgencia y la importancia que los seres humanos damos a aquello que amamos, sea el amor por el Arte o por alguien de nuestra especie, con independencia de la carga que tengamos sobre los hombros o las importantes cosas que nos sucedan. Uno puede acabar de ser rey, pero el primer pensamiento irá dirigido a ese ser que nos llegó al corazón, antes que para la forma de gobierno o las medidas a tomar.

Para finalizar un monarca nada sospechoso de homosexualidad, nuestro gran, complejo e incomprendido Rey Prudente, Felipe II. Curiosamente él nos servirá para darnos cuenta de que la Realpolitik o el maquiavelismo, que no es sino hacer lo que uno tiene que hacer para conseguir un fin, ha estado presente en las formas de gobierno y gestión de las naciones desde su nacimiento y que toda forma de Poder responde a unos mismos principios pues si bien se encausó a Don Pedro Luis Gracerán de Borja, Gran Maestre de la Orden de Montesa por sodomía, no perdió la vida por ello ni cumplió los diez años establecidos de reclusión, es más el monarca lo nombraría el rey virrey en Cataluña, donde moriría al año siguiente de tomar posesión a los sesenta y tres años de edad.

Un libro interesante, ameno, muy bien documentado, cercano, de fácil lectura y variedad. Con personajes tan audaces, valientes y complejos, que bien vale la lectura… Una lectura que, sin duda, nos llevará a otras lecturas. Una lectura que trae conocimiento, sí, pero también, y sobre todo, mucho placer.

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