Memorias del Saco de Roma, de Antonio Rodríguez Villa

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El relato monumental del asalto y saqueo de Roma en 1597

“Cuando estás en la calle es cuando te das cuenta de que todo tiene dueño y de que hay cerrojos en todo. Así es como funciona la democracia: coges lo que puedes, intentas conservarlo y añadir algo si es posible. Así es también como funciona la dictadura sólo que una esclaviza y la otra destruye a sus desheredados

Charles Bukowski

Memorias del Saco de Roma, de Antonio Rodríguez Villa          Pasan los años y las ediciones de esa hermosa y embriagadora obra para toda persona culta deseosa de valores. Siendo una justa muestra  de ello la nueva edición de 2012 que ha salido a la luz  con ricas aportaciones con las  que se abre su lectura de la mano y saber  el estudio preliminar de Ana Vian Herrero Y a esta riqueza de caudaloso contenido documental se suma la amenidad y placer debido al interés que despierta su contenido, compendio que adquiere vida en forma de novela histórica,  no al uso, que concierta sus cerca de ciento cincuenta cartas-documentos, creando algo semejante a una sucesión de fascículos por entregas de excelente frescura literaria, a través de los acontecimientos que van transcurriendo en el proceso narrativo dentro de una atmósfera de agitada historia de aventuras reales sobre fidedignos hechos históricos de alta valía y tensión alcanzando valores que conmueven provocados por un crudo destino desde los poderes fácticos que los protagonizan.

Hace años, David González Romero persona clave en Editorial Almuzara, me recomendó la lectura de El saco de Roma 1527 –del que había oído hablar pero no leído- escrita por el historiador André Chastel (1912-1990), profesor de Historia del Arte en la Universidad de la Sorbona y miembro del Collége de France, cuya tensa lectura, con  toda franqueza me causó una estremecedora impresión, absorbente al tratar importante ese capítulo histórico donde se narra el corto asedio de los ejércitos del emperador Carlos V, para tomar Roma y someterla a un brutal y feroz saqueo. Un suceso, según cuenta, la posterior Historia se pretendió acallar, porque quedaba manifiestamente claro que a partir de este patético acontecimiento nada podía ser igual ya que, significó “el total enfrentamiento con el papa Clemente y el saqueo feroz y sangriento de la capital del pontificado y cautiverio del papa por las tropas del Emperador, para el desarrollo posterior de la política, la teología e incluso el arte en el mundo moderno”, que algunos historiadores señalaron como una concentración más o menos intencionada de los cambios que se avecinaban ante la Reforma religiosa en Europa que queda claramente refleja en esta resumida frase: “Roma ante el banquillo de Dios”

Y tras los años transcurridos de aquella agradecida recomendación de tan apreciable catador de obras con contenido en su justo término, David González Romero me invita a leer estas Memorias del Saco de Roma realizadas por el historiador y archivero Antonio Rodríguez Villa (Madrid 1843-1912) elaboradas en 1875. Una auténtica joya universal de la historiografía, elaboradas desde “la historia en sus documentos” como pocas veces se ha hecho tan sólido y extenso Estudio preliminar de la catedrática de la Universidad Complutense, Ana Vian Herrero, especialista sobre el Saco de Roma., quien con precisión señala como “En España, la historiografía tradicional lo ha considerado más bien como un  accidente nefando por sus implicaciones anticatólicas, por el aplauso de la élite reformista de aquel momento en España, por la clara impronta profanadora del saqueo; y se ha deshecho en argumentos apologéticos y disculpa torios de la actuación de la monarquía hispana en el suceso. Quizás por ello y por las diversas polémicas sobre el acontecimiento, lo cierto es que el Saco de Roma no es un hecho bien conocido”

Y a esta riqueza de caudaloso contenido documental se suma la amenidad y placer debido al interés que despierta su lectura que compone sus cerca de ciento cincuenta cartas-documentos, creando algo semejante a una sucesión de fascículos por entregas de gran frescura literaria, los acontecimientos que van transcurriendo en la narración creando una atmósfera de relato histórico y novela de aventuras de alta tensión alcanzando valores muy literarios. Toda una revelación que muestra su cruento realismo con veracidad de los documentos frente, a que “toda vez que los historiadores nacionales más notables se ocupan del él accidental y embozadamente, y los extranjeros, bien por miras políticas, bien por seguir la corriente establecida, sin detenerse a examinarla, han cometido tales inexactitudes en la exposición y crítica del suceso, que era, en nuestro juicio, necesario acudir a las verdaderas fuentes históricas para depurar en ellas la verdad y la justicia”, señala con Claridad Vian Guerrero.

Por ser gran acontecimiento “La marcha del ejército imperial capitaneado por el duque de Borbón, desde Milán hasta Roma, es una de las más famosas y extraordinarias expediciones que cuenta la historia militar” de aquél 6 de mayo de 1527, cuando tras un corto asedio, los ejércitos del emperador Carlos V compuesto de un ejército hambriento y sublevado a la jerarquía más poderosa por no percibir sus pagas correspondientes a sus servicios desde largo tiempo, se les ordena tomar Roma y someterla a un feroz y brutal saqueo, donde la alta jerarquía de la Iglesia fue humillada; el Sacro Colegio Cardenalicio, fueron hechos prisioneros, las iglesias convertidas en establos, los palacios y los templos, despojados de sus riquezas, hombres, mujeres y niños de toda condición y edad fueron comprados, vendidos y vejados.

Roma, asombro de la cultura del Renacimiento, quedo convertida en ruina. Una decisión que conmovió al mundo, hasta Juan de Valdés reflejó la hazaña en sus Diálogos de Mercurio y Carón y entre Lactancio. Lactancio:” ¿Es verdad todo lo que de allá nos escriben y por acá se dice?” Arcediano:”Yo no sé lo que allá escriben, ni lo que acá dicen: pero sé os puede decir que es la cosa más recia que nunca hombres vieron. Yo no sé cómo acá lo tomáis. Paréceme que no hacéis caso de ello. Pues yo os doy mi fe que no sé si Dios lo querrá ansí disimular. I aún si en otra parte estuviésemos, donde fuese licito hablar, yo diría perrerías de esta boca” Lactancio: “¿Entonces de qué comiades? Arcediano: “Nunca faltaba la misericordia de Dios. Si no podíamos comer perdices, comíamos gallinas”.

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