Auditorio de Zaragoza, fin de temporada

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Auditorio de Zaragoza, fin de temporadaCon el concierto de la Orquesta Sinfónica del Estado de Moscú, finalizó el pasado 28 de mayo la XIX Temporada de Grandes Conciertos de Primavera en el Auditorio de Zaragoza. Un cálculo elemental nos descubre que la próxima será la XX, cifra redonda y singular, símbolo de la entrada en la madurez consolidada en cualquier ciclo artístico.

Conocida la trayectoria del equipo rector del primer escenario musical de la ciudad y de la región, es seguro que la habrá, que el próximo febrero tendremos de nuevo un listado de magníficos conjuntos, directores y solistas para alegrar el espíritu y compensarnos de las aflicciones de la vida.

No conviene escuchar los cantos de sirena, porque te atrapan y te inmovilizan, de modo que cuantos estamos por el desarrollo de la música en nuestro territorio no terminamos de creernos los aleluyas económicos que la política comienza a entonar estos días de cara al próximo año, incluso para el final de este.

De ser cierto el augurio, caerá por tierra el canto de los agoreros que pronostican un descenso en picado de la cantidad y calidad de los conciertos que vayamos a escuchar la próxima Temporada. Ya se oían esas voces funerales hace un año, cuando la situación económica del país picaba hacia el abismo a marchas forzadas.

Sin embargo hemos asistido a una primorosa primavera musical, que nació temprana el 12 de febrero con la Deutsches Symphonie Orchester de Berlin, comandada por gente tan solvente como James Conlon, con Jean-Ives Thibaudet al piano. El incombustible  sir Neville Marriner se acercó seguidamente a la Sala Mozart al frente de la Orquesta de Cadaqués, con el complemento siempre formidable del Coro Amici Musicae, residente en el propio Auditorio, que con tanta eficacia dirige Andrés Ibiricu.

Nueva aparición, a pocas semanas de llegar la primavera astronómica, de la siempre sorprendente Orquesta Sinfónica del Conservatorio Superior de Música de Aragón, con su autor y director al frente. Juan Luis Martínez, ejemplo de trabajo constante e ilusionado, ha conseguido una formación que, aun variando de componentes como es de razón en un conjunto discente, alcanza cotas de excelencia propias de una orquesta profesional.

En esta misma onda hay que citar la nueva singladura de la anterior Banda Sinfónica del Conservatorio Superior, llamada ahora  Orquesta de Viento con la sobredenominación de ‘Sinfonietta’, que sigue dirigiendo el maestro Miquel Rodrigo, otro infatigable luchador en pro de la excelencia artística del Centro donde imparte su docencia.

Uno de los hitos del podio durante el siglo XX, el italiano Claudio Abbado, desembarcó por fin en Zaragoza trayendo consigo a la Orchestra Mozart que él mismo formó en Bolonia hace unos años. Todo un lujo de presencia y de programa. Pocas personas hubieran apostado hace unos años por la posibilidad de escuchar y ver en directo en nuestra ciudad a tan encumbrado director; menos mal que hubo quien lo hizo.

Al Ayre Español, que nació en esta tierra y ha alcanzado renombre internacional de la mano del zaragozano Eduardo López Banzo, no podía faltar a la cita, y menos siendo conjunto residente también en el Auditorio. Aunque no he mencionado los programas interpretados en cada sesión, aquí debo citar la suculenta versión de ‘Las cuatro estaciones’ de Vivaldi que ofrecieron a los afortunados escuchantes.

También tuvo su oportunidad la Orquesta de Cámara del Conservatorio Superior de Aragón, tras los reajustes efectuados a raíz de la marcha de su creador, siempre recordado, Rolando Prusak. La puesta en rumbo a cargo del prestigioso Cuarteto Quiroga ha comenzado a dar sus frutos en la nueva singladura.

Algo semejante a lo dicho sobre Claudio Abbado cabe repetir respecto a Charles Dutoit, otra de las batutas estelares del universo sinfónico. Llegó con la Royal Philharmonic Orchesta, de Londres, y trajo consigo a un violonchelista virtuoso de enorme talla, Adolfo Gutiérrez Arenas, nacido en Munich de padres españoles.

Una grande y agradable sorpresa constituyó el descubrimiento del director finlandés Hannu Lintu, que junto al pianista Nikolai Lugansky y la Orquesta Sinfónica de la Radio de Finlandia ofreció un programa de Sibelius y Tchaikovski, repartiendo el juego entre dos naciones vecinas y no siempre amigas; pero la música todo lo puede.

La Robert Schumann Philharmonie continuó la saga de grandes formaciones, con Frank Beermann al frente y el pianista Fabio Bidini, otra figura, interpretando a Liszt. Terminó la serie de grandes conciertos el fogoso director ruso Pavel Kogan, al frente de la orquesta citada al principio, a la que acompañaba otro virtuoso de violín, Boris Belkin, muy cotizado también en su faceta artística.

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