De la comedia macabra (Fisterra) a la parodia histórica (El Cid)

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Escenarios, 15

Los dos teatros municipales de Zaragoza han ofrecido durante el pasado fin de semana dos interesantes producciones: ‘Fisterra’, de Ferrán González, en el Teatro Principal, y ‘El Cid’,  un montaje de la Escuela Cómica Suicida, en el Teatro del Mercado. Las cuatro sesiones de la primera, en cuatro días sucesivos, y las cinco de la siguiente, en tres, han permitido a un público muy amplio acudir a las salas para disfrutar de estas dos propuestas básicamente cómicas.

FISTERRA 3La primera, ‘Fisterra’, con un provocativo sentido del humor, tiene también un componente reflexivo, al reflejar una situación extrema y ciertamente incómoda, no del todo infrecuente en los tiempos que corren. De hecho, en la reciente crónica de sucesos a escala regional, encontramos tres episodios que retratan esta realidad macabra de la muerte y descuartizamiento de personas. Lo que la compañía Entrecajas Producciones Teatrales, bajo la dirección de Víctor Conde, nos ofrece, es un giro de tuerca pasando de lo trágico a lo cómico, forzando las situaciones y revirtiendo los protagonismos, porque en este caso son dos mujeres las asesinas y sus respectivos maridos las víctimas.

Bajo la trama de la comedia subyace una reivindicación general de las mujeres oprimidas de un modo u otro por sus parejas: a veces no es la violencia física la que destroza una relación, sino la indolencia. Esto le ocurre a Paz, la taxista gallega, interpretada por Eva Hache, que ha buscado en esta actividad pirata una escapatoria a la opresión que acompaña su vida matrimonial: ella es víctima de la inacción, de la falta de expectativas, de la carencia de emociones. Su compañera de reparto, Ángeles Martín, interpreta el papel de Antonia Crespo, una mujer catalana que decide asesinar a su marido por infidelidad, matando al mismo tiempo a su hermana, copartícipe de la misma.

El texto de la obra es sugerente en conjunto, aunque le sobran algunas reiteraciones y podría acortarse un poco sin perder eficacia; ciertas referencias, por ejemplo la que se hace al fútbol, podrían suprimirse sin que mermara el interés de la trama. Sin embargo, otros apuntes, como las alusiones regionalistas a Cataluña y Galicia, hubieran dado un buen juego de haberse ampliado y afilado.

La interpretación de las actrices fue excelente, sobre todo la de Ángeles Martín. Eva Hache se mostró un tanto anclada en su estereotipo de personaje cómico, con algunos tics reiterativos e innecesarios, particularmente los gestionados con la mirada. Ello provocó algunas risas preestablecidas entre el público, risas que en ocasiones no respondían a estímulos reales sino a la presunción de que lo que dijera la actriz sería necesariamente cómico.

La escenografía y el montaje están bien pensados, resultan modernos y eficaces, envuelven bien la historia y estratifican con acierto las diferentes fases de la trama.

EL CIDLa obra que ofreció el Teatro del Mercado, ‘El Cid’, venía definida por su subtítulo: ‘la auténtica parodia’. Se trata de una propuesta metateatral en la que ocho personajes se diversifican para montar la historia del Cid Campeador desde una óptica alternativa. Rodrigo Díaz de Vivar no es el héroe que nos han transmitido la historia y la leyenda, sino un personaje aficionado a la poesía, reacio a las aventuras bélicas e implicado en un amor ambivalente hacia Jimena. También en el trasfondo del texto, debido a Javier Ercilla y Vicente Velázquez, se plantean algunas cuestiones vitales, como la disyuntiva entre el amor y el honor. No obstante, la intención general de la obra, que dirige el mismo Vicente Velázquez actuando desde el escenario, es lúdica y desmitificadora. Situaciones surrealistas, diálogos jocosos, personajes grotescos, chanza permanente sobre las instituciones medievales que hoy perduran, referencias puntuales a cierta modernidad ridícula y otros elementos que refuerzan el espíritu de la farsa, conforman una obra fresca, irónica y jugosa, abierta a la improvisación.

La parodia abarca también al vestuario, a la mínima escenografía, e incluso al lenguaje. El final tiene su punto de suspense porque uno de los actores, precisamente el director, sobre quien gravita el montaje de la obra, queda tendido en el escenario una vez acabada la función y recibidos los aplausos del público. Una incógnita que se resuelve de modo distinto en cada actuación.

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