Teatro Principal de Zaragoza: «Hécuba», con Concha Velasco

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Escenarios, 21

Hécuba, la tragedia universal

HÉCUBA 001La guerra de Troya forma parte de la memoria mítico-simbólica de nuestra cultura occidental. Entre las obras literarias que arrancan de aquel episodio, hay dos tragedias de Eurípides especialmente significativas, ‘Las Troyanas’ y ‘Hécuba’. Así como la primera se ha representado en diversas ocasiones en nuestros escenarios, la historia de la destronada reina de Troya llega por primera vez a España a través de una producción realizada por el Festival internacional de teatro clásico de Mérida y por la compañía Pentación Espectáculos.

Da vida a la protagonista una inmensa Concha Velasco que aborda y borda su primer papel trágico en la escena. Según sus propias manifestaciones el día de su presentación en el Teatro Principal de Zaragoza, prefiere un recinto tradicional al inmenso escenario que supone el teatro romano de Mérida, donde se estrenó la producción el pasado verano. Reducido el espacio y mantenidos todos los elementos escenográficos, la obra mantiene su dimensión e incluso la acrecienta por la cercanía del público.

Las desgracias que ha de soportar Hécuba al final de su vida aparecen ante el espectador con tal verosimilitud que conmueven el ánimo y llegan a desatar las lágrimas, tal vez en un efecto mimético al observar cómo las propias actrices (la reina destronada y las mujeres troyanas) son presas del llanto.

La representación es un cúmulo de aciertos, desde la versión literaria de Juan Mayorga hasta la interpretación de cada uno de los personajes. Está bien resuelto el papel del coro, diluido en músicas perfectamente adecuadas a la situación. El riesgo de los excesos declamatorios en que pueden caer los protagonistas, lo evita Concha Velasco modulando perfectamente la voz y el tono en cada uno de los episodios; hay una solemnidad desgarrada en los momentos trágicos y una ternura impotente en las escenas referidas a la muerte de sus hijos.

Los personajes masculinos que representan a Ulises, Agamenón y Polimestor (los vencedores) se expresan con mayor altisonancia, aunque suficientemente controlada.

Merece especial mención el hecho de que la tragedia se represente en su totalidad y hay que aplaudir la mencionada versión de Juan Mayorga que logra combinar el tracto narrativo con el fondo filosófico de la obra. También la música de Mariano Díaz es un acierto y se adapta bien a la acción. El conjunto de los elementos escénicos, la decoración, el vestuario, la iluminación y el montaje consiguen que esta –hasta hoy– rara pieza de la dramaturgia universal haya renacido con tan rotundo éxito en nuestro país.

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