Teatro: Sigue la tormenta

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Escenarios, 26

SIGUE LA TORMENTAEs sintomático que la acción de esta pieza de Enzo Cormann se desarrolle en el mismo ambiente que acompaña el climax de ‘El Rey Lear’: una tormenta. El drama de Shakespeare es el punto de coincidencia entre dos generaciones del teatro: la del veterano actor Theo Steiner, que representa de manera genial Mariano Anós, y la del joven director Nathan Goldring, al que da vida un solvente Miguel Pardo, en la producción que está presentando estos días el Teatro de la Estación, y que dirige con enorme acierto Cristina Yáñez.

Nos encontramos ante una situación verosímil: un hombre requiere la colaboración de otro para conseguir un objetivo artístico. Se trata de poner en escena el referido drama de Shakespeare en un famoso teatro de Berlín. El prestigio del viejo actor, desaparecido misteriosamente hace un cuarto de siglo (la acción transcurre en 1997) y ahora refugiado en un remoto lugar de la Bretaña francesa, hace que el joven Goldring le proponga colaborar en el proyecto.

El encuentro entre ambos se desarrolla en un ambiente tenso, cáustico, irónico y hasta sarcástico, creado intencionadamente por Steiner para disuadir al joven, que no obstante se empeña en su proyecto. Tanta insistencia comienza a desatar los hilos de la memoria hasta que se abre un pasado vergonzoso del que el anciano actor, ahora pintor, ha tratado de escapar infructuosamente.

La culpa pendiente, aquella que resurge en esos momentos en que parece que todo está acabado, es un fantasma que acecha inmisericorde. La culpa procede de mucho tiempo atrás, de la época en que es Steiner estaba preso en el campo de concentración de Terezin. Su colaboración con los nazis le sirvió para salvar la vida, aunque fuera a costa de contribuir al exterminio de sus padres y de otros judíos, trasladados al campo de Auschwitz. Aquel gesto cobarde se convierte en la culpa por antonomasia, de la que el protagonista ha tratado de escapar tras un episodio dramático sucedido mientras representaba Macbeth en un teatro de Viena hace 25 años.

La obra de Enzo Cormann no se mueve en los esquemas habituales de la dramaturgia. Utiliza un lenguaje poco lineal, extremado y de gran densidad, con personajes muy complejos cuyos entornos hacen de lo anecdótico algo mucho más profundo que un simple contexto histórico. Como señaló la crítica cuando se estrenó la obra hace algo más de una década, no es un teatro de la obviedad, sino un teatro cultista, con frecuentes citas shakespearianas, que coloca el enfrentamiento tanto en el terreno del arte y del teatro, como en el del compromiso, en el de la identidad individual y social, que en esta ocasión parece incidir en la expiación, en el recuerdo, en un trozo de la memoria colectiva que puede perderse en la dispersión actual.

La propuesta teatral del Teatro de la Estación es sencilla, realista, sin revestir la caja escénica, como reforzando el vuelo metateatral de la obra repleta de alusiones literarias que se van plasmando en una pantalla desnuda antes de cada episodio. La iluminación es efectista, el espacio sonoro está elaborado con mucho acierto por Miguel Angel Remiro, y la dirección de Cristina Yáñez es firme, directa, consiguiendo crear una tensión que va en aumento, con unos efectos de modernidad formal que contrastan con el estilo interpretativo de los actores, más bien clásico.

Esta primera producción de la compañía Tranvía Teatro, en la recién inaugurada Temporada del zaragozano Teatro de la Estación, se puede ver hasta el 10 de noviembre, y será también el primer espectáculo del programa de Iniciación al Teatro que se desarrolla en el mismo escenario, destinado a colectivos sociales y al mundo educativo. Para ‘Sigue la tormenta’ habrá dos sesiones matinales los días 6 y 7 del presente mes.

Cabe señalar una curiosa coincidencia: el pasado 24 octubre se representó en el Teatro Principal la ópera ‘Der Kaiser von Atlantis’, producida por la Asociación Aragonesa de la Ópera Miguel Fleta. Como se comentó en este medio, se trata de una obra de judío Viktor Ullmann, realizada precisamente en el campo de concentración nazi de Terezin, antes de que su autor fuera enviado al de Auschwitz, donde fue gaseado.

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