Diario de un emigrante. Kokone

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La tarde es lluviosa.

Kokone está tumbada sobre la cama, tiene los ojos cerrados.

Fuera, en el bulevar, los adolescentes comienzan a invadir las calles.

Los litros de alcohol hacen funcionar las cajas registradoras.

La realidad se difumina.

Hoy cumple tres meses en este lugar exacerbado.

Allí, tumbada, con las luces de neón dibujando sombras sobre la moqueta de la habitación, recuerda su primer día.

Aquel tipo tan misterioso que nunca volvió a ver. Aquella carta.

La escuela, las nuevas variedades de comida, la playa.

Los primeros días que salía con sus compañeros de clase, Kokone se mostraba muy tímida, no estaba en absoluto acostumbrada a tales muestras emocionales en público. Se sentía completamente diferente, como de otro planeta. Pero algo la  empujaba a seguir los pasos de aquellas mujeres que se habían liberado de todas esas contradicciones que vienen impuestas por las reglas sociales. Las miraba cada noche, bailando con un montón de chicos. Besándose con ellos. Yendo a dormir cada noche con una nacionalidad diferente.

Y las envidiaba.

Antes de salir de Japón su madre habló con ella acerca de las diferencias con la cultura occidental, para que no se sorprendiera demasiado. Incluso estuvieron viendo bastantes películas europeas durante los dos meses anteriores a su partida.

De entre todas, la favorita de Kokone era A bout de soufflé.

A tal punto llegó a calar la obra de arte del maestro Godard en la chica japonesa, que una vez cada semana la volvía a reproducir.

Una calurosa tarde de Marzo, a los tres meses de conocer al extraño tipo solitario, se miraba en el espejo. Por vigesimoprimera vez había terminado de ver su película favorita completamente extasiada.

Simulaba los gestos de Jean Seberg mientras su corazón latía a mil por hora.

De pronto una sensación completamente nueva invadió todas sus terminaciones nerviosas. Rebuscó entre su ropa hasta encontrar un jersey similar al que utilizaba la protagonista.  También cogió unas tijeras. Los mechones de su negra y larga melena cubrían por completo el pequeño lavabo de su habitación.

Al terminar, y  no contenta del todo con el resultado de su obra, se tiñe de rubio.

Cuando aquel momento álgido de exaltación creativa se apacigua, se mira tímidamente en el espejo. Se ve hermosa. Y comienza a sentirse fuerte.

Pone algo de música, una de esas emisoras locales con ritmos comerciales y se pone a saltar, dando vueltas por la habitación. Se siente tan fuerte que decide salir sola aquella noche.

Decide explorarse a sí misma. Decide desbordarse.

Después de tomarse un par de mojitos en el chiringuito de la playa, y tras docenas de miradas  empapadas de deseo, su mirada recae en aquel club en el que nunca se había atrevido a entrar. Aquel del que tanto hablaban sus compañeras de clase. Lets go!

Nada más poner un pie en la pista de baile una par de metrosexuales franceses se abalanzan sobre ella. Tras un escalofrío recorriendo la espina dorsal – parálisis momentánea- decide dejarse llevar.

Muy pronto comprueba las posibilidades que brinda ser una mujer segura de sí misma. Uno de los metrosexuales la agarra por la cintura y la besa apasionadamente. Ella cierra los ojos. Una multitud de flores aparecen en su mente, conformando un jardín inconmensurable. El otro metrosexual también la agarra por detrás, dejando que Kokone sienta su entusiasmo.

Tal muestra espontanea desencadenó en la princesa japonesa, una multitud de sensaciones inexplicables que nublaron su autocontrol.

A la mañana siguiente, la luz de un sol completamente radiante la despertó iluminado su pequeña cara.

Cuando pudo distinguir con claridad la realidad, se dio cuenta de que aquel baile no había sido un sueño. Por unos momentos se quedó sentada en la cama, sonriendo. Después se levantó, se vistió muy rápido y se largó a tomar un capuccino.

Allí sentada, frente al mar, una infinidad de sensaciones contradictorias la invadían.

II.

Desde aquella mañana, hasta la tarde de hoy, Kokone ha ido adquiriendo experiencia de vida. Ya no es aquella bella niña tímida que soñaba con películas europeas.

Ahora es una mujer independiente.

Al mejorar su nivel de inglés consiguió un trabajo como promotora de viajes. Tiene citas con varios hombres sin implicarse emocionalmente. Se viste como quiere. Es una mujer libre.

Hoy, al ir a recoger la última maleta para mudarse al nuevo piso, ha decidido tumbarse en la cama por última vez, mirar por la ventana y sentir como se desliza la lluvia. Recordar todos esos momentos que tanto la han ayudado a evolucionar, a ser la mujer que es hoy.

Tarot. El ermitañoSin embargo, a pesar de lo orgullosa que se siente por todos los logros obtenidos, una sensación extraña la invade cada día, el recuerdo del encuentro con aquel hombre solitario. Es como si necesitara recordarlo para sentirse más cómoda. Para mantener la estabilidad ante todos los cambios que están sucediendo en su vida.

Es muy curioso que hasta hoy no se hubiera planteado esa inconsciente necesidad. De hecho, estaría encantada de encontrarse con él de nuevo. Descubrir su misterio.

Por ahora, mientras el sonido de la lluvia golpeando los cristales forma un compás perfecto,  Kokone mira la carta de nuevo, el ermitaño…

Tiene el presentimiento de que algún día entenderá su significado.

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