La vida en los hoteles. El regreso a casa

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Nota 3.

Parece que todo lo que comienza llega tarde o temprano a su ocaso.

La semana ha pasado en un suspiro. Ahora, mientras escribo, no me percato de que hace exactamente siete días que abandoné el lugar en el que me encuentro para encaminarme a una ciudad distinta. Y siete días después me hallo con las piernas cruzadas de nuevo en el mismo sofá, tecleando el mismo ordenador viejo, pero que sirve para lo que lo uso.

La semana ha pasado. Cada cual vuelve a sus vidas. La vida en el hotel no era más que un pequeño paréntesis en sus quehaceres.

Pero no ha sido así conmigo.

Tras la despedida de esta mañana, algo me ha llamado la atención.

La prisa.

Curiosamente, el curso ha terminado a las doce y media, y el tren de la mayoría de mis compañeros salía para Madrid una hora después, a la una y media. Algunos de ellos debían marchar al hotel a recoger sus pertenencias, y a medida que la mañana pasaba y la hora crítica se iba acercando los nervios iban estando más a flor de piel.

Por fin las doce y media, y con puntualidad, hemos salido del centro. Pero esta mañana con el paso más acelerado que los días anteriores. Ya no disfrutábamos del sol acariciando nuestros cuerpos, nuestras caras. Ahora cada paso iba pidiendo permiso al siguiente para adelantarle, con cuidado, eso sí, de no tropezarse.

hotelYo era el único que tenía coche, y me he ofrecido para llevar a tres a la estación, pues entre las maletas y nuestros voluminosos cuerpos no daba el coche para más, aunque sea de cinco plazas. El resto ha cogido un taxi, en grupos de tres también, y por fin todos y cada uno de ellos, puntualmente, han llegado a la estación, con veinte minutos de sobra para, con tranquilidad, esperar al tren.

Y ahí comienza mi historia. De repente me he encontrado solo en la puerta de la estación. Tan solo mi coche, radio 3 en la emisora, y yo al volante. ¿Quién me espera? Nadie. ¿Por qué ir con prisas? Y entonces he tomado una decisión. En lugar de coger la autovía y dirigirme como mínimo a ciento veinte kilómetros por hora para Madrid, me he desviado justo a tiempo de encaminarme por una carretera mal alquitranada, de esas por las que cuando pasas saltan chinas, y has de andarte con cuidado cuando adelantes a un camión por si la luna de tu coche se va con un buen recuerdo.

A sesenta kilómetros por hora en algunos tramos, a noventa por otros, así durante una hora, más o menos. Los almendros a la orilla de la carretera estaban en flor, las matas de romero dibujaban un paisaje muy parecido a la sierra de la provincia de la que provengo, mas la sutil diferencia en cuanto a lo abrupto de la zona era más que suficiente para saber que me hallaba en otro contexto.

Mi estómago hizo acto de presencia, y con la misma calma con la que el viaje iba tomando forma, he llegado a un pueblo, Nuévalos, y tras preguntar a un par de paisanos dónde daban menús para comerme algo calentito y sabroso, he llegado al restaurante en el que mi estómago se ha saciado.

Vistas privilegiadas, en lo alto de una loma por donde la carretera pasa, allí, contemplando la serranía me he sentado en la terraza, sin prisa, nadie me espera.

Cuando la camarera ha venido a preguntarme por la bebida y yo he respondido, como era obvio, que vino por favor, no he podido resistirme a contemplar la sobria belleza que la caracterizaba. Digo sobria porque su cara denotaba seriedad, no ha sonreído en ningún momento, pero que no se me malinterprete. No es porque fuera antipática y descortés con los clientes, en este caso conmigo, sino porque parecía, claramente, su forma de ser.

Tras pedir de primero un potaje, de segundo pollo escabechado y de postre un arroz con leche, mi estómago ha tenido más que suficiente. Un café por favor, solo sin azúcar, y un cigarrillo liado con paciencia para saborearlo con deleite.

En lo que ha durado la comida, cada vez que la muchacha ha pasado por delante de mí, mis ojos se han adherido a su espalda, para acariciar después sus piernas, sus muslos… pero lo más delicioso, su cara. Su dulce cara. Esa cara bella, pero seria, a la que no he conseguido, arrancar una sonrisa. No ha habido entre nosotros ni tan si quiera un cruce de miradas. No ha habido nada. Ella ha ido en todo momento a lo suyo. Servir mesas, cobrar, recoger mesas.

He pedido la cuenta, he pagado con gusto, y tras dos horas y media de coche, en casa me encuentro.

Nadie me espera. Y no lo lamento.

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