Mientras leo un periódico (II)

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Tras un agradable paseo, y viendo cómo el cielo se cubría de un manto gris que amenazaba con tormenta, decidí entrar a ese bar en el que los fines de semana suelo desayunar. Un café con leche y un mollete con jamón y tomate. Pero era por la tarde, y asolando como de costumbre a esas horas el hambre en mi ser, decidí tomar una cervecita y pedir una hamburguesa. Súper, por favor.

Foto: Cris Valencia
Foto: Cris Valencia

Tras dos cervezas, y habiendo devorado literalmente tan delicioso manjar, mientras leía el periódico y me informaba sobre la controvertida reforma del código penal que se pretende debatir en el Congreso, hizo su aparición estelar.

Ahí llegó Manuel, cargando un tambor de detergente y una bolsa con unas cuantas cosas dentro que no llegué a distinguir.

Pensé, no puedo desperdiciar esta oportunidad. Ya me iba, así que me levanté y fui hasta donde él estaba dispuesto a entablar conversación con quien yo me figuraba era un ser bastante introvertido.

Una vez a su lado pedí una cerveza, un quinto de Mahou concretamente, soy forofo de la cerveza, y de tal marca seguidor acérrimo.

Cóbrame las dos, le digo a la camarera. No no, déjalo. Insisto. Pues bien, si insistes, no te la voy a rechazar. Y así comenzó nuestro diálogo.

Le digo a lo que me dedico, y él entonces me confiesa que está en la reserva, y que comparte profesión conmigo.

Automáticamente aquél que yo pensaba que era un ser totalmente opaco, cerrado, se abre a mí y comienza a compartir su vida, sus andanzas, su matrimonio con una china hará unos quince años, y que por eso precisamente hoy, con cincuenta y dos primaveras, sigue aprendiendo mandarín.

Reímos mientras me cuenta cómo los chinos de las tiendas se quedan a cuadros cuando les contesta en chino. Dice que desde que le conocen, cuando él va a la tienda, dejan de hablar chino, por miedo a que les entienda.

Saca el tabaco de liar, y con sendos cigarros, salimos a la puerta a soltar humo. Me cuenta que hará unos seis años que está en la reserva debido a un cáncer de garganta del que ha salido plenamente saludable. Le pregunto que por qué sigue fumando. Su respuesta me convence.

Como buen caballero, una vez hemos apurado la cerveza, confieso que yo ya voy notando los estragos que el alcohol etílico va perpetrando en mi neófito cerebro, pide otras, pues se ve en la obligación de invitarme. No porque sea correcto, sino porque le sale de dentro. Confieso que a mí me ocurre lo mismo. Si te juntas un día conmigo y me invitas, automáticamente serás invitado a la postre.

Y así anduvimos, hasta hace media hora, lo que tardé en llegar a casa y sentarme para aporrear el teclado de mi portátil y escribir estas líneas.

He de confesar que no veo la necesidad de mostrarle las redes sociales. Según me ha parecido, su vida social, aunque viva solo, es muy excelsa.

Hemos quedado en que lo llamaré un día de éstos para que me enseñe su colección de objetos de guerra. Pero esa es otra historia.

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