El mal de Jelenčić

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Maldita fue la suerte de Đemal Jelenčić. Años le costó a este patético personaje de la escena en la que todos los perdedores de la ciudad se reunían para tirar sus vidas por la borda a base de alcohol, mucho alcohol. Cantidades de alcohol tan desorbitadas que solían tumbar a los bebedores sobre el suelo, golpeando muchas veces sus cabezas contra el suelo y quedando inconscientes. Los taberneros ya habían perdido toda sensibilidad con sus clientes: cuando llegaba la hora de echar el cierre no tenían problema alguno en levantar al jodido de turno y volverlo a tirar, sin clase alguna de cuidados, en la calle, abandonados a sus «suertes»… suertes que aquellos hombres no conocían. En algún momento de sus vidas habían perdido algo, o varios algo; desde el divorcio, la viudedad, haber tenido que enterrar a un hijo o lidiar con alguna enfermedad, ora física, ora mental, cuyos efectos no supieron aguantar con optimismo o estoicismo, por lo que todos solían elegir las dos vías más rápidas para acabar con un problema de tal magnitud: el suicidio o el alcoholismo. O ambas. Resulta fácil deducir que así no se solucionan los problemas; sin embargo, es la forma más sencilla de matar el problema o fabricarse uno todavía mayor, a saber, lidiar cada hora de una vida con los destrozos que el alcohol genera en el organismo. Cuando la miseria personal se apodera de un ser humano todo pasa a ser indiferente, no sin pagar un alto precio por ello.

Jelenčić, sin embargo, un tipo relativamente joven en comparación con los otros bebedores, arrastraba la inesperada muerte de su madre, un divorcio en el que perdió todo lo que tenía -sobre todo el amor propio-, haber sido despedido de su trabajo -era analista de datos- y, al encontrarse en esta tesitura, cedió a la presión, comenzó la vida del perdedor, hecho que le costó perder a todas sus amistades, peregrinar de albergue en albergue donde poder echarse una manta o tomar un plato de caldo… y ya se sabe lo que les suele ocurrir a estas personas cuya elección es seguir bajando en su abismo: se demacró físicamente, gastaba todo su dinero en alcohol -y a veces otras «cosas»- y terminó germinando una preocupante patología mental.

Pero logró salir, al menos un tiempo. No sabría decir cuál fue el orden de los factores o qué le impulsó a dar el primer paso hacia arriba; de pronto Jelenčić frecuentaba un club de ajedrez donde pasaba horas jugando con aprendices y profesionales, eligió una de las muchas bibliotecas en la ciudad y a diario leía libros de todas clases o periódicos; también recobró su pasión por el boxeo, deporte que hubo practicado siendo algo más joven por lo que todas las noches entrenaba un par de horas en un gimnasio clandestino. En ese tiempo apenas bebía: el dinero que hubo recibido de la herencia de su madre lo invirtió en la Bolsa, pues, como analista de datos, tenía un instinto y una inteligencia sobrados para moverse en ese contexto. Es más: llegó a ver aumentado su patrimonio sin una sola fluctuación. Debido a esta serie de cambios, Jelenčić conoció a nuevas personas, que, si bien no entabló relación íntima con una sola de ellas, al menos le «servían» para charlar sobre cualquier tema y sentirse de alguna forma integrado en la vida sana que ofrecía la ciudad y sus habitantes, aquéllos que jamás podría encontrarse un buen ciudadano en una de esas tabernas sucias y decadentes, monumentos a la podredumbre del ser humano.

Sin embargo ya hube subrayado que Jelenčić no conocía la suerte, e, inmerso en esta nueva vida que, si bien no era la vida con la que una vez hubo soñado, jamás prestó atención al desorden mental que venía arrastrando, y que, si bien no le hubo supuesto impedimento en esos años de bonanza… no tardaría en hacerse notar. Todo comenzó una mañana. No se encontraba bien y no había razón aparente para ello. Se hubo apoderado de él, cuan demonio que elige poseer un cuerpo, un sentimiento de pesar, hastío y desesperación sin igual. Esa mañana no fue a la biblioteca, por la tarde tampoco acudió a su cita con el ajedrez y, para rematar, a la noche no fue a entrenar al gimnasio. No quiso salir de su cama en todo el día. Se pasó todas las horas despierto con la mirada perdida en el techo, pues entre otras cosas había conseguido alquilar un pequeño departamento. Ningún pensamiento concreto rondaba su cabeza mas lo único que creía saber es que no se encontraba bien: una fuerte presión en el pecho y un cansancio físico fuera de lo normal.

Y así sucedió al día siguiente. Y al otro. De repente todo había perdido el sentido: echaba la vista atrás y no encontraba un solo motivo por el cual levantarse de la cama para hacer todo aquello que tan bien le vino sentando meses atrás. Puede el lector intuir que aquello apuntaba mal, muy mal… y así fue. Al cuarto o quinto día, sin haber comido, sin haberse aseado, se vistió con lo primero que encontró a mano y se dirigió, como si su personalidad hubiese sido usurpada y «alguien» le mandase por encima de su voluntad -voluntad que perdía a un ritmo tristemente preocupante-, a uno de esos lugares donde jamás debió entrar y mucho menos volver: la taberna. Esa noche bebió vodka en ingentes cantidades, logró salir del tugurio por su propio pie, a duras penas, dio varios pasos en una dirección que desde luego no era la que llevaba a su departamento y a los pocos metros cayó fuertemente sobre el suelo, golpeando su cabeza contra la acera. Ello le provocó una significante herida de la que manaba sangre a borbotones.

Cerca del mediodía recobró el conocimiento y se dirigió, como pudo, a su casa. Allí durmió unas horas más y tal como despertó, con la misma ropa y una notable placa de sangre coagulada cerca de la zona occipital, bajó a la calle y fue, de nuevo, a la taberna. Jelenčić retomó esa vida que jamás puede considerarse como tal hasta que, en una de tantas noches de alcohol, humo, patetismo y la gesta conquistada por el nuevo héroe literario, el hombre derrotado, a la salida de una taberna fue abordado por dos pillos maleantes, quienes, tras tratar de robarle el dinero al triste borracho y encontrar en él una inesperada respuesta, a saber, soltó un perfecto directo con su puño derecho que lanzó a uno de éstos al suelo sin opción a réplica, el que quedó sin golpear propinó varios navajazos a Jelenčić y echó a correr con el dinero, sin preocuparse por el compañero que yacía en el suelo con la nariz rota y la boca sangrando.

Jelenčić falleció esa misma noche. El tabernero de turno llamó al ambulancia, varios médicos y enfermeros trataron de reanimarlo en plena calle pero una de las puñaladas había hecho diana en el corazón y otra en un pulmón. Nada se pudo hacer por él.

¿Qué le sucedió a este joven aquella mañana en la que comenzó su recaída? Poco se sabe. Semanas más tarde pude averiguar por una antigua amiga suya que Jelenčić era un tipo terriblemente depresivo, que había ido alguna vez a un especialista e incluso hubo una temporada que tomó medicación para ello. Pero son detalles muy vagos, es decir, se habla de un «tipo terriblemente depresivo»… sin embargo la cruel realidad es que nadie sabe qué pasa por esas cabezas como para que ello les cueste la felicidad, la dignidad, el amor propio e incluso la vida.

Se estima que al año fallecen aproximadamente un millón de personas por depresión. Jelenčić no quería vivir… pero tampoco quería morir. Una macabra paradoja que a menudo se ceba con las personas más brillantes.

Liubliana, 11 de febrero del 2004.

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