Un mirlo blanco que lucha por la utopía

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Después de un año o más sin publicar nada, hoy quiero retomar esta actividad (publicar, que no escribir) hablando de una persona a la que admiro profundamente, con la que me siento identificada y que he conocido personalmente hace unos días.

Dicho esto, recomienzo.

Dícese del mirlo que es un ave en el que destaca su plumaje totalmente negro y su pico amarillo anaranjado.  Se dice de un mirlo blanco por ser, dentro de esa especie, un ave rara y extraordinaria.
Se aplica, por paralelismo, también a esos seres humanos ya no tanto por ser raros cuanto por ser extraordinarios, únicos, especiales y excepcionales.
Hace muy pocos días tuve el enorme placer de conocer a uno de ellos en persona, en vivo y en directo. Un ser humano grande, extraordinario, admirable.

Se llama Carlos Olalla.

Carlos Olalla
Carlos Olalla

No voy a extenderme en relatar su biografía, su currículum y su trabajo porque para eso tiene su página web,  en la que de forma extensa, detallada y prolija se puede saber de él y en donde se le puede conocer un poco. Y digo un poco porque ahí no queda todo. Hay más. De ese más es de lo que quiero escribir.

He estado dudando de la forma y el estilo para expresar, por escrito, lo mucho que siento y después de darle muchas vueltas, me voy a decantar por algo intimista: una carta.

Me contaba el día que nos conocimos personalmente, de forma casi emocionada, cómo le encantaba recibir y enviar cartas a la antigua usanza. De hecho en su blog escribe un artículo que titula: ¿Dónde han ido todas las cartas?...Es obvio que no lo voy a hacer así sobre todo porque no tengo sobres, ni sellos y compartirla públicamente en Internet es algo que (seguro) va a ser una satisfacción para él y para todos los amigos que le conocen o lo han visto alguna vez  haciendo su trabajo: en el cine, en la tele, en el teatro, etc. Así que, Carlos, va por ti.
Querido amigo:

Te encontré en el camino, allá por el mes de septiembre de 2011. Fue, como bien sabes, un año fatídico para mí pues me habían despedido, como está al uso actualmente, del trabajo donde llevaba casi 30 años.

Tenía más tiempo, pues, para navegar con calma por este mundo que ya nos es tan necesario. Un mundo que, pese a quien le pese, nos acerca a los que vivimos físicamente lejos y la distancia es el pan de cada día.

Te descubrí, en medio de las olas virtuales, por un artículo que escribiste en ese blog que (no sé donde coño sacas el tiempo) mantienes escrupulosamente puntual todas las semanas, y en el que nos hablas de cine, teatro, cultura, música, amor, política, etc.

Lo titulaste: “Adiós a la iglesia”. Fue el 14 de agosto de 2011.

Andaba yo, entre otros menesteres, embarazado por las letras.

Estaba escribiendo mi vida. Estaba desnudando mi interior, mis dudas, anhelos, esperanzas y frustraciones.

Estaba desgranando mi niñez, mi adolescencia y juventud nunca vividas como un ser humano normal. Y también, cómo no, desnudando mi lucha por desaprender lo aprendido ya de adulto, que no es poco. Colocando y reparando, en fin, una azotea desordenada y maltratada por una gran secta que se había y se ha empeñado a lo largo de la historia en someter a la humanidad bajo su dominio.

Aquel artículo tuyo me sirvió para enriquecer mi historia.

A la postre, en mayo de 2012, se produjo el parto de un libro con un título que, más o menos, quería asemejarlo al tuyo: “Y la iglesia se topó conmigo” y que ya te leíste.

Conocerte personalmente esta semana, amigo, ha sido un placer enorme. Ha sido ratificar y constatar que eres un ser humano fuera de lo común. Ya no solo eres admirado por tu trabajo (tele, cine, teatro) sino por algo más, como decía al principio. Es algo que casi nadie conoce o no le interesa saber. Los que te seguimos por la red y en la vida real sí que lo sabemos.

Lo que te hace extraordinario es tu compromiso por un mundo mejor y tu amor a los demás, tu implicación con los desheredados de esta tierra y con los más débiles para que tengan un mínimo de dignidad y un pan que llevarse a la boca o un lugar donde dormir que no sea bajo el cielo raso. Esto casi suena a topicazo y a muy manido pero en tu caso es la auténtica realidad.

Te admiro, amigo, por arriesgar tu vida cada día.

Eso no es normal en tu entorno. En tu ambiente de trabajo.

Superaste un infarto agudo pero tus ganas de vivir y tu generosidad fueron el antídoto que logró superar ese trance grave.

Te has convertido también en uno de mis referentes, como otro amigo de Facebook que te sugerí –Rafael Fernando Navarro- y como otros tantos y tantas que, a pesar de sentir y vivir en una indignación continua, siguen luchando para no ser pisoteados por esta dictadura y este estado policial que nos están imponiendo y por el que estamos rodeados.

Y ya que saco de nuevo al “caralibro” leí hace unos días en tu muro, un comentario de  Germán Torres, que te define como: “un personaje generoso donde las haya, comprometido, escritor, actor, tibetano, amigo, y todo lo que se puede esperar de seres como el que intenta mejorar el mundo.”

Pero ¿sabes que es lo que más me impactó de ti? Tu lucha y tu compromiso por impulsar el final del conflicto vasco y caminar hacia la reconciliación, tal y como figura un título de la página web de la cadena Ser.

Amigo: oír cómo cuentas aquel encuentro entre víctimas y terroristas, cómo viviste y sentiste ese abrazo que abre caminos para un mundo nuevo, eso no tiene precio. Esa es la buena dirección y no la que indica el graznido de las gaviotas.

No quiero alargarme más.

Quiero darte las gracias por ser como eres.

Gracias por la dedicatoria a mi hijo, que te admira.

Gracias por tu sencillez, tu humildad y sensibilidad.

Gracias por tu humanidad.

Desde esta tierra canaria, tan alejada pero tan entrañable quiero decirte que no estás solo.

Te deseo lo mejor en esta vida y en esta etapa andropáusica a la que hemos llegado y en donde, por otra parte, te sientes feliz. Yo estoy en ello.

Como tú me dices: “no cambies nunca”

No dejes de ser:

UN MIRLO BLANCO QUE LUCHA POR LA UTOPÍA.

Termino como te despides siempre:

“Un abrazo que vuela”

Aquí, un hermano y un amigo.

José Miguel

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