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Cultura

Pirineo leridano: un viaje asombroso… pese a Pujol y no por él

Última actualización: 04/08/2014 12:06
ManuelOlmedaCarrasco
ManuelOlmedaCarrasco
ManuelOlmedaCarrasco
PorManuelOlmedaCarrasco
Cuenca. Profesor jubilado con gran interés por el análisis socio-político. Soy escéptico y me alimento de un eclecticismo vital.
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Por una vez, y sin que sirva de precedente, abandono la temática habitual. Como bien saben mis amables lectores, suelo escudriñar con cierto rigor, no exento de mesura, el quehacer de la fauna política. Quizás la reseña tome un sabor más ácido cuando evalúo al gobierno. Ignoro las razones, pero el poder -sin atender entrañas ni tiempos- me “enerva” (vocablo fetiche de mi cuñada Ana). Seguramente sea la ventura que arrastro por un inevitable carácter anarquista. Soy consciente de su linaje utópico, pero no mayor que el del comunismo científico o el de la democracia liberal. Consecuente con esta actitud, enfatizo la libertad como elemento constitutivo, esencial, del hombre.

Hace escasas jornadas regresé de un periplo por el Pirineo leridano. Cincuenta años atrás realizaba parecido itinerario por aquellos lugares verticales, flotantes, inagotables, que dejan siempre un grado de insatisfacción. Ahora quise enseñar a mi esposa, además de a un matrimonio amigo, la abrupta belleza que ensoberbece al paisaje. Superados los feraces campos de Tárrega y sur de la provincia, fuimos acercándonos -entre pantanos, riscos e incursiones por tierras oscenses- a El Pont de Suert. Montamos el cuartel general al cobijo de la delgada, simpatiquísima y cercana señora Nati. Dueña del hostal, conservaba aún evidentes signos de un pasado hermoso. Nos impactó a todos.

Foto: Ángel Martín Expósito
Foto: Ángel Martín Expósito

A lo largo de dos días recorrimos Bohí, alrededores y valles. Practicamos un primer acercamiento, un saludo afable, la tarde en que llegamos. Recibimos completa información de cualquier pormenor, tanto referente a taxis todoterreno cuanto al conjunto arquitectónico de la zona. El nuevo día, diligente, fresco, húmedo, lo principió un taxi con cuatro parejas que nos condujo a un punto elevado del valle. Luego, caminata de hora y media -entre gozosa y dolorosa- hasta el refugio.

Casi un kilómetro de camino pétreo, penitente, nos llevó al lago Llong; una belleza a dos mil metros. El área -majestuosa, soberbia, relajante- bien valió la fatiga del ascenso, el calabobos intermitente y las cuatro horas del trayecto. Ida y vuelta. La tarde nos compensó con las visitas a Tahull, Caldas de Bohí y Erill la Vall. Iglesias románicas, casas de alta montaña (piedra y pizarra en descenso increíble) se turnaban con las aguas termales de Caldas, nombre estricto, justo y sustantivo.

El día siguiente nos condujo a Viella. Sometida a la hondonada, se levanta bizarra hacia Francia o el Puerto de la Bonaigua. Este, interminable, desnudo, vigila orgulloso los remontes que en el tórrido verano exhiben su inmóvil esqueleto al sol. Pero volvamos a Viella. Sin perder su fisonomía lugareña, cautiva a los espíritus sosegados y, a la vez, mundanos. Limpia, entrañable, incondicional, viene a ser parada obligatoria para viajeros que convergen en esta encrucijada de caminos. Olvidada -orográficamente rota- su fortuna ha sido crear esta entidad apasionante. Por puro azar conocimos a una cántabra deportista, extrovertida, campechana. Espléndida. Era la mujer del alcalde y diputado convergente. Cierro el párrafo con elogios a Arties y Salardú, dos magníficos pueblos gemelos con vitola de alta montaña.

Bajamos serpenteando Bonaigua al tiempo que un grupo muy diseminado de ciclistas, algunas chicas poderosas entre ellos, subían purgando aquellos erizados repechos. Los esforzados, según supe después, iban de Tossa de Mar a San Sebastián. Acomodaban, asimismo, dos jornadas al Tour. Kilómetros más abajo, superamos Esterri D’Aneu y, a la altura del Pantano de la Torrassa, iniciamos la subida a Espot. Nos hospedó un hotel cuyos propietarios, Josep y Ana exudaban afabilidad. Una química especial entre ellos y nosotros se estableció al punto. Años atrás, los actuales reyes habían utilizado aquellas instalaciones. Sobre la repisa de recepción destacaba un testimonio gráfico que daba cuenta explícita del acontecimiento.

Entrada la mañana siguiente, con las manos expertas de Ricard coronamos, en Land Rover, el lago Grand d’Amitges (casi tres mil metros). Muy ufano, nos comentó que la bajada hasta el lago San Mauricio -quinientos metros de desnivel- era coser y cantar. Una vez reinstalado cada órgano en su sitio -la subida pedregosa fue una auténtica batidora- emprendimos la bajada por un sendero, medio metro de anchura, que recorrimos casi despeñados. El paisaje era espectacular. Nuestros ojos iban de arriba abajo. Franqueamos miradores, cascadas y variada orografía -siempre uno tras otro- hasta llegar al lago San Mauricio. Todo un remanso de paz. Extraordinaria experiencia. Desde allí a Espot nos bajó María, una valiente conductora.

De regreso a Valencia, pasamos Sort, Artesa de Segre, Tremp, Cervera, Igualada (aquí hicimos noche) y Montserrat, cuna del nacionalismo. Comimos en Monistrol, base del aéreo, y con las primeras sombras del quinto día pusimos final a nuestro peregrinaje que supuso una vivencia inolvidable.

Durante el viaje nos enteramos de los acontecimientos que afectan a la familia Pujol; un padrinazgo de película. No me causó ningún asombro porque, conociendo un poco la Historia de España, de sus gobiernos y de sus gentes, puedo esperar cualquier cosa de unos políticos que han conformado en cuarenta años un monumento a la rapiña y a la corrupción sin límites. Pareciera que les faltara tiempo para generar su particular agosto, para atesorar un futuro bochornoso. Todo con el plácet, si no complicidad, de un pueblo indulgente que excusa la devolución de lo robado y alivia la cárcel para sus autores. Esto se desprende, al menos, de las reacciones ciudadanas.

Sí, a lo largo del periplo me he asombrado. Me han asombrado los paisajes soberbios, inigualables. Me han asombrado, sobre todo, las gentes que hemos conocido. Amables hasta extremos insospechados. Fácil la sonrisa. Siempre de oreja a oreja. He visto esteladas, sí. Pocas, pero algunas. Sin embargo no me encontrado con nadie que hiciera del nacionalismo, incluso moderado, bandera y menos bandidaje.

Sin duda, pese a Pujol y no por él, ha sido un viaje asombroso.

ETIQUETADO:viajes
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