Kathie y el hipopótamo: de la realidad a la ficción

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Escenarios, 67

Kathie y el hipopótamo’Treinta años después de haber sido concebida, ha subido a la escena española la pieza dramática de Mario Vargas Llosa titulada ‘Kathie y el hipopótamo’’.

Tras su estreno en Madrid hace casi un año, se ha presentado en el Teatro Principal de Zaragoza el pasado día 2 de octubre, con una variación sobre los actores del comienzo: Ernesto Arias sustituye a Ginés García Millán en el papel de Santiago Zavala, el escritor fracasado que hace de negro literario de una fastuosa dama de la alta sociedad peruana, encarnada por Ana Belén, la cual pretende relatar sus aventuras y experiencias viajeras con palabras impostadas por el plumilla contratado.

Así comienza la trama, en una buhardilla parisina, donde los protagonistas se reúnen durante dos horas diarias para elaborar el texto que se trasladará al libro. La comunicación entre ellos desborda lo pactado y abre la puerta a recuerdos y fantasías de la vida de ambos, que van representándose en el escenario mediante la actuación de los otros dos personajes múltiples de la obra, Jorge Basanta y Eva Rufo, el primero en el complejo papel inicial de marido de la protagonista, y la segunda como esposa del fallido escritor.

La sucesión de episodios con intercambio de personajes –Ernesto Arias es también un profesor universitario que huye con una de sus alumnas, convertida en amante, papel que encarna Ana Belén– dan mucho juego a la trama, que va diluyéndose en un remolino de fantasías y realidades supuestas entre las que se deslizan el retrato de una sociedad decadente y las reflexiones sobre un tema tan complejo como la pareja, el matrimonio, la fidelidad, las alternativas sexuales, etc.

Se trata de un texto nada complaciente, que la dirección de Magüi Mira intenta aclarar con un montaje dinámico, y que los actores desmenuzan con precisión. Salvo un par de tropiezos del protagonista masculino, en la sesión del estreno zaragozano, la ejecución resultó impecable.

Kathie y el hipopótamo 2Hay que señalar que se incorporan a la acción, tal vez para ambientarla cronológica y geográficamente, tres o cuatro canciones del brillante repertorio francés –Jacques Brel, Edith Piaf, etc.– que no aportan nada especial a la obra y parecen colocadas para el relativo lucimiento de Ana Belén.

La música corre a cargo de su hijo, David San José, y resulta convincente tanto en directo como en grabación. El escenario es abierto y la decoración mínima, respondiendo a las últimas tendencias de austeridad derivadas de la crisis económica que afecta a todo tipo de espectáculos.

Es alto y valioso el bagaje reflexivo que contiene la obra, en la que se plantean alternativas sobre la convivencia humana y sobre la verosimilitud de la literatura, que no son fáciles de resolver

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