Teatro: ‘Como si pasara un tren’, conflictos familiares

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Escenarios, 85

Como si pasara un tren

Una comedia de pequeña dimensión física pero de gran alcance dramático se ha estrenado el pasado fin de semana en el zaragozano Teatro del Mercado.

El origen geográfico explica el título: ‘Como si pasara un tren’ significa en el lenguaje coloquial bonaerense algo semejante a ‘Hacerse el sueco’ o a ‘Como quien oye llover’, aludiendo a la indiferencia inicial que parece presidir la situación.

Su autora es la argentina Lorena Romanín, la dirige Adriana Roffi y la interpretan María Morales, Marina Salas y Carlos Guerrero, producida por Come y calla.

El argumento es sencillo: la acción nos muestra cómo cambian las vidas de Susana (María Morales) y de su hijo disminuido psíquico Juan Ignacio (Carlos Guerrero) cuando llega a vivir con ellos Valeria (Marina Salas), sobrina de Susana, una adolescente que ha sido castigada por Marta, su madre, a vivir en el campo (la pequeña ciudad en la que habitan Susana y Juan Ignacio) porque la considera una drogadicta al haberle sorprendido fumando un porro. Su presencia va cambiar la relación entre madre e hijo, va a permitir al muchacho desplegar las alas de su imaginación y expresar sus deseos profundos, entre ellos el de reencontrar a su padre, a quien no ha visto desde hace muchos años, permitiéndole un desarrollo emocional que hasta entonces le ha estado vedado. Valeria es el personaje destinado a recibir ayuda, pero paradójicamente es quien ayuda a su primo y a su tía a romper los esquemas que los tienen anquilosados.

Como si pasara un trenUn argumento tan sencillo podría haber quedado en una nadería, pero tanto la dirección como los actores lo convierten en una pieza de profundo alcance humano y emocional. A ello contribuye también el lenguaje, inmediato y comprensible, sin circunloquios innecesarios.

La proximidad al espectador es grande, tanto como la sinceridad de la puesta en escena, con un esquematismo que responde al espíritu del texto. La pequeña intrahistoria familiar respira por sí misma, no necesita andadores ni queda bloqueada en un escenario de cartón piedra.

Atrae, atrapa y emociona por su verosimilitud y por la entrega de los actores, que viven sus papeles con verdadera pasión.

Cada uno de ellos tiene un mérito contrastado, comenzando por María Morales, sobre quien recae la carga dramática, siguiendo con Carlos Guerrero, que en ningún momento se derrumba en medio de las alternativas de su difícil personaje de muchacho disminuido, y concluyendo con Marina Salas, que no solo experimenta una metanoia personal, sino que consigue romper la costra claustrofóbica que ha encontrado al llegar.

El tránsito cronológico de la acción está bien indicado con efectos de luces, a pesar de algún pequeño desliz. Hay un cierto desajuste en la banda sonora, que podría estar más imbricada con la acción en los momentos en que aparece la música requerida por el argumento.

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