Aproximación económica de la fatuidad catalana

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Fatuidad en su triple acepción porque no vamos a andarnos con rodeos a estas alturas de nuestra vida, una fatuidad que está llevando a la ruina el tradicional pragmatismo catalán y arrastrando con ella la estabilidad supuesta y deseada de nuestra economía nacional, lo cuál nos llevará sin duda a una pérdida de confianza por parte de los mercados internacionales.

Falta de razón, en su primera acepción, porque parte de un error de base como es la aceptación por parte de la Unión Europea de la nación catalana.

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Foto: josep salvia i boté
Ligoteo

El corporativismo nacional impedirá que un territorio secesionado, si se me permite la expresión, pueda llegar a formar parte jamás de la Unión, y toda declaración al contrario es absolutamente cínica y una falta de respeto evidente a la inteligencia de los ciudadanos, independientemente de la nacionalidad.

Esto provocaría un aislamiento político y económico que condenaría al nuevo país al ocaso y a una autarquía no deseada como consecuencia de la evidente falta de liquidez de las cuentas catalanas, que no se arreglará con la recepción íntegra de los impuestos de sus ciudadanos, ya que perderían, por otro lado, las cotizaciones de gran parte de empresas que huirían despavoridas ante un mercado tan limitado y sin convenios reales con sus vecinos.

Hecho necio, en su segunda acepción, porque sólo los ignorantes creen todavía en las fronteras y en las naciones.

La izquierda no puede ser nunca nacionalista sin caer en una contradicción ideológica evidente que llevamos años soportando sin que nadie se eche las manos a la cabeza, y es que la izquierda debe de entender de igualdad social, de repartir a todos según sus necesidades mientras cada uno colabore en función de sus posibilidades, conceptos que han marcado su historia pero que hoy se difuminan entre las débiles uniones de un tejido nacional a medio entrelazar con nexos tan pasajeros como el enfado de un niño.

Una nación catalana condenaría a sus ciudadanos a convivir con una agravante desigualdad social, como consecuencia de la crisis económica permanente en la que se instalaría. Los recortes económicos se multiplicarían de manera exponencial para intentar paliar la falta de ingresos y las dificultades de financiación que encontrarían en el exterior, porque ningún mercado confiaría jamás en un país que hace de su capa un sayo en función de sus intereses para sobrepasar el límite de la ley.

Vanidad ridícula, en su tercera acepción, de los políticos que quieren encumbrar su nombre en la historia y que no se paran a pensar en el medio-largo plazo.

Huida hacia adelante de algunos, para evitar juicios sumarísimos por sus años de corruptelas, y éxito consumado de otros que llevan años arengados desde los poderes establecidos, mintiendo de manera sistemática sobre la historia, tal vez no la pasada, que no la vamos a negar, pero sí sobre la futura que es la que siempre nos queda por escribir.

Se equivocan desde el gobierno catalán si creen que una foto de éxito puede llegar a convencer a unos mercados internacionales, de los que dependerá la nueva nación para su financiación, porque éstos solo se mueven por la confianza ciega en la estabilidad y en el respeto por la ley. Sin lo segundo no hay financiación, y sin financiación no hay servicios sociales y por tanto el estado del bienestar se derrumbará por su propio peso.

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