El diario de Edith

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  • De nuevo la lectura de El  diario de Edith, me envuelve en la magia de la gran novela policíaca.

Cuando de un tiempo a otro tiempo vuelvo a sentirme impulsado a ceñirme en la narrativa de Patricia Highsmith, como comenta Rosa Montero: “he vuelto a intoxicarme con el veneno de su literatura

Siempre me planteo el juego entre sus dos personalidades, una real y otra de ficción (humanamente literaria) que ofrece la escritora al lector, en sus novelas con dos aspectos: el personal y el de ficción. Siempre termino por incluir en mi crónica las dos personalidades, ambas envolventes y conmovedoras, portadoras de  capacidad para sentirse uno sumergido en el universo de esas historias cotidianas a las que viste y desviste, de todo lo que le es posible imaginar por el ser humano y su comportamiento existencial.

El diario de EdithHe vuelto a leer estos días El diario de Edith a tiempo total, nada de lectura a ratos para distraerme o hacerme olvidar problemas incluso de la corrupción estatal protegido por el mayor cinismo por los compadres de los mafiosos. Todo lo contrario, El diario de Edith sugestiona de tal manera que resulta imposible dejarlo para otro rato de mañana, mañana. Por lo que una vez más,  el poder de la buena y agitada literatura de intriga y misterio queda por encima  pisoteando al esperpento político al que nos tienen sometidos los herederos del dictador gallego que sestea en el Valle de los Caídos, quien sabe si hasta que un día la Iglesia de Roma  lo eleve a sus altares pues, en la pestilente comedia humana todo es posible.

Este diario de Edith nos cuenta la vida cotidiana de una ama de casa sencilla, culta y escritora freelance en periódicos comarcales, casada y con un hijo torcido con amplia vocación parasitaria y continua predilección por empinar el codo  calmando su sed con variada clase de alcoholes.

Edith, cansada de vivir en Nueva York decide junto con su marido comprar una casa en un pueblecito de Pensilvania. Activa y trabajadora, allá arriba, con personalidad propia, distribuye su tiempo entre las labores de la casa, la relaciones vecinales e ir escribiendo en ese diario intimo en el que va reflejando el discurrir del vivir y desvivir de su existencia desde unos criterios y puntos de vista cuya subjetividad va creando algo así como “la realidad y el deseo” pasados por el tamiz del sueño y la pasión armonizada hacia su hijo.

Pero los problemas e inconvenientes no pueden faltar en toda vida familiar. Y Edith, la protagonista, no disfruta nada en absoluto con los suyos y dos delicadas responsabilidades que tiene que asumir. Dificultosos inconvenientes a tener en cuenta: la obligación que el propio marido echa sobre sus espaldas y conciencia, que significa acoger en la casa al tío de él,  inválido y tacaño, aunque con unas reservas económicas que terminarán por quedar en manos del diablo. Y un marido equivocado en la educación y comportamiento de su hijo Cliffie, que desde muy pequeño viene mostrando  una falaz rebeldía, que un despreocupado padre considera ser cosas de la edad, pero que el tiempo la sitúa en una anormalidad peligrosa.

Las dos caras de la vida por que la propia personalidad desafiadora de la escritora Patricia Highsmith viene significándose, la lleva a formar en su subsistencia literaria la creación de unos valores propios muy dispares con la mismísima realidad que sus personajes viven, especialmente el de Edith, que considero acertada, dado el criterio que se viven en una  sociedad enferma que conduce  a toda  persona por senderos contrarios a la de sus propios deseos, esos apetitos que ella refleja en su ideario donde el parásito y bebedor del hijo sin oficio, ejemplo vital en la historia, lo convierte en el  vástago ideal y deseado con sus propios valores normales frente a los de una corporación consumidora y alienada, enferma y sin personalidad propia. Teledirigida. Lo que significa el enfrentamiento de dos modelos de comportamientos dentro y fuera de una persona con capacidad analítica.

Siendo este enfrentamiento consigo misma, esos dos sellos contrariados sumados al paso de los años de Edith, supone la separación del matrimonio, pues él, se casa con una mujer veinte años más joven. Un duro golpe que con tenacidad Edith acepta, pero que irá provocando mella mental y contrario concepto de vida que inevitablemente, pese al ejercicio diario de una mujer activa capaz de pensar por si misma, le afecta en el día a día de la rutina y el trato con la propia vecindad acomodada en su pretendida clase media. Un sobrepeso unido a verse sola ante el peligro del viejo George incapacitado físicamente y ese hijo desnaturalizado, indiferente y egoísta, bebedor incansable y con un complejo sexual que pese a su estatura lo encoge y se enturbia mucho más hasta hundirlo en la más absoluta despreocupación y maldad. Un estado continúo de maldad y asfixia social y mental. Circunstancias que llevan a la madre a volcarse inevitablemente sobre su diario y plasmar en él otra visión personal de perfecta pura ficción vuelco cariñoso que ella misma refleja en la escritura de un ideal de vida frustrado.

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