Mi terror fílmico: La mansión del gato fantasma (1958)

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La mansión del gato fantasma (1958)

La mansión del gato fantasma

En plena jornada nocturna, un respetado medico recuerda cuando junto a su esposa enferma de tuberculosis se mudan a una casa en el campo. Sin embargo surgen allí extraños sucesos que la afectan de gravedad y luego de indagar, él descubre un oscuro secreto que se remonta a la época feudal, con una deuda espectral sin saldar.

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Odio, ira, obsesión, culpa y venganza, siempre han sido piezas esenciales en las evocaciones del folclor japonés al hablar de lo sobrenatural, en concreto sobre los relatos de fantasmas o Kaidan durante el periodo Edo. Donde el costumbrismo y su mitología son el detonante alegórico de aquellas comisuras tan escabrosas del inconsciente, que solo pueden manifestarse por el ya conocido, explotado e inefable miedo primario. Aunque lo escalofriante es su carácter ambiguo por encima del manido sello moral, donde cualquier individuo puede ser afectado por los asuntos pendientes del ente, bien sea una víctima colateral o el responsable con dicha carga y sus consecuencias. Por ello en sus matices me parece más atractivo a nivel psicológico y antropológico que el panorama occidental del género.

Con aportes exquisitos de realizadores como Kaneto Shindo con Kuroneko u Onibaba, e incluso Masaki Kobayashi en Kwaidan, presentan mediante aquellos seres en permanente inercia y a la deriva del rencor esa inquietud existencial a plenitud. Dando a entender que en realidad no le tememos a la muerte, sino a la vida que desemboca en ella. Queda más claro con ejemplos contemporáneos que perpetúan esta máxima en las puntillosas manos de Hideo Nakata o Takashi Shimizu.

600full-black-cat-mansion-screenshotUna de esas obras relacionadas es La mansión del Gato fantasma (Borei Kaibyo yashiki) de Nobuo Nakagawa, diestro en la materia y principal referente –basta mencionar La Dama Vampiro (Onna Kyuketsuki)– al adentrarnos en los citados terrenos con un ojo muy propio, subrayando lo implícito en una amalgama simbólica y visual que si bien el paso del tiempo –a finales de los 50- no ha sido muy amable con el acabado, en su sencillez directa y algo naif todavía puede generar una parcial conmoción sensorial por secuencias aun vigentes, calando emocionalmente. Ahí está su complejidad, en el instinto.

Su guion es simple, los diálogos son a veces muy obvios y las interpretaciones van de acuerdo con el canon efectista de aquel entonces, pero el despliegue estético aun deslumbra por el cuidado tratamiento de color, iluminación y montaje, ofreciendo contrastes bien integrados de acuerdo al tono de las escenas, entre una penumbra moderna y la sobriedad del kabuki. Lo realmente cautivador fue la prolija cinematografía. La cautelosa cámara en cada movimiento y encuadre es precisa, sobre todo en esos etéreos travellings y paneos; así consigue sobrecogedoras atmósferas de fluida tensión. Da un manejo del suspenso pausado, establecido y bien guiado. No busca el sobresalto, sino desorientar al espectador inmerso, y abruma en una sombría familiaridad onírica.

Lo real y fantástico fluctúa, no obstante mantiene cierta consistencia al cimentar su trasfondo en las apenas correctas motivaciones y acciones. La incertidumbre no se estanca, va al punto y progresa en su elemental narración.

Quizás pudo aprovecharse más el plano secuencia antes del primer flashback para establecer con mayor solidez y dimensión al médico, o que la resolución fue algo apresurada hacia un desenlace complaciente, aunque se comprende en su momento y tiempo. Se perdió allí un juego potencial con el público.

Aun así la recomiendo bastante, pues patente es la entrega en su estilizada concepción. Resulta refrescante también como alternativa a la distante, genérica y machacada factoría de los filmes actuales que solo reciclan en pasajeras experiencias trucadas a la psique.

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