La golondrina

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(Relato basado en un hecho real)

 

Aquella mañana, un viento salvaje de levante ululaba por las calles de Sevilla, justo cuando dos mujeres, tomadas del brazo, caminaban por el barrio de Santa Ana, al tiempo que se cruzaban con una pandilla de chavales.  Fue cuando preguntó al que parecía más joven:

-Oye, ¿se puede saber qué ocurre hoy aquí?

-Que una golondrina…

-No me digas que una inocente golondrina ha montado semejante guirigay?

-Señora, ¿me deja usted que acabe? Digo que han encontrado a una golondrina electrocutada… -contestó el joven, sin mostrar demasiado interés, pero corría más que andaba. Oído esto, ellas pudieron comprobar que el viento había tronchado ramas. Y según se supo después, “hasta los techos de algunos edificios habían volado como hojas al viento”.  Instante en que las dos mujeres no sabían bien si quedarse, o dar media vuelta y echar a correr. Al final decidieron acercarse a la golondrina, que, por cierto, resultó que aún vivía.

golondrina
Foto: Pixabay

Resulta que el huracán había alcanzado el tendido de la red general eléctrica, aunque nadie se había electrocutado. Bien es verdad que el viento barrió literalmente a cinco o seis golondrinas que, posadas en el tendido de los cables, se vieron obligadas a huir; a excepción de la más joven, que quedó atrapada. Al principio, revoloteaban en torno a la prisionera, hasta que levantaron el vuelo, y allí quedó la más joven. El tono lastimero de la pequeña ave veló muchos ojos de los presentes.

Hasta los chicos que jugaban a las canicas se iban aproximando al lugar del suceso. A uno de ellos le asomaban lágrimas, y el más alto del grupo pensó: “Para alcanzar los cables, bueno sería una larga escalera de mano”. En tanto el animal continuaba, presa en  una trampa mortal.

El chico alto dijo que se sentía mal. Quizás por eso desapareció durante un rato,

Pero la gente no cesaba de llorar. Hasta el clero se había unido a la multitud. Cabe pensar que al cura le interesaba conocer “en vivo” la amarga historia de la golondrina atrapada, con el propósito de convertir el sermón del domingo en parábola. Y en cuanto al choco, a nadie le sorprendió,  pues nadie lo había visto marcharse; interesados, como estaban, en el triste percance de la golondrina. Pero más de cincuenta personas formaron un apretado grupo, cuyo bullicio causó atascos tremendos, tanto en la plaza como en las calles adyacentes. Gritaban, pero nadie conocía la verdad de lo que estaba sucediendo. Y se formó una gran confusión.

A los que ya llevaban mucho tiempo allí había que sumar los que llegaban, igualmente interesadas en conocer in situ el suceso. La avalancha empujaba sin piedad, con lo que la piña humana en torno a la golondrina se iba haciendo cada vez más compacta. Aunque lo más triste fue que la golondrina mostraba claros signos de agonía: piaba con gemidos rotos, dentro de un plumaje azul, desvaído y revuelto. Viéndola así la gente, redoblaba clamores, y pedían una escalera con la que salvar al animal.-¡Una escalera!- gritó uno.

-¡Salvemos a la pobre golondrina!  ¡Por Dios! –gritaron otros.

-¡Vaya Ayuntamiento que tenemos! –dijo alguien.

-¡Paga impuestos para esto! –gritó el inconformista de siempre.

Entretanto, las dos mujeres de negro, que se defendían, ya sin miedo, de los embates del viento, finalemente se sumaron a la multitud doliente y delirante, en franca disposición para echar una mano. Siempre con el pálpito de que el animal moriría en cualquier momento. Como los que aguardaban en el fondo de la plaza (desde donde no veían nada), que ardían en deseos de que llegara el salvador. Pero nadie aparecía con una escalera de mano. Justo en ese instante se oían bocinas por el barrio: eran los bomberos que, mientras consultaban el lugar exacto del siniestro, hacían sonar la sirena. (Después se supo que, por culpa fue del mal tiempo, los obligó a intervenir en otros siniestros).

Ya en el escenario de los hechos, sin perder un segundo, las fuerzas salvadoras desplegaron una larga escala (¡bendita sea!), cuyo extremo más cerrado apuntaba directamente al animalito. Y el bombero subió hasta donde pudo observar, con no poca satisfacción, que el animal respiraba. Emocionado frente a tan tierno y desacostumbrado servicio de salvamento, con destreza de experto pescador, fue desenredando los cables, hasta asomar la golondrina por encima de su cabeza, mostrándosela así a la gente, cuyos corazones suspiraron con alivio, aunque algunos pechos, estrangulados por las lágrimas, se agitaban formando una gran algarabía.  Pero sabiendo ya que la golondrina estaba viva.

Vuelta la normalidad el barrio de Santa Ana, en el pardeo de la tarde, la multitud se fue dispersando poco a poco, aunque sin olvidar la pregunta del día: “¿De quién habría sido la feliz idea de llamar a los bomberos, solo para rescatar a una humilde golondrina?”

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