Don Zacarías

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Citas 2020

calavera muertoÉramos amigos. Amigos y vecinos. Su puerta frente a mi puerta. Nos conocimos, y empezamos a congeniar. Solo que luego, cada uno tiró por su la lado.

Administraba don Zacarías una empresa de cosmética, en tanto yo escribía novela tras novela, para nunca acabar de publicar algo de interés. Pero aunque me hallo entre los novelistas del montón, mi microcosmos lo forman mi familia y los libros. Y don Zacarías, con su hinchada caterva de amigos que en absoluto serían amigos míos; ellos vivían de la juerga más que de otra cosa. Y rodeaban a don Zacarías como gallinas en cloqueo. Sí. Era gente burda, contadores de chistes detestables, que se fundían en abrazos y palmaditas empalagosas y claramente peloteras… Golpes de humor a modo de falsas parodias, seguro que para agradecer los golpes de cartera que don Zacarías daba en cada bar. Sinceramente, aquello a mí me parecía una cohorte de embaucadores y embusteros de corto recorrido. Don Zacarías conocía muy bien el percal. Pues unos ojos atentos siempre revelan un fin. Y estaba su esposa. Lo más preciado de su vida. “Si la miro, siento el frescor de una flor en mis labios -me dijo un día, y añadió-: ¿te das cuenta?, ¿qué sería de mí sin ella?”.

Solo que el dulce sol de don Zacarías se iba le eclipsando. Y echaba de menos una descendencia a la que confiar sus negocios; solo que el heredero nunca llegó. Así que comenzó por deshacerse poco a poco de una parte del negocio: hoy vende esto, mañana aquello… Tras la muerte de su esposa me comentó lo que sigue: “Si ya no tengo lo que más valor tenía, ¿qué leche pinto yo en este mundo?” Y, a partir de entonces, se enroscó en sí mismo, sin importarle nada. Además, como consecuencia de esto, su estado de salud se fue deteriorando por día: ni hablaba con nadie ni deseaba que nadie le hablara. Deseaba estar solo…. Pensar solo. Morirse solo.

Los días pasaban y noté que no era normal que hiciera más de una semana sin verlo.

Una mañana, al pasar por su puerta, por más que lo deseaba, no me atreví a llamarlo. Di dos timbrazos… Nada. Un día, al volver del trabajo, como de costumbre, abrí el buzón y me sorprendió una carta cuyo remitente era don Zacarías. La abrí, y decía: “No te extrañes que tú seas el primero en conocer mis secretos. La soledad me está matando. Solo que, en vez de rehuirla, procuro tratarla con respeto. Sé que lo que digo es una mierda de metafísica barata… Tú eres un hombre joven y afortunado, con mujer e hijos y vives feliz. En cambio yo soy un vejestorio. ¿Me entiendes? En este punto y hora nadie sabe dónde estoy. Así que cuando me muera –que espero llegue pronto-, tú serás el primero en saberlo. Intento que me comprendas. Es solo lo que deseo. Un abrazo. Zacarías”.

Subí los peldaños de dos en dos. Al principio, nada despertó sospecha alguna. Solo cuando percibí un olor acre, semejante al del gas butano… comprobé que aquel pestífero veneno salía justo del piso de don Zacarías (“en este punto y horas…”). Así que, sin pensármelo dos veces, con los puños aporreé fuertemente la puerta. Repetí la operación un par de veces o tres… Pero aunque no tuve respuesta, sí habían alarmado a una parte del vecindario: los de nuestra planta y seguidamente los demás. en poco, fue tal la multitud que se formó que hasta la 3.ª planta se quedó pequeña para acoger a tantas personas, que empujaban, como una bulla imponente. Cada quien metía el codo y, en general, todos se movían como hormigas gigantes, que intentaran devorar a una lagartija.

Un oleaje de caras descompuestas pedía que se avisase a los bomberos; tanto los silenciosos como los con demasiados nervios. Un señor, con gafas y párpado caído gritó:

-¡Que saquen a ese viejo ya de aquí, hombre! –y añadió- Pero ¿acaso no se nota que el finado ya está empezando a oler?

Eso dijo. Pero nadie le echó maldita cuenta, quizá porque, en ese momento, todos tenían los ojos puestos en una mujer que, presa de los nervios, rodaba escaleras abajo, más cerca ya de la puerta de la calle que de la azotea, donde se resbaló y rodó. Casi seguidamente, quizá con malas intenciones, una voz rotunda añadió: “¡¡Joder, el bloque se viene abajo!!”. Lo que despertó una tremenda alarma. Entretanto, la señora que rodaba quedó malherida. Pero la gente seguía gritando.

-¿Que qué digo?… ¡Pero bueno! –Añadió otro vecino, con pintas de empinar el codo- ¡Si el viejo ha espichado ya!

-¡Que Dios lo tenga en su gloria. Amén.- remató una dama.

-¡Ese tal Zacarías era un demonio! ¿Lo sabían?- dijo alguien

-Escuche –terció esta vez una joven-: ¡El que está ahí dentro era un juerguista de mucho cuidado! ¡Y lo sé de buena tinta!

-¡Los bomberos! ¡Los bomberos!- Voceó, saltando, un niño con un Donut pinchado en una palito-: ¡Los bomberos!

-¡Paso, paso!- Gritan los salvadores, que la emprenden a hachazo con la puerta.

Fueron necesarios solo unos golpes para que, en menos de treinta segundos la puerta quedara expedita.

-¡Aquí no hay un alma!- comentó el jefe de los bomberos.

Aquellas palabras no fueron buenas noticias para los vecinos. Todo un engaño. Y cada uno se fue por su lado.

Era claro que don Zacarías se hallaba allí, entre la gente, camuflado. Mientras la gente pensaba que aquel asunto era el de un ‘muerto-vivo’…

Y como ya me habías visto, al pasar a mi lado, con una irónica sonrisa, me dijo don Zacarías, por lo bajo:

-“¡Ya ves! Me voy por donde he venido. Pero nunca te olvides de que yo soy tú. Y azuza los sentidos. Azuza”.

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