Un tango

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tangoLlevo un tango colgado de los labios, ya para siempre…

Desde aquellas tardes de la casa de la plazoleta, en donde mi corazón de niño no sonriente palpitaba por cada placa gastada de Carlitos Gardel, y que yo ponía con esmero casi sacro, una y otra vez, sobre nuestra Philips de caja. Que no había lugar para el descanso. Que todo era un enhebrar melodías: Arrabal amargo, Por una cabeza, Mano a mano, La Cumparsita, Caminito, Adiós muchachos, Silencio, Madreselva, Tomo y obligo, Un tropezón, Mi Buenos Aires querido… Mientras, mi padre ahogaba su llanto por entre las aguas tintas de la pena y el desengaño.

Llevo un tango colgado de los labios perennemente. Desde aquellos minúsculos ensueños con los que “el morocho” envolvía a este niño de semblante serio que, puesto manos a la obra, empapaba el alma atormentada de mi padre colocando placa tras placa en las tardes arrobadoras de la casa de la plazoleta. Que era todo un engarzar cadencias: La última copa, Por tus ojos negros, Silbando, Volvió una noche, Yira, yira, Milonga sentimental, Bandoneón arrabalero

Llevo un tango colgado de los labios perpetuamente. Llevo un tango, que enarbolo con orgullo cada veinticuatro de junio de todos los años.

*En el recuerdo de Carlos Gardel, cantor de tangos, fallecido el 24 de junio de 1935, en accidente de aviación ocurrido en Medellín (Colombia)

 

 

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