Sablazos y confusiones

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Rajoy. Subir impuestos. Bajar derechos
Foto: Jose Téllez

Hace años leí una información curiosa, chocante. Aseguraba que en cinco generaciones la propiedad familiar pasaba al Estado. Tal aserto implica sometimiento a un Estado mezquino, confiscatorio; es decir, a la requisa arbitraria del patrimonio privativo. Mi experiencia, más allá del imposible cotejo personal, confirma la certidumbre total de dicho presupuesto. Verán. Tres años atrás realicé la reforma de un almacén heredado para evitar el desplome de su techumbre. Ayer recibí escrito del catastro advirtiendo un nuevo apunte basado en suelo y construcción. Vaticinaba aumento impositivo con el agravante de que dicha diligencia costaba sesenta euros, cuyo pago debía hacer efectivo en agosto.

Acepto que el local haya aumentado su valor y pueda usarse con seguridad. Tenía dos opciones: dejar que la cubierta cayera al suelo o sanearla para evitar peligros potenciales a cualquiera. Hice lo segundo. Si se hubiera producido un derrumbe, el valor del edificio -o sea, el bien patrimonial- sería menor. ¿Vendría recogida tal alteración en este trámite? Creo que no; al menos no conozco ningún caso. Prácticas paralelas constituyen un soterrado aumento de impuestos sin variar el tipo de gravamen. Así pueden propagar, con medias verdades, que no sube (e incluso baja) la fiscalidad. Imagino a muchos de mis amables lectores víctimas de parecidos arbitrajes.

Cuando hacemos la declaración del IRPF, se computan los rendimientos del trabajo, capital inmobiliario y capital mobiliario. ¿Por qué, entonces, sufragamos cargas de bienes adquiridos con dinero libre de impuestos si no se obtiene rentabilidad alguna? Parece, pues, evidente que la ley es injusta, ladronzuela; de difícil ensamblaje en un país democrático. En definitiva, como tantos otros preceptos y normas, son recaudatorios, caprichosos, amén de bordear el sablazo o asalto trabuco en mano. Quien sea responsable de este escenario, llámese como quiera, asimismo adscrito a cualquier sigla política, podríamos denominarlo -sin un ápice de exageración ni pecado- José María El Tempranillo.

Cambiando de tema porque el guión lo exige, la investidura de Rajoy -unida a la formación de gobierno- parece ir para largo. Unos y otros actúan cual ritual carente de entidad, un abalorio democrático. Decía el clásico: “Debemos establecer nuestras metas, luego aprender a controlar nuestros apetitos. De lo contrario, nos perderemos en la confusión del mundo”. Tras cuatro años sin clarividencia ni criterio, faltos de toda creatividad, llevamos siete meses inmóviles, paralizados por tactismo espurio, perverso. Precisamos un formidable impulso para evitar agarrotamiento o, peor todavía, caer de forma irreflexiva en nefasto y dispendioso acomodo. Los ciudadanos vemos incrédulos las barreras que levantan por detalles grotescos, tal vez grandes dosis de personalismo ruin, indigno. ¡Cuánta paciencia, señor!

El PP -es decir, don Mariano- como siempre especulando, ralentizando el metrónomo, deja que los demás disparaten y luego él recoja frutos ilegítimos. Le salió bien la jugada con Zapatero. Caso contrario, hubiese constituido una burla inmisericorde del fatídico presidente o extravagancia juguetona de un azar absurdo. Desde entonces, anda errante, no da una. Ocurre, sin embargo, que suma votos, conexiones, por aquello de vale más malo conocido que bueno por conocer. Tan vaga estrategia presenta un inconveniente espinoso: puede tener un final fulminante, definitivo. Rajoy está ya en puertas porque le supera la intransigencia acumulada durante su mayoría absoluta. Necesita elasticidad, indispensable para aglutinar programas y suscribir pactos.

Pedro Sánchez juega aventuradamente al enfrentamiento doctrinal que existe solo en su mente fanática. Asesorado por indigentes, se juega más que el futuro personal -bastante agitado- el del PSOE y, sobre todo, el de España. Aun considerando su responsabilidad en una alícuota parte, la obcecación puede llevarle al lance de otras elecciones con un resultado previsible. Actitudes displicentes, además de estériles, suelen cosechar efectos letales para quien las exhibe con excesiva asiduidad. Ignoro qué motivo le ha llevado a preferir un camino que le lleva a ninguna parte. Acaso Podemos sea su fantasma, el ara onírica. La realidad podemita, empero, dibuja un gigante sin vértebras, una sombra chinesca y sobrecogedora.

Pese a todo, quien suscita más confusión entre el personal es Albert Rivera. Ciudadanos, partido que a futuro debiera ser la llave de cualquier gobierno, se obstina en renegar de su acervo político mostrando una inacción incomprensible. Falta de flexibilidad, junto a vetos preventivos, seguramente le suponga un peaje cuantioso, mal cuantificado. Mostrarse harto exquisito ahora resulta paradójico respecto a otras razones y ámbitos. Rivera avienta una incoherencia verbal decepcionante, fomentando la duda de esa moderación que implica ocupar el centro. Ve hábitos corruptos, lastres legendarios, antañones, cuando su única vigilia debiera ocuparla hogaño esta sociedad. Ahí, no repartiendo donosuras retóricas, encontrará el auténtico espaldarazo político.

Decía Anne Austin que la confusión es un signo muy sutil de paranoia. En efecto, nos envuelve una bruma palpable de osadía -quizás aturdimiento intelectual y movilidad vacilante- aledaña al estadio catatónico. Nadie puede llamarse a escándalo o extrañeza. Tanta confusión, si no se corrige la trayectoria, confirmará el dicho popular: “Entre todos la mataron y ella sola se murió”. Sirve de poco protagonizar un papel de ingenuo lanzando a medio mundo culpas y al resto amenazas. Pagarán esa prepotencia estúpida de que hacen gala anteponiendo pruritos pueriles al bienestar nacional. Más que augurio, la última afirmación es una sospecha, un aviso a navegantes

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