La gallina ciega, de Max Aub

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Max Aub. La gallina ciega Prólogo de Manuel Aznar Soler
Diario Español tragedia del desarraigo

Yo temo del lector de un solo libro y el comedor de un solo alimento.”Lucrecio

Cada día que pasa, el olvido va acumulando en despiadado vertedero fragmentos de la historia vivida, nuestro más reciente pasado no menos doloroso y trágico, la tragedia de la derrota tan briosamente tallada en la literatura del exilio.

Cuánta despedida cruel de adioses que nunca debería ser excepción y no menos desmemoria. De ahí la seria preocupación que actualmente existe en salvar del olvido y su desaparición total esta vivencia real y dolorosa, riqueza desperdigada del éxodo español tras el triunfo del fascismo en la Guerra Civil. No dejar que borren el testigo de los trasterrados en sus propios contenidos; por eso, sin demagogia y verbalismo fuera del tiempo, alentar y colaborar en dicho proyecto es algo más que un simple compromiso literario.

la gallina ciega max aubCoincidiendo con esta preocupación histórica, he vuelto a leer en estos días La gallina ciega de Max Aub (1903-1972) publicada por Visor con prólogo de Manuel Aznar Soler, cuando Felipe González, tan lejano del salario mínimo, pide a Sánchez que deje formar Gobierno a Rajoy incluso “si no lo merece”.

Elogiable labor de recuperar de tan inmerecido olvido a Max Aub, despertar el interés en esa mayoría de los lectores españoles a colaborar y situarlo en su justo lugar.

La obra de este escritor múltiple y angustioso trasterrado es el autor de El laberinto mágico, Enero sin nombre, impresionante conjunto de relatos que tratan de la guerra, la huida y el exilio. Satisfacción encontrar en las librerías sus obras más importante por lo que significa como espejo vivo de la literatura y los protagonistas en el exilio, me refiero a “Sus diarios completos (1939-1972) hasta ahora inéditos.

Pero volviendo sobre esta lectura de La gallina ciega, cuya edición, estudio introductorio y notas, es fruto de la metódica labor de Manuel Aznar Soler, me he preguntado, ¿cuántos jóvenes lectores de este país pueden sentir la curiosidad literaria de leer este angustioso y cinematográfico viaje a España escrito después de treinta años de ausencia, es decir desde 1939 hasta 1969? Fecha esta última en que el país comienza verdaderamente a sacudirse, por imperativos económicos y de supervivencia en el concierto europeo, la presión de una dictadura arcaica e imposible con los tiempos que vuelan. Porque las anteriores generaciones, tomando una fecha que señala el propio escritor: 1954, habíamos podido ser solidarios con la memoria histórica por diversas razones, ¿pero después? Porque el hecho real es que el “No pasarán” se fue diluyendo en el aire por él “Pero pasaron”.

Necesario entonces el ejercicio de memoria de un exiliado de la altura literaria de Max Aub, que me lleva a “La guerra ha terminado”, y a la mirada obtusa del Partido Comunista de España, entonces al toque de corneta de Santiago Carrillo que conocí en su propia salsa, lejos de la geografía autoritaria de Fraga. Y la verdad, que nunca borraré de mi memoria la visión entre realismo cinematográfico y conciencia de la realidad, frente a la ficción arcaica del infantilismo comunista.

No se produce algo semejante con Max Aub. Nuestro escritor era un intelectual vivo, al día, atento y en contacto con la creación literaria del momento, abierto a todas las fuentes, que desde su propia heterodoxia, aunque no sin dolor, captó la realidad social de España en cuanto pisa su suelo, treinta años después de haberla abandonado.

Sus principios y fidelidad a la República le permitieron no verse obligado a abandonar su compromiso pese al tiempo transcurrido de manera que nunca lo cegaron para impedir analizar y entender la verdadera literatura de antes y después de las batallas. Fue siempre un creador vivo, sin ningún dogmatismo estancado en el la derrota desde la lejanía, lo que se refleja con la suficiente claridad en las páginas de este interesante transcurrir por España entre lo documental y literario, que pese a los años transcurridos, al menos desde mi perspectiva generacional, no ha perdido vigencias como fuente de un espacio que ha existido, y creo que esa fue la verdadera intención del autor.

Son correctos entonces los conceptos éticos que hasta su muerte repitió el escritor. “… para mí un intelectual es una persona para quien los problemas políticos son problemas morales. No por ser arquitecto, ingeniero o periodista va uno a ser intelectual si así es su manera más natural de ganarse la vida. Ahora bien, que una persona que tiene una idea de cómo debe organizarse decorosamente el mundo, pase al servicio de los contrarios porque así supone que se puede beneficiar materialmente, me parece despreciable, son viles, son repugnantes y cobardes, alevosos…

Algo larga la referencia, pero necesaria para reflejar su criterio ético, al mismo tiempo que sirve como toda su obra para espantar la desmemoria establecida. Se puede caminar con el tiempo sin olvidar el pasado. Ignorarlo sería caer en la más lamentable alienación.

Este es el mensaje que por medio de su viva escritura nos deja Max Aub: el compromiso con la memoria, la ética de saber estar.

Algo cada día más difícil en nuestro tiempo presente donde la sombra del franquismo luce sus espejos cóncavos del pasado.

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