Entrevista: Cindy Monserrat Bocanegra, autora de La niña alada

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Citas 2020

Vivir sin literatura es vivir sin sueños”, Cindy Monserrat Bocanegra, autora de La niña alada.

cindy monserrat bocanegra
Cindy Monserrat Bocanegra

El amor por la filosofía, el descubrimiento, y la poesía se entremezclan en la novela de la escritora mexicana

  • Al escribir, Cindy Monserrat Bocanegra obedece a una revelación, a un sentido de lo que está oculto en la mente.
  • Su novela, La niña alada, nace de ese impulso y esa necesidad. Escrita a los 28 años, está impregnada de luminosidad y esperanza, de esa capacidad de asombro que caracteriza a su escritora, también filósofa.
  • Soledad es la protagonista del libro, una niña con una curiosidad e imaginación desbordante, que enfrenta los envites de la vida con esa inocencia que hace a los niños audaces y diáfanos.

Desde México, Cindy Moserrat Bocanegra, responde a nuestras preguntas.

¿Qué es para ti la literatura?

Antes que nada, para mí la vida se origina a través de la palabra. En el principio fue el verbo. Todo lo que vemos, real o ficticio, proviene de ella. Somos constructos mentales y lingüísticos.

La palabra para mí es un arma poderosa, da o quita. Es vida o muerte. Sin la palabra, no podríamos existir, porque la existencia deriva de la comunicación.

or medio de la palabra, el mundo se crea, se transforma, se destruye o se degenera. Este pequeño preámbulo quiere exponer que la literatura, no es una mera distracción. Es estímulo de vida, está presente en todo momento de nuestras vidas.

La literatura transforma el pensamiento, es por así decirlo, como regar una planta. El agua son los pensamientos, las palabras, la voz, y la planta eres tú. Para mí, la literatura es el oxígeno en mi vida.

Desde muy pequeña he sido una asidua lectora. Mi madre todas las noches me leía (cuando yo no sabía hacerlo todavía) cuentos de hadas y luego, para soñar juntas más, le pedía cuentos inventados por ella, y en la cama imaginaba a las heroínas de esas invenciones y yo era ellas.

Mi vida fue maravillosa, ha sido maravillosa todavía, por los libros. Mi madre me enseñó a imaginar, y mi padre, que en paz descanse y era profesor, me enseñó el amor por los libros. Mi casa desde que tengo uso de razón ha estado apilada de libros. Vaya, que hasta duermo con libros en mi cama y los tengo por todos los sitios de mi casa.

Vivir sin literatura es vivir sin sueños, sin realidades que se escondan detrás de tus párpados y te enseñen la noche y el día, la luz y el relámpago. La literatura te enseña a comparar, te enseña a buscar dentro de ti mismo, te inunda y te seca y luego te vuelve a inundar y es un ciclo.

Ella es para mí, la belleza y la muerte, la duda, la posibilidad. La literatura te vuelve sensible, empático, te hace más humano porque te enseña toda una gama de posibilidades, no te da certezas, te las insinúa, te abre la puerta, te abre las que tú quieras.

La literatura es el guiño que siempre he seguido. Es mi refugio en mi enfermedad. Me ha enseñado a levantarme de mis ciclos de manía y depresiones, ha sido el veneno y el antídoto, porque no puedo vivir sin ella, no me imagino mi vida sin ella.

Ha sido, es y será, la posibilidad que siempre elegiré.

¿Qué has intentado plasmar en esta novela, La niña alada?

Esta novela la hice cuando tenía 28 años, es mi perspectiva de la vida a esa edad.

Empecemos explicando que estudié en la Facultad Veracruzana de Filosofía. Para mí, filosofía y literatura más que hermanas, son amantes. Mis maestros de la universidad me enseñaron algo que yo ya tenía presente, pero que, en cuanto lo expusieron, se me hizo más evidente: el asombro.

Un verdadero filósofo nunca debe perder la capacidad de asombrarse, porque el asombro, es parte del descubrimiento. ¿Y quiénes más maravillados ante una vulgar piedra en el arroyo que un niño? Los niños son filósofos natos, cuestionan todo, nada les parece, quieren ir hasta lo último.

En esta novela, la niña alada, he querido plasmar mi amor por la filosofía, el descubrimiento, y la poesía, el ademán mudo, la insinuación, la voz de la caverna oscura del alma. A veces es en la oscuridad donde más belleza encuentras.

Quise plasmar en este novela que debemos ser como niños ante el mundo, que debemos fisgonear, que debemos cuestionar, que debemos ser insumisos y tercos, pero que también, debemos descubrir la maravilla de la vida a través del amor.

Si tuviera que describir La niña alada en dos frases que son mi guía, serían: “Conócete a ti mismo” de Socrátes, inscrita en el templo de Delfos y “Ama y haz lo que quieras” de San Agustín.

Si te conoces, si te encargas de mirarte diario y amas, conocerás las verdades ocultas de la tierra. Que algunas serán bellas, si, otras terribles, también. La belleza y la fealdad se confunden en el mundo y una no es sin lo otra.

La protagonista debía ser una niña ¿por qué? Porque yo me veo como una niña ante la enormidad del mundo. Debía ser una niña porque debía ser audaz, como solo los niños pueden serlo. Debía ser valiente, como solo un niño lo es en este mundo tan feroz que todo devora. Debía ser un niño porque tenía que ser nuevo en el mundo, estar limpio para poder tocarle.

En resumen, esta novela es una invitación a ser ingenuos, esto es, desprovistos de prejuicios, con la capacidad de aceptar lo que se presente, a ser neutrales ante el mundo que se nos da, para poder mirarle mejor y así, aprender a estar vivos de verdad

¿La infancia es el periodo más lúcido de una vida?

Definamos infancia. Infancia en lo que a mí respecta, es una actitud. Debe ser una actitud del alma.

Infancia biológica es otra cosa, la infancia biológica, aún la psíquica, pasan. Es decir, todos en algún momento llegamos a madurar, a ser mujeres y hombres responsables con un trabajo y familia, en su amplio y variado sentido. La infancia en el sentido biológico, es una etapa en la cual estás como recién salido del empaque, te han destapado y te empiezan a usar (la vida claro está).

Y los padres tienen el deber de permearte en la infancia y tú, como niño, el deber de exponerte. Un niño cobarde o reprimido no aprende, no descubre. No intenta ir más allá de lo permitido. Todo niño sano es un niño desobediente. Porque la infancia no quiere que se le impongan cosas, quiere ser las cosas, a su modo, en su mundo, con sus reglas.

En la infancia aprendes el significado del bien y del mal, de lo real y lo falso. Aprendes a aprender. Para poder explicar mejor el concepto de la lucidez en la infancia, digamos que los adultos vivimos con lentes de sol todos los días, vamos que hasta ni para dormir o atreverse a soñar nos los quitamos.

Bien, la infancia es no tener estas gafas, es ver sin obstáculos, pero la vida a veces te golpea tanto que prefieres ponerte lentes para que la luz no te lastime y todo se vea tenue, es mejor para los nervios ¿no? No tienes que forzar la vista.

La lucidez en la infancia es este perenne forzar la vista, porque quieres ver hasta el más mínimo detalle y ¿qué pasa después? Pues que la vista se te cansa y te pones lentes de sol y problema resuelto.

La infancia es como la tabula rasa de Locke, el mundo te escribe y tú como niño aceptas todo, porque un niño sano en el mundo es un niño en una confitería, quiere probar todos los dulces, quiere hartarse.

Entonces, creo que la infancia es un periodo muy lúcido en la vida de una persona, si es el más lúcido, no lo sé, porque depende de la actitud que tengas de adulto ante la vida.

Creo que un adulto inteligente siempre debe de conservar su lado infantil, dejar que ese niño que está dentro juegue, porque la vida es lúdica y si no juegas de verdad, destapado, no aprenderás cosas significativas.

¿Cómo definirías La niña alada? ¿Cuál fue el proceso creativo de esta novela?

Pues… veamos. La niña alada retrata el mejor momento de mi vida, mi alma en su mejor momento. Cuando mi hijo era pequeño, estaba con el hombre que amaba y acababa la facultad.

Quise plasmar en ella lo mejor que había dentro de mí en ese lapso de mi vida. Digamos que esta novela es como mi arquetipo, en el sentido de cómo debe vivirse la vida. Y el proceso creativo fueron un par de horas entre semana por un lapso como de seis meses.

Cuando me dan ganas de escribir, lo hago sin parar y cuando no, no me fuerzo. Escribir para mí es una necesidad, leer mucho más, siempre, pero para escribir si he de ser sincera, no soy muy disciplinada. O escribo mucho o no escribo nada. Soy de extremos. Y había semanas en que no escribía y días que sí. Creo que en la escritura debes ser fluido, no debes forzar la palabra.

La palabra se te revela, se te asoma a los labios y las manos, se te dibuja en los cabellos y dices: tengo que escribir.

Creo que el escritor, siguiendo la línea de María Zambrano, es como una especie de emisario de lo divino, entiéndase por divino no a Dios en el sentido tradicional, sino lo divino en el sentido de lo que está oculto en la mente, en la psique, lo que se asoma en el umbral. De ti depende mostrarlo.

La narración de esta novela mezcla pasión e inocencia. ¿Ha sido intencionado?

Esta pregunta va muy enlazada con la anterior.

Me gusta ser simple, hablar sin rodeos y ser sintética. Como ya dije, esta novela fue producto de un estadio en mi vida, yo a los 28 años, no escribo con una determinada intención, como diciendo: ahora voy a reflejar tal o cual cosa.

Lo que mi escritura refleja y ha reflejado siempre, son mis estados de ánimo, mis actitudes y perspectivas frente a la vida en determinados momentos.

Escribo lo que siento y pienso en ese momento. Nunca he intentado escribir intencionadamente de tal o cual forma, no se me da, vamos que todavía no sé cómo, no sé si es un defecto o una cualidad.

No lo sé. Pero yo escribo lo que soy, intento plasmarme en mi escritura. Intento escribirme, escribirme siempre para ser una mejor versión de mí misma en la realidad.

La muerte y la vida también están muy presentes en esta novela, ¿qué has querido transmitir?

No tengo ninguna religión, pero me gustan todas, no desprecio a ninguna porque la verdad que hay en ellas, escondida, nunca la podría despreciar.

Creo en Dios como la fuente, el comienzo, Dios siempre da y sustenta, pero no sabemos verlo la mayoría de las veces, y nos perdemos en el mundo, este mundo maravilloso y enorme que todos los días recorremos. ¿Por qué hablo de Dios? Porque la vida y la muerte son la fuente. Una es el ir y la otra es el regreso. Cuando una termina la otra comienza, es una rueda, una eterna rueda que los budistas dicen que es fatal, que hay que salir de ella pero yo digo ¿y si me gusta? ¿y si no quiero salir de ella?

n los Upanishads, en el Bhagavad Gita, se habla de la vida como un eterno juego, la vida dicen estos textos, tiene como único fin jugarla. La vida para mí es un ropaje y como en Shakespeare, la vida es la escena. No sé si Shakespeare leyó textos indios, pero es muy parecido. Y en la vida aprendes y ¿de qué te sirve la sabiduría? Pues para jugar mejor, para disfrutar jugando. Y la vida es principiar a jugar, la muerte es salirte del juego.

La verdadera inteligencia radica en vivir para morir y morir para vivir. Una sin la otra no pueden ser, una es consecuencia de la otra, son el argumento y el contraargumento.

Quise trasmitir que, como los existencialistas y Heidegger señalaban, cada día que vivimos morimos un poco más, cada día que vivimos nos acercamos más a la muerte. Que estamos vivos porque tenemos que morir. Que una persona auténtica sonríe ante la muerte, no le tiene miedo, la espera, es la eterna amante a la que al final, solo al final, desposarás.

Y que no pasa nada, al final, morir es un dulce sueño, la apoteosis de tus pasos en la tierra.

¿Cómo es la niña Soledad?

Soledad es una niña que abre puertas, que escarba la tierra.

Es Soledad el arquetipo del alma real y auténtica que busca eternamente, que cuestiona todo, que nada de lo que dice la sociedad la convence.

Es terca e insumisa, pero es prudente, sabe aguardar, sabe callar y hablar en el momento preciso.

Es la figura humana que toca el velo, que se adentra en el recinto y ve, oye, siente. Aprende.

Es una niña a la que le gusta estar con personas auténticas, sin poses, sin mentiras, porque ella quiere aprender. Observa mucho para esto mismo.

Y ella cuenta las historias, se las cuenta a ella misma, a la vida y la muerte, que al final la acogen.

Ella cuenta la verdad que ve en el mundo, habla por todos los seres reales.

Ella es la que entiende. Todo niño entiende porque todo niño es auténtico

¿A quién va dirigida tu novela?

La niña alada va dirigida a todo aquel que aprecie la belleza y bondad que hay en el mundo.

No la hice para un determinado sector, todo aquel que esté cansado y harto de la vida, puede descubrir en este novela que si a veces la vida es terrible, la belleza, la bondad nos salvan, nos arropan, nos empapan.

Este libro fue hecho para mostrar el lado más amable de la vida, el del descubrimiento, el de la inocencia ante el mundo y las cosas, la verdad y los días.

¿Cuáles son tus influencias literarias?

Mis influencias literarias son Gabriel García Márquez, mi novela favorita de él, es Del amor y otros demonios; Marcel Schowb, El libro de Monelle y Vidas Imaginarias, La cruzada de los niños, son geniales, bellos, profundos, inocentes; Jorge Luis Borges, sus cuentos me encantan; sin olvidar a Shakespeare, Cesare Pavese, la mitología griega; Khalil Gibran, lo he leído desde muy joven, fueron mis primeras poesías favoritas; Rilke, Tagore, los existencialistas Sartre, camus, Beauvoir, Heidegger, aunque no se consideraba existencialista.

¿En qué proyecto literario trabajas en estos momentos?

En estos momentos trabajo en un manuscrito muy personal. Mezcla de poesía y narrativa, hablo de amor, de los arquetipos en él, de sus estadios en mí y hablo del mundo, de que nos hemos perdido cada día más y más en esta sociedad consumista, y es un libro que retrata el momento que estoy viviendo, el aquí y ahora en mis ojos.

odavía no sé que giro darle, como acabarlo, porque cuando escribo, solo escribo lo que siento y ya, sin tener una idea fija de lo que voy a decir, las ideas se me vienen de momento y entonces, corro a plasmarlas en mi libreta o en la computadora.

No puedo decirles más, porque ni yo misma sé que rumbo tomará.

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