Meditación de las ruinas

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Ruinas

Existen lugares apartados y agrestes, y con todo dispuestos a acoger con generosidad al viajero curioso y desocupado en busca de la tierra prometida, lugares marginados de la ruidosa civilización de nuestros días a la que uno se ha acostumbrado, supuestos espacios delimitados por una geografía salvaje y hermosa a la vez, vestigios de otra época en la que los dioses castigaban las bajezas y tropelías de los hombres, regiones mediáticas en las que el sol impone y dictamina sus leyes universales como un juez implacable, abrasando de este modo las destartaladas ruinas rezumantes de historia y de leyenda.

Cuando un alma solitaria -escapando de las garras del tedio – se aventura a traspasar los dominios de esa tierra salvaje, el aroma flotante de ciertas plantas a su paso le refresca la garganta, y atenúa gradualmente el calor sofocante de esas horas.

Con el recuerdo aún vivo de las veladas pasadas en cafés decorosamente iluminados´delatando semblantes fantasmales en mitad de la penumbra, el viajero -en su esforzado caminar – llega a lo que queda de una aldea abandonada.Sin poder evitarlo, se deja atrapar por un mundo al que estaba poco habituado, rebosante de plantaciones inverosímiles de buganvillas, de pensamientos, y de una profusión de heliotropos y orquídeas silvestres, cuyas etéreas fragancias se confunden con el olor un tanto amargo de los  alrededores.

Dejando atrás lo que queda de esa pintoresca tierra, el viajero descubre una escalinata de piedra requemada que lleva directamente a unas ruinas por entre un derroche de espinos y zarzales.

Cautivado por todo cuanto va saliendo a su paso bajo un sol de fuego, deslumbrado por la luz vibrante del aire, vuelve la mirada hacia la perpleja quietud que ostentan sus ruinas. Hasta donde la vista alcanza, de la tierra reseca sube una vaho a azúcar fermentado que se funde con el calor infernal que planea por todo el ambiente. Hasta este rincón recóndito, el viajero viene con el propósito de compartir la soledad en estrecha comunión con la naturaleza,saberse libre y sin ningún tipo de ataduras, dado que lo que en verdad pretende es tratar de encontrar el orden lógico y la medida de las cosas.

¿Qué ha sido – se pregunta – de esta demolida tierra, de este rincón de paz y de meditación, perdido entre el inmenso manto arenoso del desierto y la multitudinaria diversidad de diminutas islas que parecen flotar en el seno del espacioso mar?

tulum ruinasDe pronto el viajero se ve sobrecogido por una profusión de olores embriagadores y el concierto estridente de los insectos. Aquí mismo, delante de estas ruinas milenarias que parecen ajenas al acoso despiadado del solano, se ve con derecho a amar en toda su medida a todo aquello que ha sido creado para deleite y solaz del espíritu, a disfrutar sin freno de esta tierra yerma y como apegada al pasado, a poder sentir el acre sabor a pizarra ardiente, el zumbido grave del vuelo de un insecto y el canto familiar de las palabras al caer la noche. Ahora -se dice a sí mismo el viajero – con el sol derritiéndose en la línea del horizonte, viene un poco de fresco y se respira mejor.

En esta tierra de todos y de nadie, nada deja indiferente: parece que todo cuanto hay a su alrededor le haya pertenecido en alguna ocasión, o ha sido cumplido testigo de notables y deslumbrantes sucesos.

Ya con la noche encima, dejando atrás la alternancia de perfumes vegetales y el calor agobiante del día, con el aire un poco más fresco, el viajero se deja caer sobre las mudas piedras que acariciadas por la brisa marina son dueñas de la blancura y porosidad de un bloque de sal que se desmorona.

A su espalda, un arbusto combado exhala un aroma inconfundible, mientras la tierra se va armando de sombras, y a ras del suelo, bajo un cielo tachonado de estrellas la noche parece reivindicar su soberanía en la madrugada del mundo.

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