
Hoy, cuarenta y tres años más tarde, aún tengo vivo en la memoria aquel episodio de mi adolescencia en que Neil Armstrong pronunció la histórica frase de “es un pequeño paso para el hombre, pero un gran salto para la Humanidad”. Acababa de pisar la Luna y dejaba una huella indeleble, no sólo sobre la polvorienta superficie lunar, sino en los recuerdos de toda una generación que siguió la misión del Apolo XI como la aventura más grande jamás realizada por el ser humano.
El hombre que encarnó la utopía de los visionarios, el astronauta que hizo realidad el sueño del hombre por explorar otros mundos, murió el sábado pasado a los 82 años. Tras esa inimaginable misión que capitaneó como comandante, Armstrong no volvió a volar nunca más, aunque siguió en la NASA hasta 1971. Su única odisea, para la que se preparó durante cuatro años, fue suficiente para convertido en un héroe, como a sus compañeros Michael Collins y Edwin E. Aldrin., tripulantes de la expedición que el cohete Saturno V transportó rumbo al satélite de la Tierra. Y con esa consideración ha muerto, como el héroe que puso por primera vez un pie en la Luna.Un hecho que forma parte de mi memoria sentimental. Al releer la revista conmemorativa que la Editorial Argos realizó aquel año de 1969 sobre “El hombre llega a la Luna”, que guardo como un tesoro, no puedo menos que desear al mito de mi juventud: Descanse en paz, tu huella sigue en mi memoria. Feliz viaje a las estrellas.