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Cultura

SaÁ®d

Última actualización: 03/08/2016 14:49
JuanRodriguezCano
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JuanRodriguezCano
PorJuanRodriguezCano
Nacido en ciudad de México, 1971, reside en Mons (Bélgica), siendo profesor en la Universidad Católica de Lovaina. Ha sido cowboy en Veracruz y ha dado...
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SaÁ®d
Fotografía: Leland Bobbé

Mientras miraba el mapa de América, SaÁ®d lanzó un dilatado suspiro. Lo había recortado en una revista de viajes de una peluquería del Boulevard Anessens. Enseguida volvió a pegarlo con un imán sobre la nevera. Luego puso su dedo índice sobre el punto donde estaba Chicago. Abrió la puerta de metal de la nevera para ver si hallaba algo de comer. Sólo encontró un poco de humus, atestado de moho. Mientras tanto, HÁ¢rÁ»n tenía la mirada puesta en el televisor. SaÁ®d no podía saber en dónde estaba su padre. «Así es la enfermedad —pensó—, un remplazo de uno mismo por uno mismo». Visto de espaldas, su padre emanaba un insólito sentimiento de soledad. De seguir las cosas así, en poco tiempo SaÁ®d terminaría siendo un anciano también. El sonido del televisor estaba demasiado alto. Un canal francés transmitía imágenes de multitudes de jóvenes destruyendo monumentos, bustos y banderas en Libia.

A SaÁ®d le gustaba mirar escenas televisadas de la guerra, sobre todo en Medio Oriente. Pero no porque tuviese un espíritu bélico, sino porque le gustaba contemplar la belleza de los paisajes montañosos donde sucedían esas guerras.

−¿Qué está pasando ahí? −preguntó HÁ¢rÁ»n.
−Quieren derrocar a Gadafi –respondió SaÁ®d y, enseguida, apagó el televisor, regresando el espacio al mutismo de antes.
−¿A quién quieren derrocar?
−Papá, ¿te acuerdas que vamos a salir de viaje?
−¿De viaje? ¿Adónde vamos?
−A pasar un día libre, tú y yo; solos.
−¿Qué hoy no trabajas? ¿Qué día es?
−No, papá, hoy no trabajo. Hoy es sábado.

En realidad, SaÁ®d tenía dos años sin trabajar, se lo había repetido a HÁ¢rÁ»n casi todos los días, desde lo habían despedido.

−¿Vamos a ir al alminar?
−No, papá, tú no has ido a un alminar en muchos años.
−Entonces, ¿dónde vamos a orar? ¿En la mezquita?
−Tú también dejaste de orar hace algún tiempo.
−Eso no es posible –respondió HÁ¢rÁ»n, contrariado.

SaÁ®d puso una bolsa con pañales, dos frazadas, calcetines, un sombrero, un pequeño paraguas y el Corán, dentro de la maleta de HÁ¢rÁ»n. Después, le echó encima un grueso jersey y una bufanda. El abrigo lo llevaría en la mano.

−¿Y todo esto para qué? –preguntó HÁ¢rÁ»n−. Ni siquiera hace tanto frío. ¿En qué estación del año estamos?
−En otoño.
−¿Otoño?

SaÁ®d recordó el calendario que le habían regalado en aquel restaurante chino. Tenía algunas imágenes otoñales. Le habló despacio, moviendo muy grande la boca. Y le mostró una imagen que incorporaba un lugar común del otoño, miles de veces representado en todo el mundo. HÁ¢rÁ»n asintió y esbozó una timorata sonrisa. SaÁ®d no lo había visto sonreír de esa manera desde hacía mucho tiempo.

Cuando terminó de hablar, le descubrió un bulto en los pantalones.

−¿Qué tienes ahí, papá?
HÁ¢rÁ»n se atemorizó y, por un instante, SaÁ®d temió que se pusiera agresivo.
−¡Ponte de pie, papá!

Al desabrocharle los pantalones le encontró un montón de envolturas de comida y servilletas sucias dentro. Revisó debajo del cojín del sillón, donde estaba sentado HÁ¢rÁ»n. También estaba lleno de basura. SaÁ®d echó todo en el bote. Cogió el dinero que había guardado dentro de una vasija de cerámica, y algunas viejas fotografías, donde aparecían su madre, su hermano Gassane y SaÁ®d, cuando eran niños; Su padre había roto las imágenes donde salía Ipek. Colocó todo dentro del abrigo de su padre.

De último momento había vacilado en hacer aquel viaje, pero todavía percibía el tufo que HÁ¢rÁ»n había dejado la semana pasada, tras defecar en la alfombra.

En el corredor se encontraron con una vecina. Ella le dijo a SaÁ®d que había encontrado a su padre, exánime como un espectro, en la en la madrugada, en pijama y a mitad del corredor.

−¡Me llevé un susto! –dijo.

SaÁ®d no dijo nada, sólo pensó en el sobresalto que él se llevaría también si viera a la vecina, a esas mismas horas, envuelta en la penumbra, con el velo negro que llevaba puesto en la cabeza.
Entraron en un local de pitas. Pero SaÁ®d no logró que su padre comiera. HÁ¢rÁ»n no quiso hablar más.

−¿Quieres hablarme de Estambul, papá? De Es-tam-bul, le repitió más despacio.
−¿Adónde vamos? Quiero ir a casa –dijo HÁ¢rÁ»n.
−Vamos a visitar a Ipek.
−¿A quién?
−A Ipek, tu hija.
−Ah, sí, a mi Ipek, mi bella flor. Pero, ¿es que hoy no trabajas?
−No, papá, hoy es sábado.

Desde que empezara a actuar de manera tan estrambótica, Ipek había vuelto a cobrar un lugar importante en la mente de HÁ¢rÁ»n.

Subieron al tranvía en Lemmonier, descendieron cerca de Les Marolles y, maleta en mano, entraron en un café. SaÁ®d contó el dinero que le quedaba y pensó que tendría que cuidarlo. El dinero del paro se había terminado, ya no recibiría más. Era ahora o nunca.

Con lo que quedaba no podrían comer los dos.

Ordenó dos cafés turcos y dos baklavas.

−Papá, ¿por qué no me hablas de Estambul?

HÁ¢rÁ»n se había ido otra vez, aunque su cuerpo siguiera ahí. La ausencia estaba en su mirada, hueca, diáfana, vacía de todo contenido.

En ese mismo café HÁ¢rÁ»n les había hablado decenas de veces a sus dos hijos de la hermosa Estambul. De la primavera descendiendo bruscamente sobre la ciudad; de los días soleados y de las repentinas e inexplicables lluvias torrenciales; o de la sensación de estar en oriente y occidente al mismo tiempo, algo que sólo en Turquí te podía suceder; del aroma de las flores de azafrán; del Ramadán, de todo eso que formaba parte de su esencia. En uno de sus paseos por el Bósforo había conocido a Dhuha, la madre de SaÁ®d.

Cuando SaÁ®d y su hermano eran muy jóvenes, sus padres los enviaron a Bélgica, a buscar un futuro mejor. Al cabo del tiempo obtuvieron los documentos de su residencia legal. Ipek, su hermana, se había casado con JÁ¢lal y se habíá quedado en la región de Kars, una región donde las nevadas eran muy intensas. Pero algunos años después de la boda, JÁ¢lal la acusó de adulterio y no volvieron a saber de ella. El adulterio en Turquía era algo que aislaba y sumía en la vergÁ¼enza y la soledad a las mujeres. Sus padres no la habían vuelto a buscar. HÁ¢rÁ»n prohibió que se hablara de ella en casa. SaÁ®d había soñado muchas veces con viajar a Turquía para verla. La extrañaba y le dolíá recordarla. Mucho tiempo después, llegaron Dhuha y HÁ¢rÁ»n a Bélgica, pero no consiguieron legalizar su situación migratoria.

Pasaron muchos años en ese país europeo. Dhuha había muerto hacía cuatro años y, a partir de entonces, HÁ¢rÁ»mse habíá ido para abajo con mayor rapidez. Entonces, Gassane se fue a América, donde ahora trabajaba como DJ en el Bar Ahab, en Chicago, un café lounge, muy exclusivo, donde mezclaba música. A Gassane le gustaban DJ Zoru, DJ MÁ¼zik y DJ Dream, quería llegar a ser como ellos. SaÁ®d y Gassane se hablaban por teléfono una vez a la semana.

Las cosas que le decía de la windy city, a SaÁ®d le parecían fantásticas. Gassan y SaÁ®d habían crecido en un mundo libre, en una cultura cosmopolita, a pesar de haber heredado la tradición de sus padres.

Gassane vivía con una mujer americana, una mujer rubia y anodina, de alguna pequeña ciudad de Illinois. Sherryl, se llamaba.

Enseguida, SaÁ®d extrajo de la maleta de su padre el Corán, le dio un trago a su café y leyó un párrafo a HÁ¢rÁ»n. Eligió la parte del libro sagrado que habla del «HÁ¼zÁ¼n» o la «amargura». Pero mientras le leía, podía ver que su padre no estaba. Parecía no percatarse de que él estaba ahí.

Era como estar en presencia de la ausencia.

HÁ¢rÁ»n parecía tranquilo y en sus facciones no se percibía ningún rastro de sufrimiento.

Al salir del metro Art Loi, HÁ¢rÁ»n se negó a continuar caminando. SaÁ®d le pasó el brazo por detrás y lo ayudó a desplazarse.

−Anda, papá, anda. ¿Es que no sabes adónde vamos?
HÁ¢rÁ»n se detuvo y lo miró, intrigado.
−¿Adónde?
−A Estambul, papá. A la bella Estambul.

A HÁ¢rÁ»n le brillaron los profundos ojos grises.

Pero en Turquía no quedaba nadie. Ni familia ni amigos; los habían perdido a todos.

Cuando cruzaron las puertas de los Jardines Reales ya pasaba del medio día. Caminaron por uno de los senderos de la periferia, hasta que pudieron ver las doradas puntas de lanza que sobresalían del enrejado de la rue Royale.

−Aquí, papá; aquí. Vamos a descansar un poco en este banco.

Se sentaron. SaÁ®d colocó la maleta de HÁ¢rÁ»n entre los dos. Sólo entonces recordó que era la misma maleta vieja y raída con la que sus padres habían llegado al país, muchos años atrás. HÁ¢rÁ»n y Dhuha nunca aprendieron a hablar francés, como él y Gassane, que lo hablaban con fluidez. En todos esos años, HÁ¢rÁ»n casi nunca había salido del Quartier Midi, donde fue empleado de algunos comercios de amigos árabes que hizo en los cafés, esos cafés donde se puede beber café o té de manzana y se puede fumar narguile. Locales donde es raro ver a una sentada en alguna de las mesas. Con Dhuha iba a orar cada semana a la mezquita de la rue de la Buanderie. SaÁ®d y Gassane fueron a la escuela, luego trabajaron como en la construcción. Hasta que Gassane encontró trabajo de portero y camorrista en los bares de Mont des Arts, donde aprendió a mezclar música house.

Cuando llegaron al parque, SaÁ®d miró hacia arriba. «El cielo cae sobre nosotros —pensó—, al menos no creo que vaya a llover». Sentó a su padre en una banca y se sentó junto a él.

−¡Karpuz! −dijo HÁ¢rÁ»n, inesperadamente.

Para saber qué es lo que está pensando… se dijo SaÁ®d. Tal vez a su padre sólo se le había antojado comer una sandía.

SaÁ®d miró en derredor. El lugar estaba vacío. Esperó a que pasaran algunas personas que corrían con ropa deportiva. Se puso de pie y se colocó un gorro negro de tela, tipo rapero, con un escudo de los Raiders, enfrente. Se encorvó para estar casi a la altura del rostro de HÁ¢rÁ»n. Le tomó la cara con las dos manos y le acarició la vieja piel del rostro. Lo miró a los ojos claros. Luego tomó sus manos rollizas y envejecidas. Las acarició y las soltó. «Te quiero, papá —le dijo, sintiendo cada palabra—. Te quiero», repitió.

Mientras SaÁ®d se alejaba por Art Loi trataba de no pensar. De no pensar en nada. Se concentraba sólo en el suelo y en seguir caminando. O en pensar en ese futuro que le esperaba en la maravillosa ciudad de Chicago.

Algunas veces iba por la calle, y otras, subía a la acera, dando pequeños brincos.

*Relato ganador del «XIV Premio de Narrativa Tirant lo Blanc, 2014» del Orfeó CatalÁ  de MÁ¨xic.
ETIQUETADO:relato
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JuanRodriguezCano
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Nacido en ciudad de México, 1971, reside en Mons (Bélgica), siendo profesor en la Universidad Católica de Lovaina. Ha sido cowboy en Veracruz y ha dado trabajo a un hombre que había matado a otro hombre en defensa propia; ha estado dos veces a punto de morir arriba del glaciar de una montaña y una vez por mano propia; ha abrazado árboles en el Desierto de los Leones, un sitio que ni es desierto ni tiene leones; ha trabajado en la bolsa de valores donde cultivó el mismo sueño que Picasso: «Tener mucho dinero para vivir tranquilo como los pobres», aunque el sueño no se le haya cumplido; ha saltado, sin ninguna instrucción, siete veces en paracaídas; ha estado dos veces en el ojo de un huracán; ha viajado a la Sierra Tarahumara (siguiendo los pasos de Antonin Artaud), donde fue perseguido por los nativos por espiar un entierro rarámuri; ha pasado todas las tardes en compañía de un vagabundo y ha visto cómo los servicios sociales se lo llevaban moribundo a un hospital; ha escrito con un seudónimo un libro sobre ese vagabundo y otros diez libros más, de los cuáles sólo ha conseguido publicar la mitad; ha presenciado cómo ahorcan a un viejo caballo agonizante; ha quemado todas sus naves dos veces y ha soltado lastre muchas más. Y todo esto (como escribió Iñaki Uriarte) le ha sucedido en una vida en general muy tranquila, pacífica, sin grandes sobresaltos.
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