Este día me dió un calambre en el dedo meñique de un pie, y descubrí que muchas veces es mejor ceder al dolor, el cual de todos modos es inevitable, como inevitables también son las chispas de alegría que salpican y chamuscan la conciencia, queman cables como venas, arden, son prohibidas, me revolqué del placer que producía la pena, sufrir fue la recompensa que recibí por mi osadía, me dejé llevar hasta sentir de pronto que en realidad vivía y estaba ahí sometido a una pequeña tortura autoimpuesta, y supe que la única almohada segura en la vida es la nuca de uno mismo, descubrí que algún día voy a morir y será el momento culminante que justifique mi vida, seré un fuego eterno que algún día te sacará una sonrisa intrascendente. Ojalá muriera de un calambre hoy como a las 4 y 7.
Ay
Compartir este artículo
(México, DF, 1985) Por falta de ánimos para dedicarme a algo más decente, escribo para ser mi propio cliente.
No hay comentarios

