Castración divina con pétalos de rosa

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Si bien es cierto que en su vida pretérita no fue el rey de Corinto, Ralf era el banquero más famoso del mundo financiero helvético. Hace quince años, apenas salido de la prestigiosa universidad de Sant Gall, y cuando aún se afeitaba sólo por presumirle a la novia, fue el artífice de una serie de fusiones bancarias que transformaron la economía Suiza, volviéndolo a él, de la noche a la mañana, no sólo una estrella y guru de moda del mundo bancario sino también multimillonario, playboy, jetseter y todos los lugares comunes que el dinero puede comprar. Su meteórica carrera terminó hace algunos meses con la cadena de escándalos “subprime” y la perdida de billones de dolares de varios bancos Suizos y americanos que compartían las asesorías de Ralf y sus pequeño gabinete de asociados. Ralf también perdió mucho dinero, pero sobre todo y de manera irrecuperable el control de sí mismo: durante varios meses trabajó veinte horas diarias y al final presa ya de deliquescencia emocional, intentó un suicidio fallido que lo condujo a nuestra casona de las afueras de Basilea.

Pero Ralf no ha perdido su energía de vivir, aún en la clínica mantiene su lujoso tren de vida, o por lo menos algunas excentricidades que la recuerdan: su dieta cotidiana es preparada por un cocinero famoso de la ciudad, y un camarero con guantes blancos nos la sirve en una de las pocas mesas individuales del refectorio de la clínica. No entiendo gran cosa de las proezas financieras que Ralf me cuenta y mucho menos el por qué el mundo financiero parece estar sucumbiendo, ni del rol que Ralf jugó en la debacle de los bancos suizos. Sé que es el único paciente con dispositivo de seguridad de todo el psiquiátrico, porque veo a los dos autos apostados todo el tiempo al otro lado de la cancela de nuestra casona, pero no sé si lo protegen o se aseguran de que Ralf no escape. Sin embargo, presiento que Ralf no hacia todos esos negocios por el dinero que desde siempre tuvo en exceso, lo hacía por retar el sistema. Para demostrarse a él y sus congéneres que él era el mejor: a esa actitud los griegos la llamaban Hibris.

Al final de la comida, mientras bebemos nuestras obligatorias cocciones de tilo y otras hierbas calmantes, Ralf se señala la entrepierna y me dice sonriendo, —Conoces la expresión “You have to cut your losses”? La expresión de mi cara es suficiente para que Ralf me explique pacientemente que la expresión se refiere a una regla cardinal del mundo financiero que indica que “se deben cortar las perdidas de inmediato” en todo negocio de bolsa. No tenía alternativa, sigue explicándome Ralf, “o me cortaban los cojones o se me gangrenaba la polla”, —Ralf aprendió español en Granada y dice que su acento es de Valderrubio, lugar en el que vivió varios meses- yo lo miro fijamente y trato de adivinar si hay humor detrás de sus palabras, pero en sus profundas pupilas azul oscuro sólo vislumbro el vacío habitual de los jugadores de pocker. Lo siento, atino a decirle, sin entender bien, si a Ralf le importa o no lo sucedido. Menos mal que el camarero comienza a servir la compota de pétalos de rosa favorita de Ralf, y se enzarzan en una acalorada discusión sobre la temperatura a la que se debe servir.

Ahora, leyendo un artículo sobre Sísifo y su eterna condena, pienso en Ralf y en la orquiectomía a la que fue sometido como consecuencia del severo ataque de priapismo que sufrió en la primera semana de estar internado. Me lo contó después de las infusiones y tuvo que escribirme la palabreja en una servilleta de papel, porque yo nunca la había oído mencionar y tampoco la entendía. Orquiectomía parece tener resonancias inocentes de término de floristería, pero es un procedimiento quirúrgico que consiste “en la extracción de uno o ambos testículos”. He tratado de buscar la palabreja en la Enciclopedia, pero no la he encontrado y más bien me he enganchado con el artículo sobre Sísifo.

No se sabe a ciencia cierta ni la razón de su castigo, ni el modo en que sus delitos se relacionan con su eterno y desmesurado castigo. Algunas versiones lo presentan como mentiroso redomado, ladrón, chismoso, avaro y burlador. Otras leyendas lo señalan como padre de Ulises, lo cual explicaría la elocuencia y astucia del héroe homérico. Parece que no temía a la muerte o que por lo menos no la respetaba, siendo la más conocida de sus fechorías la manera en que burló a Tánatos, a quien consiguió ponerle sus propios grilletes, interrumpiendo el paso de los mortales entre la tierra y el reino de Plutón hasta que el propio Ares tuvo que intervenir para restablecer el orden.

Propio de un espíritu infantil, Sísifo antes de morir le pidió a Merope, su esposa, que dejará su cadáver insepulto y no le introdujera la moneda en la boca con la cual los muertos pagaban el precio del pasaje al barquero Carón para llegar al infierno. En el otro mundo, y ante Proserpina se quejó de que su cuerpo insepulto era una afrenta al orden divino; y convenció a Hades para que le permitiese volver a su nativa Corinto y reclamarle sus obligaciones a su desalmada mujer. Pero cuando estuvo de nuevo en la tierra, Sísifo se entregó nuevamente a la pasión de la vida, rehusando volver de forma alguna al inframundo, hasta que allí fue devuelto a la fuerza por Hermes.

Inclusive, los editores de la Enciclopedia Britanica, al menos los de la decimoquinta edición que he consultado acá en la biblioteca del manicomio, admiten que el castigo de Sísifo resta un enigma, el cual aún no tiene respuesta convincente.

Hay algo que me parece evidente, sin embargo, en el castigo de Sísifo: la demostración irrecusable de la futilidad de su vida y de sus actos irreverentes. El suyo es un castigo sin reproches, glacial y en el mejor sentido del término, ejemplar. Quizá cabría preguntarse: ¿Habría preferido Sísifo que le practicaran una Orquiectomía?

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