Gente de mi pueblo: Bernardino Sánchez Méndez

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Su madre, Celi (la mosca muerta) y sus hermanas, residentes del barrio Tablastilla, bien que parecían gente de historial fino. Guapas, distinguidas, sin escándalo. En el Sur del Bronx, posiblemente, fue que Celi, muchacha linda, de 24 años de edad, cambió o se enmaleció al cabo del tiempo.

A Bernardino Sánchez Méndez, el barbero, le dijo: «Regresé a Pepino, porque estoy sola y divorciada». Y fue un flechazo. Está sola y es linda. Y regresó a Pepino. Tres cosas ideales que no cayeron en oídos sordos.

Ella tiene un pelo corto, negrísimo, la cara ovalada, el cuello largo y unas manos bonitas, con uñas largas, bien pintadas. Es la más bajita de otras muchachas de su casa. Esplendorosas, agraciadas de cuerpos y semblantes.

Haría un par de días que Celi llegó del Bronx a Pepino. Fue a mediados de diciembre cuando pasó frente a la barbería y Bernardino, que despedía a Don Balolo Rodríguez a quien cortó su pelo, se detuvo en la puerta. Quiso admirarla. Parecía que la llamó con el rabillo de los ojos.

Hoy más que nunca daría alas a esa jovialidad suya, a ese cultivado y gentil ego grandioso, pero noble. Siempre ha tenido una imagen bondadosa de sí mismo. El supo que fue criar ganado en su barrio y pueblo natal, Maravilla Este, de Las Marías. El vendió meriendas en la ruta del tren de Mayagüez y, antes de poner su barbería, cortaba a domicilio en larga ruta que iba de La Central Plata a Las Marías. No es que quiera jactarse, a estas alturas, pero dice: «No hay quien recorte como yo, el barbero de los ricos».

Ya recibió unos calendarios navideños, con estampas ilustradas de campo y aguinaldos. Para que lo lleve a su casa, a la muchacha tendría que darle uno.

«Años hará que no veo su familia. Usted será la menor de tres hermanas… Has de ser Celi».

«La misma. De Tablastilla».

Ella extendió la mano y se inclinó reverencialmente. Sabía que, al negocio ante sí, entraba la crema y nata del pueblo. Al dueño le calculó 50 años, con un signo de dólares en mente.

«¿Vienes para quedarte?»

«No sé todavía si me voy o me quedo; pues tengo, allá en el Bronx, mi apartamento». Ella curioseaba con la mirada el interior desde la puerta. O tal vez quería verse y retorcarse el rostro ante los grandes espejos de la barbaría. «¿Tienes prisa? ¿Quieres entrar un momento?»

«No ahora. Si me permite, voy a un mandado y regreso», contestó.

Bernardino aprovechó para verla irse, contoneándose con tan hábil, pero sensual elegancia. «¡Es como un ángel, pero de los buenos!», meditó. Para dar seguimiento al encanto inesperado de la plática, descolgó un sombrerito fino y una chaqueta que colgaba de un gancho, apresuró el paso y compró un ramo de rosas en la Floristería de Teté y, más adelante, un licor fino.

Cuando Celi regresó, ya eran poco más de las 12:00 del mediodía. Y se supone que él saliera a almorzar, pero se quedó en la barbería esperándola. Por fortuna, llegó antes de la 1:00 p.m. De otro modo, habrían llegado otros de sus clientes. Se acicaló el lacito, cerciorándose que sobre la camisa blanca, almidonada, no se viese un pelo o un mal doblez. Pasó un pañuelo viejo sobre sus zapatos Cordovan, de la Fleurshine.

«Aquí estoy», anunció ella.

«Encantado de verla otra vez», abrió la puerta para que ella pasara y disfrutara del aire acondicionado de la barbaría. El calor del mediodía la tuvo sofocada, según su queja.

«Tengo aquí el calendario que la barbería obsequia en Navidad, este ramo de rosas y este vinito fino para se lo lleve a su familia, con mi saludo. Que sepan que yo me acuerdo de ustedes».

«¡Qué persona tan amable!», sonrió y, mientras examinaba la cachendosa barbería, sus juegos de luces de neón, el laberinto de espejos, también a ella se le hizo necesario reiterar la soledad que se vive en Nueva York, por la carencia de un cariño bueno. «La Navidad me la paso acá con mi familia; gente que me da su apoyo porque estoy divorciada y solita».

Bernardino creyó la inocencia de sus palabras, una por una.

Y a sus clientes de mayor confianza en la barbería les contó, pasado el tiempo. «Lo que nunca me imaginaría, a mis años, me está pasando, Cucán»

«¿Qué podrá ser? Cuéntalo, Bernardino».

Hacía unos turnos para unas afeitadas, el Dr. Muñiz y el Negro Padrón.

«Me enamoré».

«¡Cáspita, Santo Dios!», musitó entre las labios el doctor. Dejó de leer un periódico del día que sostuvo en las manos y cayó despapelado al suelo.

Padrón hizo girar la silla en que estaba sentado, una de aquellas sillas que suben y bajan a presión, se inclinan o se enderezan y que parecen asientos de aviones ultramodernos, costosas sillas de barbero que convirtieron al salón de Bernardino en el modelo del confort, el buen ambiente y los exclusivos y esmerados cortes de pelo que da.

«Soy el barbero de los ricos», así se jactaba. Y parte de su labor, en atención a clientes cultos, sería cultivarles aún más, recitándoles de memoria los versos de Luis Lloréns Torres, Juan Antonio Corretjer y Santos Chocano. Esta tarde estuvo distraído. En su memoria, está el rostro de la hembrita, con su dulzura pícara, como sedienta de protección y nuevo amparo. Bernardino hizo, en secreto, los primeros movimientos para ayudarla.

Dio una mirada a los lujosos sillones de su barbería. Cada uno habría costado $10,000 al menos. Los ordenó por católogo a Texas pues sabía que equivalen a la usanza de las grandes barberías newyorkinas de la Quinta y Madison. Duro sería confesarlo, pero los vendió. Pronto vendrán por ellos.

Ahora lo difícil será comunicar el cierre a su clientela, gente eminente del Pueblo y del campo, gente adinerada y aficionada a sus cortes de pelo y sus cortesías. Se va. VendIó, casi en secreto, la barbería, todo excepto la casa en Piedras Blancas, donde quedó su señora, Don Milagros Jiménez y su hija, Carmen Luz. El se irá al Bronx, donde Celi dijo que lo espera.

Por dos meses estuvo citándola en secreto. Planearon, por así decirlo, la dicha en abstracto. Se dieron besos furtivos, casi contados y fueron otras caricias las que encendieron los ánimos, desafiando la ética mariana de Sánchez Méndez. Adoró su carne nacarada y su tez tersa con sólo lamerla con su mirada.

«Tienes la crisis de los 40 años, Berna. Eso nos pasa a todos. Piensa eso que me dijíste. Deshacer tu matrimonio y andar detrás de una pollita», le dijo Oronoz.

«No hay que ser bien parecido, cuando se tiene un poquito de plata, para que vengan las mujeres a hacernos cucasmonas. A la edad de 40 o poquito más, uno se vuelve loco por una de veinte, ¿entiendes lo que te digo?», comentó Padrón.

«Es la primera vez que hablas de eso. El romance está avanzado. Vas a cerrar e irte, ¿y quién es ella? ¿La conocemos? ¿De dónde es el pimpollo que te volvió tan loco?»

«Es que ella es discreta y calladita», se justificó el barbero.

«Ha de ser una mosca muerta».

Y, de hecho, así era, pero, en 1961, Sánchez le dio el dinero de la venta de su barbería y de los 4 sillones que eran un lujo de Fígaro en todo Puerto Rico.

2.

Cuando Bernardino regresó al Pueblo estaba lleno de vergüenza. Se había dejado maltratar y engañar por una mosca muerta, por gente desconocida y él no sabía vivir fuera de su terruño. «¡Qué solo estoy aquí». El Bronx no era para él. Se culpó de encarnar una voluntad débil. «¿Por qué fui tan sumiso y no supe decir NO? ¡Maldito sea!»

Y él no era maldiciente ni llorón como para verse como ahora.

Antes vivió tan tranquilo, sonriente, servicialista, deseoso de agradar y hacer las cosas propiamente con esmero. Sabía que, con sus tijeras, aceites y navajas, ganaba el pan sin dar escarnio a ninguno, pobre o rico. «Prefiero ser bondadoso con lo poco que tengo que estafar a mi prójimo o volverme ladrón como la mosca muerta». Su moral encajó en una ética mariana, espiritualista y, además, era un asociado del Centro Luz Divina, de Baldomera Latorre, alias Doña Mayo y Rafael Orta, el culto espírita más exclusivo y de más clase de Pepino, por adscrito a la Federación de centros de ese tipo.

Algunos creyeron que Sánchez estaba mediunímicamente facultado. Esta es la persona que él es: una que ni tira piedras ni vela al guardia. Decencia encarnada, si algo ha querido desde siempre es el sello de distinción en lo que hace, servicio a través del trabajo honrado. No es político, no propagandiza, pero es un idealista. Es un independentista quieto, como son los de la bandera verdiblanca de Concho.

Bien sabe Bernardino que Albizu está preso y Muñoz Marín, como la inmensa mayoría del pueblo, contento. En el 1957, él Gobernador se despacha con la cuchara grande. Es la época de oro del muñocismo y, en el espíritu de la colonia perfumada, el independentismo suyo es tan discreto. No objeta aún nada.

Don Rafael Orta dijo, con sus términos pipiolos, lo que Bernardino ya se callaba. «¡Esta culequera de los populares va pa’ largo; pero la gente está feliz y bailando de lo lindo». Bernardino se hizo pipiolo al final. Por pragmático, se identificó con Cayo Estrada. Era un hombre sencillo, todavía un campesino, pese a jactarse: «¡Pero soy el barbero de los ricos!»

Con que no pierda su clientela, Bernardino no sufre. Sin embargo, tras el regreso admite que sufre por primera vez. Al barbero lo manipularon y le dio, al comprenderlo, una tirria que estuvo a punto de comérselo vivo.

Desde la niñez, aunque condicionada por la instancia de premio o castigo, él se mantuvo armonizado a la ética que recuerda el imperativo catégorico kantiano. No actuar de modo que se viese castigado, o remordido por su propia consciencia. Quiso los premios, no las sanciones. «Haré lo mejor que pueda en la medida de mis habilidades y recursos».

Creció de esa manera, cívicamente modélico, universal, bien querido; a veces mimético, creyendo ser juicioso; a veces autoanulándose, porque no es bueno que se ocupe, por capricho, un lugar que no nos correponde.

Si esa mujer que lo ha engañado supiera lo duro que fue antes, en tiempos de La Colchoneta, ganarse unos centavos, no sería como es. Timadora. No siempre Sánchez fue tan próspero. Vivió las miserias de La Colchoneta y antes la Depresión del ’20. Tuvo la suerte de conocer a hombres buenos, a luchadores ejemplares. Había mencionado a algunos, a quien les cortó también el pelo: Severo Arana Casañas, Agustín Vélez Cabán, Arcadio Estrada Linares, el ex-Alcalde, Paulino Morales y, dijo que con ellos, organizó el Partido Popular, «esa Pava que, poco a poco, nos ha ido sacando del hambre colectiva y que traerá la libertad que todavía nos falta».

Si mencionara tres cositas por las que anhela la vida, éstas serán: el amor al trabajo, la música que escucha desde dentro, las tijeras que le mataron el hambre y la patria que grita su dolor desde poemas. Los vientos colaos del sexo y del poder pasan. Desaparecen, se evaporan. Nunca fueron estas cosas, sexo y poder, para él unas verdaderas pasiones. Por lo que le pasó, no está para música estos días. Ni está para decir poemas.

Ahora que cayó en desgracia si recuerda a esa mujer es para maldecirla. Y sí, la está recordando… Ella tenía su chillo, con un pelo embarrado en brillantina Alka, un bigotillo menos digno que el suyo. Bernardino se lo afeita al estilo Clark Gables.

Al amante, ex-marido o socio-delincuencial de Celi, lo recuerda con un reloj Bulova que le cubre la muñeca entera por lo grande. Cree que apantalla el infeliz con su sortija de oro y el rubí rojo. El mandulete posesivo merecerá el mismo odio que la mosca muerta que narró cuentos temibles por su causa. Que es tan celoso que no quiere que ella viva con nadie, aunque estén separados. Que… blá… blá… blá…

«¡Amenaza, Bernardino, con quemarnos vivos!»

Y fue por lo que, al llegar al Bronx, cambió todo tan de golpe: «¡Tú no te puedes quedar aquí! Mi ex-esposo me asedia. Me tiene prohibido que alguien me visite. Derribaría la puerta. Te mataría aquí dentro. Se pondrá a velarte con varios matarifes. El tiene unos instintos traicioneros y asesinos».

«¡Pero me aceptaste el dinero! De eso otro no me contaste nada. Has alquilado con mi nombre y el dinero que te dí. No es justo lo que ahora dices. Si no viviremos juntos, ¿por qué vuelves donde está quien te amenaza y hastía… ¡Mira, mi amor, te dí mucho dinero! Esos son años duros de mi trabajo».

En consecuencia, está mil veces más que triste. Este amor burlado ha repercutido hasta en su cuerpo. Su calvicie ha crecido. Enflaqueció. Hoy es una lástima y se parece a todo lo que jamás deseara para sí. Maldice, se siente fracasado, cobarde, digno de un par de carcajadas. «¿A dónde vas, Vicente?», le habían preguntado antes de viajar a Nueva York, alguien que le vio en los trámites.

Estuvo tan obseso de irse con ella que siguió la broma y contestó: A donde va la gente. Voy al Bronx… Y no lo pudo creer el pueblo entero, pero no oyó consejos. Y, sí, en el fondo, por su naturaleza personal, es hombre persuadible.

Mejor que hoy no lo intenten, mejor no oírlos, porque tenía una ilusión de amor exhorbitada. Iría como un quijote a conquistar los nuevayores. Tal vez hasta puede que funde otro salón [hair cut and styling], sea en el Bronx u otra parte; pero, en este caso, lo que importa es que fue persuadido por una Dulcinea con nalga esplendorosa. Ella lo ofuscó visualmente.

De parte de Celi, con su acaramelada palabrería, no habría sospechado ni esperado este chasco. No se cumplió el anhelo de montarse sobre sus caderotas juveniles. Si en algo piensa hoy es que se montó sobre un jamelgo con zahogo, rumbo a ninguna parte.

Mientras meditaba, desde el avión, después de varias noches en moteles, solo y burlado, entendió el banquete del timo. La recordó. Ella, tentándolo con besos falsos, los primeros en su vida de esa laya y rememoró, por igual, en Pepino, las erecciones importunas, al citarse a escondidas con ella, como si fueran un par de adolescentes; él aguantándose las ganas de salpicar con semen las vellosidades de Celi, jamás pasadas por navaja alguna…

Ahora, por amargura y odio, a la erótica del recuerdo la transforma en pensamientos vengativos. Hoy si quisiera verla, «¡Dios me perdone», dice, «sería para clavarla con una daga de hojalata, no de carne ni en la carne; en el alma».

Previamente, lo habían advertido con un mensaje étereo por vía de santas voces. «¡Cuídate!» Le hablaron sobre un ángel que vendría. Y una oferta ominosa. Un negocio oscuro. Llamaron al delito un timo en ciernes. Mas Bernardino, bueno como es, autodidacta, con sólo un primer grado de primaria, dijo para sí, porque la propia Doña Mayo (Latorre de Orta), le dio el consejo: ¿Un mal negocio? ¿Y yo aceptándolo? No. Lo siento por la médium que mal condujo su advertencia. En Pepino, yo conozco a todo perro y gato. De la gente perversa no me fío. Bien sé del que me dirije la palabra y de quién me sacudo.

Bernardino tendría que ser más terco que el amor mismo cuando dejó a un lado los escrúpulos de quedarse, porque ya no soy un jovenzuelo, e irse a llevar hierro (su fierro) a Vizcaya, donde abunda el mandulete, el placer, las aventurerías y el vicio. Fierro no se urge en Vizcaya, hoy lo comprende. Ni putas en el Bronx, ya hay muchas.

Pero han abusado de él como si fuese un niño que se ha mamado el dedo. Y las mismas chamacas reventadas, como las hijas de Justo Relleno y de Candayo, se lamentan: «¡Tan decente y mosca muerta que se hacía, despreciativas con nosotras y mira lo que hizo. Cogió al viejo de pendejo, a un cincuentón, habiendo muchachería por ahí, nenes que andan calientes!»

Le vieron, a poco de su regreso, tan cambiado. Se detuvo en la Calle Ruiz Belvis donde fue su barbería. Quería ver si algo de lo suyo sigue vivo porque dentro se siente moribundo. Lo menos que se le ocurre es que alguien pueda confiar más en él, después de cometer la pendejada de largarse, con ese amor tardío, volando hacia una mosca muerta. Su identidad ha quedado en entredicho, al igual su dignidad y su autoestima. Así lo cree, mas él se ha equivocado. Ha olvidado que el pueblo-patria entiende cosas más que el corazón engañoso en uno mismo.

Cuando alguien de su vieja clientela lo llamó, sintió terror. Se hizo quien no oyó. Salió corrriendo. Antes de ver a su gente tendrá que hilar un mea culpa y decir que es un tonto, por lo menos. Echó unas cartas al correo, ocultó la mirada con las gafas y corrió a su casa a esconderse.

Para ayudar a que retome su valía como ser humano, al poco tiempo, los mismos a los que recitaba versos de Lloréns, Dávila, Corretjer, De Diego y otros tantos, Cucán Oronoz, sí, el republicano, reaparició en la escena. Siquitrilló una cucanada bienhechora.

«¡Qué gusto me da verte, Bernardino! ¿Cuánto necesitas?»

Nuevamente, él se puso a punto de las lágrimas. Como cuando se reconcilió y abrazó a la gordita, a su esposa Doña Milagros y Carmen Luz, su hija.

«Mira, Berna, no hay mal que dure cien años», le dijo Cucán; en realidad cuando ya pudo reunirse para hablarle con plata, añadió: «Olvida esa traición y vénte a trabajar otra vez. Vamos a ver que inventamos».

Al costado de la Iglesia Católica y la Casa Laurnaga, prepararon su nueva barbería, más pequeña, sin aquellos sillones de $10,000 o tantas luces o muchas boberías.

Para que sea posible reconstruirse un futuro, su mea culpa, su proyecto de vida para sí, Bernardino echó mano a sus libros de Kardec. Oraba para no morir, mimaría a su señora aún más que antes. Se perdonó a si mismo para iinspirar otros perdones. Le dijeron: «A dejar el paso lento y la vergüenza que no sirven de nada. Pónte en pies: tú, marieño de manos fuertes, tú que críaste ganado antes de acariciar las cabezas de los adinerados; tú que vendiste meriendas en los trenes, a trabajar y a decirnos poemas»; lo exhortó así el mismo Padre Aponte.

«A tocar la marímbola, házme dúo con la segunda guitarra. O maraquear al menos», le pidió Benito Fred hasta por fin reanimarlo.

Se había escondido un mes y ya no será posible que lo haga más. Lo vieron los amigos que ganó en pueblo y campo… Han convocado a donativos: Pedro Tomás Labayen, Oronoz Font y otros dan tajadas grandes; suman a los ahorritos de Doña Milagros y él ha vuelto con quienes de veras lo quieren. Su esposa y Carmen Luz, adolescente, dieron el primer recibimiento.

«Papá, no habrá preguntas. No habrá reproches. Vas a seguir siendo el jefe de la casa», acordaron madre e hija.

Ocasionalmente, Celi regresa al poblado por el tiempo necesario. Evita ver a quien le nombre mosca muerta con desprecio. Sabe que ha llenado de fango su apellido y de rabia y dolor a su propia familia.

8-12-2005 /

[Con el título «La mosca muerta y el barbaero» este relato se incluirá en el libro «El Pueblo en Sombras», una coleccióm de 40 relatos sobre personas características y populares en San Sebastián de las Vegas del Pepino, pueblo puertoriqueño fundadao en 1752].

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