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El Librepensador > Blog > Cultura > Dueños del fuego: Herreros y caldereros (II)
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Dueños del fuego: Herreros y caldereros (II)

Última actualización: 25/01/2010 21:13
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Pasando tantas horas en la selva en espera de que los hornos realicen su cometido, no es extraño que los herreros estén familiarizados con plantas y animales y que sepan el secreto sobre los venenos y sus antídotos.

El herrero divino tiene relaciones con la música y el canto. No es extraño que, en tantas sociedades, los herreros y caldereros sean también músicos, bailaores y cantaores, magos y echadores de la buenaventura, que practican el nomadismo y que se asientan en las afueras de las ciudades. Nuestros zíngaros y gitanos modernos.

¿Qué mueve a un hombre a salir de su casa y echarse a andar? La conciencia de que toda la Tierra es sagrada y puede acogerlo como un hogar sin límites. Durante la Edad Media había edictos por los que se prohibía a los gitanos acampar dentro de las murallas de las ciudades, más que por prejuicios raciales, por temor a sus prácticas como caldereros, nigromantes y adivinos.

Ellos cultivaban el fuego en las herrerías, lo contemplaban y pasaban las noches en sus campamentos alimentándolo mientras cantaban y bailaban. Todo un componente de desasosiego en gentes dominadas por la magia blanca de prácticas religiosas impotentes ante lo que les decían que era magia negra, porque no la podían controlar sus sacerdotes. Miles de años más tarde, los alquimistas serían perseguidos como brujos y llevados a la hoguera.

En muchos lugares de África, el herrero, amado y temido, solía ocupar el puesto de jefe del poblado con capacidades de sanador y de mago. En cambio, entre los tuaregs, los masai o los somalíes se les relegaba al fin de la escala social; pero siempre libres. Inimaginable un herrero esclavo.

Entre los yorubas, de Nigeria, cuando se iban a fundir objetos de gran tamaño y sobre todo en la técnica de la “cera perdida”, nadie osaría comenzar sin rituales previos para prevenir explosiones y roturas.

Los ogbonis practican ayunos y la abstinencia sexual, así como sacrificios rituales en los días previos a la fundición del latón, tan estimado en sus esculturas. Y si habían tenido alguna polución, voluntaria o nocturna, procedían a purificaciones rituales. Al fin y al cabo, el semen tenía mucho que ver con el mineral que se extraía de la tierra así como con los metales fundidos. En bastantes pueblos americanos, como los quimbayas, se entendía que el oro era como el semen de la tierra. Por eso, una vez utilizados los objetos de oro por los chamanes, se volvían a enterrar para que “madurasen”; con gran desesperación de los conquistadores en sus rapiñas.

El herrero mantiene buenas relaciones con los espíritus que le asesoran en la recogida de plantas medicinales. Pasando tantas horas en la selva, y en espera de que los hornos realicen su cometido, no es extraño que estén familiarizados con plantas y animales, así como con los cazadores tenidos por magos o brujos en muchísimas tradiciones. Por eso mantiene el secreto sobre los venenos y sus antídotos y dirige las ceremonias rituales del poblado, entierros, iniciaciones de paso en las que realiza las circuncisiones de los jóvenes o los tatuajes de los bebés para alejar a los malos espíritus.

Esta implicación en la vida de la comunidad hace de él el genealogista, mediador en los conflictos, intermediario matrimonial y consejero conyugal; o remediador de mujeres estériles, pues solían tener buenos bíceps y estar bien dotados. No se concibe un metalúrgico castrado o equívoco.

Los talleres de los herreros son lugares de trabajo pero también una especie de santuarios que inspiran temor, fascinación y respeto. En no pocas etnias africanas, se hace remontar sus orígenes a un individuo extraordinario, un rey-herrero que proveía de armas y de utensilios para la agricultura.

Desde la infancia a la tumba, los objetos de metal protegen, salvan, defienden y adornan a los seres humanos transformándolos en obras de arte. Pero, por encima y más allá de los límites de la existencia, hunden sus raíces en los mitos que sustentan los imaginarios colectivos.

J. C. Gª Fajardo

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