La quinta raíz del principio de razón suficiente.

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Bajo el nombre compuesto de principio de la razón suficiente subyace una realidad universal apriorística del pensamiento humano, desde que éste goza de uso de conciencia: todo fenómeno tiene una causa, una razón de ser (suficiente). Puede que al lector que no esté familiarizado con los términos filosóficos esta afirmación le resulte extraña, pero basta un simple ejemplo ilustrativo para barrer definitivamente cualquier duda: supóngase el caso de que un vaso de cristal colocado en lo alto de una mesa cae al suelo y se rompe en pedazos; cualquier individuo pensaría que ‘algo’ propició que ese vaso haya acabado en el suelo, que ‘algo’ ha sucedido desde que la pieza entera descansaba sobre el borde de la mesa hasta que se hizo añicos o, si se prefiere, que una serie de acontecimientos han tenido lugar desde los trozos de cristal esparcidos por el suelo hasta el vaso, entero, que inicialmente se observaba.

Es evidente que bajo este nombre compuesto se alberga un fenómeno que a todo ser humano le es familiar: que, si algo sucede, es porque algo lo ha provocado (independientemente de la índole que tome la explicación, i.e. una explicación científica o una explicación supersticiosa). Ya en los escritos de Aristóteles figura esta cuestión, la de que todo sucede por algo, o, siendo más rigurosos, que ‘todo efecto tiene una causa’. Y esta misma cuestión ha sido reformulada por diversos pensadores a lo largo de la Historia: desde Aristóteles, allá en la antigua Grecia, a Descartes, Newton, Leibniz, Berkeley, Hume, Locke, Kant o Schopenhauer. Que éste último sea quien cierra la lista no es un dato aleatorio, pues fue él mismo, allá en los comienzos del siglo XIX, quien presentó su tesis doctoral basada en la filosofía kantiana bajo el siguiente título: Sobre la cuádruple raíz del principio de razón suficiente -dicho sea de paso: esta introducción toma parte de la propia introducción que se puede leer en el libro así titulado.

Hurgar en el pasado de la Filosofía y el pensamiento humano es una tarea tediosa que, además, ha sido tomada y retomada ya innumerables veces por diversos pensadores y filósofos, independientemente de la época. Para ser práctico, pienso que basta, para el lector no familiarizado, con recalcar que, para la visión consciente –cognoscente– de cualquier ser humano, los efectos tienen que venir precedidos por sus respectivas causas. Schopenhauer profundizó más en la cuestión del principio de razón suficiente, y, tras estudiar a fondo la filosofía kantiana (sobre todo su Crítica de la razón pura) junto a otros estudios paralelos, mayoritariamente sobre la filosofía oriental, esbozó en su tesis lo que él consideró la ‘cuádruple raíz‘, o lo que es lo mismo, las cuatro formas en las que puede manifestarse al ser cognoscente este principio; dichas formas, enumeradas, serían las siguientes: principio del devenir, principio del conocimiento, principio trascendental y principio de voluntad.

Sugiero al lector que esté interesado que profundice en estas cuatro formas.

Como todo sistema filosófico, esta visión que tuvo el pensador germano es un ejemplo más de cómo el ser humano trata de apaciguar su conciencia con su existencia: es la eterna lucha del individuo por encontrar su sitio en este Mundo, nuestro Universo, lo que de él conocemos a partir de lo que apriorísticamente dejamos conocer de él. Al fin y al cabo, la Filosofía es, por encima de todo, una obra ‘del’-pensamiento-‘para el’-pensamiento, una herramienta que, independientemente de la vertiente escogida, trata de soslayar el abismo que separa la conciencia individual del escenario donde ésta se mueve. Sin embargo, si bien la cuádruple raíz es un sistema filosófico-metafísico que se aproxima de buena gana a la realidad que conocemos -salvando determinados errores que, mayoritariamente, se deben a la evolución tecnológica y científica de la época cuando ésta fue esgrimida- pienso que, dentro de ese mismo sistema, como base del pensamiento apriorístico, cabe mentar una quinta raíz o una quinta manifestación del principio de razón suficiente que, al menos, bajo mi perspectiva, es a su vez una base del principio en tanto que es, del mismo modo, una base diferenciada de las otras bases que fundamentan las manifestaciones comentadas.

A este principio de la razón suficiente lo denomino el principio de unidad.

¿Qué sería esta hipotética quinta raíz, que se denomina principio de unidad?

Para explicar qué es esta quinta raíz y en qué objetos del conocimiento reposa, me remito a la afirmación de que el ser cognoscente tiene la facultad apriorística de extraer, diferenciar, aislar, conceptualizar y denominar la unidad respecto del conjunto finito, extenso y múltiple de fenómenos que se le dan a los sentidos. Lo que viene a decir este nuevo criterio, el de la unidad, es que el ser consciente puede tomar de la realidad un objeto, delimitarlo respecto a los objetos circundantes -sin que en ese acto esté implícito ningún intento de clasificación a priori (es decir, toda clasificación sería empírica, a posteriori), aprehenderlo y darle utilidad.

Cuando hablamos de ‘unidad’, tendemos, por condicionamiento, a pensar en el número ‘uno’. Este mecanismo aprendido no dista tanto del proceso natural, si bien es cierto que está sometido a un sistema matemático concreto, delimitado por normas, y que todas éstas son fruto del artificio humano. Pero, imagínese la siguiente situación, olvidando por un instante la simbología que todos conocemos: un individuo que mira su mano por primera vez. En el acto de mirar la mano, salta a la vista que en todo el cuerpo del que está formado el individuo en cuestión, sólo hay ‘dos’ elementos que tienen la forma de mano (olvídese el nombre ‘dos’; sustitúyase, por ejemplo, por la palabra ‘qwew‘, que no le será conocida); una vez diferenciadas ‘qwew‘ manos, el individuo se percata que en ‘una’ de ellas (olvídese, del mismo modo, el nombre ‘uno’; sustitúyase, por ejemplo, por la palabra ‘qwee‘) hay ‘cinco’ elementos – ‘cinco’ veces ‘qwee‘- diferentes, notablemente diferenciados, éstos son, los dedos de la mano. En cada uno de ellos hay ‘tres’ falanges, una uña por cada dedo, etc.

Lo que este ejemplo esboza es que, previa a la denominación y a la clasificación de los elementos, el ser consciente es capaz de tomar de un continuo (su cuerpo, por apresurar el análisis) una parte ‘perfectamente’ diferenciada del resto de las partes, lo que es lo mismo, y según el ejemplo, una mano. Pero dentro de esa mano hay otra diferenciación que salta a la vista, la de los dedos; y dentro de esos dedos, las falanges. Etcétera. Por lo que este nuevo principio, el de unidad, viene a decir que, abstraídos los números y los símbolos que hacen la vez de éstos, abstraído el concepto, existe una capacidad inherente, mediante un juicio apriorístico, de diferenciar dentro de cualquier plano sensitivo, lo que es una sensación respecto a otra. Un individuo que subsiste en una selva tropical podría diferenciar, incluso sin condicionamiento previo, la corteza de un árbol respecto a las hojas del mismo; podría diferenciar un escarabajo que se pasea por la corteza del árbol respecto a la misma; podría distinguir una serie de sonidos distintos, desde el canto de un pájaro al rugido de un jaguar; podría diferenciar entre el olor de una flor y el olor de la tierra mojada; podría diferenciar la sensación de acariciar el suelo a la sensación de rozar una ortiga; etc. Y todo ello sin necesidad de poner nombre o clasificar el fenómeno, al menos a priori.

Ésta es, en bruto, la quinta raíz del principio de razón suficiente: la unidad. Y, reitero: desentiéndase lo que conocemos como ‘uno’, tanto simbólicamente como nominalmente, de lo que ‘uno’ o ‘unidad’ significa para nosotros: la unidad es, en sí misma, una propiedad del objeto proyectada por el ser consciente sobre éste, que se traduce en la inmediata diferenciación del mismo respecto al contiguo circundante. Y este principio no cesaría, en nuestro caso, en una falange, una uña o cualquier intento simbólico aproximativo que tratase de encerrar mediante una determinada nomenclatura a posteriori lo que es dado a los sentidos: porque debajo de la falange, de la piel, están las células; y dentro de éstas, moléculas formadas por átomos, todos perfectamente diferenciados en el sentido en que avanza nuestro conocimiento científico y tecnológico; y dentro de los átomos, los quarks; y dentro de los quarks, ¿cuerdas? Si el ser humano, la Humanidad, lograse identificar las cuerdas, ‘unidades’ fundamentales de las que estaría formada toda manifestación material y energética en nuestro Universo, ¿alguien sería capaz de afirmar que esas cuerdas, perfectamente distinguidas y unificadas, no serían, a su vez, un conjunto perfectamente limitado formado a partir de otras partículas, únicas, todavía más pequeñas? Del mismo modo, cuando el humano alzó la vista al cielo pudo distinguir, en el oscuro firmamento, unos elementos que destacaban respecto al eterno hastío de la noche: eran estrellas, son estrellas; y a medida que la Ciencia y la Tecnología han avanzado, nuestra mirada al firmamento ha evolucionado: las unidades ya no son meros puntos blancos: hoy día hablamos de galaxias, sistemas solares, estrellas, quásares y púlsares, agujeros negros y planetas extrasolares. Todos y cada uno perfectamente diferenciados, pues a los ojos de nuestra Ciencia no es lo mismo un quásar que un exoplaneta: nuestro conocimiento, nuestra quinta facultad sobre el principio de razón suficiente se ha encargado, a priori, de separar y, posteriormente, clasificar, todos aquellos elementos que nos han sido dados a los sentidos.

Y de ahí a un Universo; o una multiplicidad de los mismos, pero todos reposando a la base de que, bajo el principio de unidad, uno es diferente a otro: uno es el nuestro, otro no lo es -i.e. un universo paralelo; y, cómo no, un ser en sí mismo, es decir, un individuo perfectamente delimitado del resto de la realidad dada a los sentidos mediante el principio de unidad, pues todo individuo, independientemente de su salud mental, enajenado y/o privado de su yo, percibe de sí mismo que es él y sólo él una sola unidad diferenciada del continuo espacial y temporal circundante: un solo cuerpo o una multiplicidad del ‘un solo cuerpo’. Es por este razonamiento, expuesto aquí de una forma resumida y banal, por lo que afirmo que, dentro del sistema filosófico de la cuádruple raíz, o lo que podría interpretarse como ‘dentro de un sistema de efecto < causa‘, tiene que existir a priori una facultad del ser consciente (o cognoscente) capaz de delimitar mediante ésta misma lo que es efecto de lo que es causa, o lo que es lo mismo, de tomar del continuo circundante ‘un’ elemento diferenciado y manipularlo como ‘un’ elemento diferenciado que, bajo esta premisa, es.

Pero, ¿es ésta una quinta raíz o, por lo contrario, se trata de una raíz más primitiva que contiene a las cuatro elucidadas por Schopenhauer, incluso más allá: la base de todo principio de razón suficiente por el cual un individuo lidia con su entorno, éste es, su Mundo o el eterno mar del Cosmos?