Regalar un rifle en Navidad

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Me puse mi mejor trajecito submarino y vine a mi estómago bañado en sangre (en alcohol mariné mis intestinos desde que era un niño de 15 o antes) a mirar de cerca la inundación de mi Atlántida, y saqué en limpio la conclusión de que morir debe ser algo hermoso, mientras, la TV, en la parte más álgida de la entrevista, se apagaba, luego de preguntarle a Lady Gaga si se casaría de blanco, o, en caso de incomodarle ese color, qué otro. Luego, hubo una fuga de gas en el laboratorio de la consciencia, se derramaron muchos líquidos y toda la materia muerta que se pudría y no llegaba a mis intestinos se hizo batidillo sin ninguna ciencia, las nubes tóxicas, que se disipan por mis ojos, colorean el horizonte pero enturbian su cristal, y por breves minutos, eso que se esconde en el ático se hace visible, aunque no siempre me atrevo a ver.

Por eso he pensado que sería bueno tener un rifle, o regalar uno en navidad, para ponerlo firme en la boca en mañanas como ésta en que la TV apesta a cortocircuito, el internet está frío, y el smartphone vacío, y se siente el deber de dispararle a ese animal que cohabita en el delirio sin más misión que el control del libre albedrío.

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