Otros dos microc(r)uentos

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1.- Hacía un clima agradable en el pueblo aquél mediodía, la fonda de doña Carmela se hallaba abarrotada como cada domingo que ella preparaba su ya famosísimo pozole blanco tan sabroso. Muchas caras familiares se daban cita cada semana para paladear la especialidad de la casa, seguida de algún antojito y un buen par de cervezas frías, algunos otros comensales llegaban por casualidad o bajo recomendación. Doña Carmela era de esas personas que para cualquier tema tenía una opinión, si ésta era acertada o no, dependía del juicio de cada quién. Por aquel entonces el narcotráfico era la materia en boga, así que, mientras preparaba quesadillas, gorditas, sopes, no perdía la ocasión de disertar con sus clientes: Yo pienso que a esos malditos deberían de castrarlos… Si antes este era un lugar decente hasta que llegaron los perros esos. Algunos discutían con ella más a fondo, pero la mayoría sólo quería degustar su plato pozolero. Dos hombres se le acercaron al terminar su comida, la felicitaron por lo sabrosa que le había quedado, y le pidieron que fuera tan amable de preparar para la semana entrante su pozole con una carne especial que ellos le harían llegar, Más sabrosa, dijo uno, Por supuesto, sin ningún costo para usted, agregó el otro. Doña Carmela accedió fascinada, sabía que se trataba de dos altos funcionarios de la Procuraduría y siempre era mejor tener a la justicia de su lado. Pocos días después llegó hasta su puerta un bolsa negra con cada una de las partes que antaño conformaran el cuerpo de su hijo Pedro, como si él mismo fuera un juguete para ensamblar de esos que tanto le gustaban.

2.- Era un jueves negro como el plomo, 16 de septiembre, día de la independencia, por lo cual ninguno de nosotros había tenido que ir a trabajar, así que estuvimos el día entero jugando dominó y bebiendo cerveza en la banqueta. Eramos 4 amigos que habían crecido en la misma cuadra que sencillamente pasaban un buen rato alejados de sus deberes y de sus esposas. Para cuando aquello pasó el juego ya se había tornado bastante monótono. Ricardo puso la 5-3, matando mi mula instantáneamente. Luego le tocó el turno a Mario, quien casi tardó un siglo, cuando, antes incluso de que se decidiera todavía por qué ficha poner ficha, se escuchó un silbido suave proveniente del cielo nublado y una bala perdida atravesó la caja de cartón que usábamos como mesa, rebotó en el suelo y se clavó en el zaguán de mi casa. Después de eso decidimos dar por terminado el juego y nos fuimos. Nunca había estado tan sorprendido en toda mi vida.

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