Vivir de no gastar

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Vivir de no gastar

Casiano se junta con otros viejos del barrio todas las tardes al sol de después de comer. Habla poco. Le gusta más escuchar y asentir con la cabeza. Todos hablan a diario sobre la cotidianidad de las cosas, de las flaquezas de los suyos, de lo que han vivido y del dolor de los días que se les escapan entre los dedos de las manos sin poder hacer nada. El señor Cosme, según él mismo asegura, no va a tener suerte; su pensión, afirma, va a subir la mitad que la de Casiano puesto que han establecido la secante barrera de los mil Euros como línea divisoria a tener en cuenta para decidir si suben un uno o un dos por ciento. Ya veremos, dicen todos, en qué queda todo esto, pensando en sus vidas que tal vez se estén acabando y con ellos el sustento de los suyos, si no cambian algunas cosas. Las pensiones, aseguran entre lamentos, son mucho más que un simple subsidio con el que mantener a viejos y enfermos; han llegado a constituir para muchas familias una débil tabla de salvación a la que agarrarse ante un horizonte por el que no asoma sino desesperanza y dolor.

Y entonces, Casiano quiere ver un poco mas allá de todo eso mientras palabras de desaliento suenan a su alrededor desde unas bocas desdentadas y dolientes de las que no se puede esperar otra cosa. Y piensa en una esperanza difusa en el futuro y en la fuerza que otorga la juventud, ya que de peores se ha salido, no sin esfuerzo y sacrificio, claro. Él mismo, piensa con cierto gozo, no está tan mal si se compara con otros de los que puede ver. Ha podido dar estudios a sus hijas y ahora viajan al extranjero tras ese empleo que ya acarician con la punta de los dedos, como cuando él mismo vino desde el pueblo a la ciudad buscando su propio pan. Su vida no ha sido sino una cruel sucesión de privaciones de las que han nacido los ahorros de los que ha habido que ir tirando de cuando en cuando. No ve en su pasado un mejor vivir que en presente, unos años pretéritos llenos de esfuerzo, sin fastos ni caprichos, porque nunca se sabe cual puede ser el mudable devenir de vida que, en ocasiones, se nos muestra cargada de una sospechosa generosidad que nos emborracha de una certeza falsa y nos conduce al dispendio casi siempre prescindible. Siempre hay que guardar algo para mañana, hijas, les decía siempre con una sonrisa amable en la boca. No se puede vivir hoy con el jornal que me pagarán mañana, por muy generoso que sea tu patrón. Nunca se sabe…

Y así pasaron sus días. Lentos, suaves y sin ambiciones excesivas, mientras la conciencia del trabajo bien hecho y la ausencia de ostentaciones gratuitas ante nadie lo presidía todo con esa sabia humildad que ha sabido infundir sobre sus hijas, aunque hayan conseguido títulos elevados que siquiera sabía que existían.

Manuel, el Sr. Isidro y D. José se lamentan de los gobernantes que tienen y cargan sobre ellos todos males que acorralan a los suyos. Tienen de nuevo en su casa a hijos y nietos, tras negocios fallidos, desahucios salvajes, matrimonios deshechos y angustias contenidas en medio de tiempos no menos difíciles que los pasados, tiempos en los que nadie estudiaba economía, ni se hablaba de índices, primas de riesgo ni deuda soberana.

Casiano piensa de nuevo en que no eran tiempos mejores aquellos en los que nadie sabía lo que era una pensión ni un subsidio a los que muchos se han acostumbrado, y que para salir adelante en casa no era cuestión de saber de grandes economías –de eso se ocupaban los de arriba– o de, simplemente, buscar la suerte que siempre acaba siendo esquiva, sino de frialdad, orden y mesura.

O quizá de vivir de no gastar lo que no se tiene.

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