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Internacional

Cataluña y Cuba: el mismo combate

Última actualización: 03/02/2014 18:53
FerranNunez
FerranNunez
PorFerranNunez
Ciudadano europeo de origen cubano. Exiliado político. Estudios universitarios. Actualmente trabaja como profesor de secundaria.
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En estos oscuros tiempos de turbulencias nacionalistas, creo que va siendo hora de reevaluar la percepción que sobre la “Guerra de Cuba” tenemos cubanos y españoles. La primera de todas es llamarla por su verdadero nombre. Lo que ocurrió en Cuba no fue una guerra de independencia, sino una Guerra Civil como las que se produjeron en la misma península durante el siglo XIX.

La razón es bastante sencilla y la puede comprender cualquiera: Cuba y Puerto Rico eran provincias españolas igual que Cataluña o Andalucía. De hecho, basta echar una ojeada a los diarios de la época para comprobar que se hablaba de “unidad del territorio”, el mismo argumento que se utiliza en la actualidad para negar el reciente discurso separatista de Cataluña.

También hay que referirse a las actuales percepciones de los historiadores que en América y en España dan por sentado que todas las guerras de independencia fueron una entelequia construida por las élites criollas (ayudadas principalmente por Inglaterra) para justificar sus propios intereses, construyendo así una mitología liberadora que justificase la creación de naciones inexistentes cortadas de su base natural, la Hispanidad, para llenarse los bolsillos hasta hoy.

Los países latinoamericanos actuales no estaban constituidos de pueblos oprimidos deseosos de “liberarse” del yugo español; basta darse una vuelta por el blog Mitófago.com para comprobarlo de manera ligera y sintética. En Cuba no había indios sojuzgados que habrían podido justificar ese discurso, sino españoles (de segunda categoría es cierto, al menos entre 1838 y el Pacto del Zanjón en 1878, pero españoles al fin) con representación en las Cortes del Reino y todo lo demás.

cuba espEl segundo punto que cabe discutir es el de la miseria en que nos dejó esta tiránica Madrastra. Otro punto que debo rechazar de plano. La destrucción de Cuba no se debió a España sino a la política de la “Tea incendiaria” declarada por Máximo Gómez y ejecutada concienzudamente por los separatistas cubanos que destruyeron puentes, carreteras, centrales azucareros, campos de caña y telégrafos a la dinamita.

A mediados de siglo las arcas de Cuba eran ricas, tanto que con ellas se pagaron las expediciones de Prim a México y a la República Dominicana; sin olvidar los llamados “sobrantes de Ultramar”, que sirvieron durante al menos un lustro para pagar el funcionamiento del Estado y de la Corona en ruinas.

Pero cuando hablamos de finales el siglo XIX, también debemos mencionar que Cuba, contrariamente a lo que sucedía en la Península, poseía una reciente y nutrida red de correos y telégrafos, incluyendo un cable submarino conectado con Cayo Hueso. No se puede omitir la moderna red de ferrocarriles que funcionaban puntualmente. Así es que, ¿dónde estaba la pobreza de Cuba? En ninguna parte.

Cuando estalla la segunda Guerra Civil se destruyeron en menos de tres años conscientemente todas las riquezas acumuladas durante todo el siglo, y eso no fue culpa de los peninsulares sino de los propios cubanos, dirigidos (principalmente) por un extranjero que, para colmo, terminó destituido por traición durante la Asamblea Constituyente y ayudó al general Woods a arriar la bandera norteamericana en 1902, algo que cuando se cuenta hoy no se lo puede creer nadie en su sano juicio.

A finales del siglo, según lo reconocían los propios diputados, con su millón y medio de habitantes Cuba producía tanto o más que la propia Península. Ignacio González Olivares afirmaba: “la exportación de la isla de Cuba, sólo en azúcar y tabaco con su millón de habitantes libres, se aproxima bastante a la exportación total de la península con sus 16 millones de almas”. Así es que de pobreza nada. A Cuba la destruyeron los propios cubanos y fueron ellos mismos los que se la entregaron además, exhausta, a los norteamericanos, permitiéndoles desembarcar en Santiago de Cuba. Aberrante fue lo que hicimos nosotros contra nosotros y eso no fue en modo alguno responsabilidad de España.

Mi mando en Cuba

La Reconcentración

Es ciertamente uno de los episodios más polémicos de aquella contienda. Es cierto que el general Weyler organizó la reconcentración de los ciudadanos españoles de la isla de Cuba con el objetivo de privar a los rebeldes de sus fuentes de sustento. Actuando de esa manera, no estaba más que haciendo lo que tenía que hacer para pacificar a la isla. No fue un invento suyo, durante la Guerra de Secesión Lincoln actuó del mismo modo y ahora hasta una película le han hecho en homenaje.

A la guerra no se va a bailar salsa, ni a tirar trompetillas. De hecho, la política pacifista que practicó el general Martínez Campos a principios en 1895 no dio los resultados esperados, puesto que los mambises, con Gómez y Maceo a la cabeza, siguieron poniendo barras de dinamita y quemando los centrales azucareros. Weyler, para salvar a Cuba, se vio obligando a parar el relajo en que se había convertido aquella contienda poniendo mano dura. Castro hizo lo mismo en 1967 durante la limpia del Escambray y todo el mundo se calló la boca.

Quedan los números de fallecidos que la propaganda norteamericana y separatista cifró en más de medio millón, pero que recientes estudios reducen a menos de 130 mil. Muertes por hambre y enfermedades pero, ojo, no provocadas por la maldad de Weyler sino por el asedio a las poblaciones de los separatistas, que perseguían y asesinaban a los pobladores que pretendían cultivar la tierra alrededor de las ciudades para sustentarse. Sin olvidar que la quema de campos y la desarticulación de las redes comerciales, cuyos principales responsables eran en primer lugar los insurrectos, impedían el abastecimiento normal de las ciudades.

En conclusión, para rehacer la nación española (con Cuba dentro) hace falta revisar la historia, es un deber de todos los intelectuales. El separatismo catalán carece de muchas cosas, entre ellas la imaginación, pues no sólo su origen es el mismo (el de unas élites sedientas de poder que consiguen aprovechando la apertura institucional manipular a la opinión pública en su favor) sino que se valen de los mismos argumentos. Esta tierra es nuestra porque nacimos en ella. Este territorio, forzosamente único, nos hace por arte de magia una nación diferente, razón por la cual merecemos ocuparnos de ella nosotros mismos. España nos roba. La gente común no se equivoca cuando alza las dos banderas juntas porque intuye, que en el fondo, estamos hablando de un sólo y mismo asunto.

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