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Regenerar la política

Última actualización: 26/12/2010 21:54
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Los problemas de la cosa pública y la vida política son tan antiguos como el ser humano. Ya en la vieja Grecia, para los sofistas, la política era el arte de poder persuadir mediante la palabra. Persuadir no significa tener la verdad, sino poner la palabra al servicio de unos intereses y así concebir las leyes como convencionalismos, que los hombres adoptaban para vivir en sociedad de manera diferente a como lo hacen los animales y en donde el más fuerte se aprovecha del más débil.

Hoy el hombre de la calle comienza a descubrir que la mayor parte de los políticos no son sino sofistas disfrazados. Dicen buscar el bien común, pero pronto se les cae la careta y la  gente se da cuenta de que se limitan a llenarse la boca de palabras que ocultan el propio interés o el del partido, caiga quien caiga.

Sócrates se preocupó por la búsqueda del fin o propósito del hombre, en encontrar el objeto del ser humano, que si bien no definió, viene a ser el de hacer posible que el hombre viva en sociedad.

La política viene a ser, pues, la actividad social y práctica cuyo objeto es la búsqueda del bien común de los integrantes de una comunidad. Por lo tanto, es el bien común el principio y fin ético de la política. Y será bueno todo aquello que lo beneficie, acreciente o promueva. Será  en cambio malo para la política lo que se oriente a perjudicarlo, disuadirlo, disminuirlo, desvirtuarlo.

Esto parece obvio, pero la gran pregunta  de siempre es cuál es ese bien común. La respuesta de los politólogos es clara: un bienestar general, que se logra por medio de una auténtica justicia social, cuya finalidad no es otra que alcanzar una adecuada distribución de la riqueza entre todos los grupos sociales.

Para ello hace falta la presencia de un Estado capaz de generar ese equilibrio, que no elimine la responsabilidad de las personas, de las comunidades y de las organizaciones intermedias. Un Estado que no convierta a los ciudadanos en marionetas o peleles, y en amordazadas servidoras a las comunidades y organizaciones intermedias, puesto que todo el mundo sabe que el exceso de intervención estatal ha sido nefasto para las sociedades civiles.

Pero tampoco es bueno un Estado ausente, que deje la suerte de sus habitantes al juego de la oferta y la demanda. Ni un Estado indiferente a los problemas sociales.  El Estado debe intervenir para asegurar el mínimo de bienestar para todos. Sin demagogias pero con eficacia. La mezcla de libertad y justa intervención genera hoy día la tensión entre modelos liberales y socialistas.

Por ello, todo Estado se desnaturaliza, es decir, pierde su esencia, cuando se corrompe  y desvirtúa transformándose al provecho de unos pocos.

Según Aristóteles hay tiranía, oligarquía o demagogia cuando un tirano, una minoría o una mayoría gobiernan para sí mismos. Estas serían las formas desnaturalizadas.

Por consiguiente, factores que conducen a la desnaturalización del Estado, a su proceder éticamente negativo, inmoral, ilegítimo e ilegal son principalmente el economicismo, la tentación del poder absoluto y la pérdida de un orden político.

Hoy la política se ha convertido en un fenómeno global dependiente del dinero. Su posesión engendra poder absoluto, por lo que unos países ricos o sus multinacionales detentan el gobierno del mundo y los pobres no pintan nada. En esta situación todo se derrumba, no hay orden ni justicia.

¿Existe alguna solución? Aunque parezca utópica, no hay otra que volver a la conciencia moral, a la virtud en un sentido amplio; a la rectitud de su conducta, que se traduce  en ética personal y colectiva. Krause, filósofo de gran influencia sobre la doctrina radical, sostenía que la ley moral lleva implícita la libertad y el orden, siendo su máxima de conducta más difundida la siguiente: «Haz el bien por el bien mismo».

Es necesario encontrar políticos con ideales. ¿Que la política es siempre sucia y lo mejor es huir de ella, como dice la gente? Para estos es aplicable el dicho: “Aunque no te ocupes de política, ella se ocupará de ti”. No podemos sustraernos de ella, porque condiciona nuestra vida desde la comida a la familia, pasando por la casa y el trabajo. Decía Moravia que “curiosamente los votantes no se sienten responsables del fracaso del gobierno que han votado”. Por eso la regeneración política es una tarea que nos atañe a todos y, al final, tenemos los gobernantes y representantes que nos merecemos.

Pedro Miguel Lamet

Periodista y escritor

www.telefonodelaesperanza.org

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